La agencia asegura que instalaciones como Esfahán y Bushehr siguen intactas

El OIEA descarta daños nucleares en Irán tras 2.000 ataques

La foto es engañosa: un país bajo miles de bombardeos, mapas plagados de impactos sobre centros militares y, en medio, un parte de relativa tranquilidad nuclear. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha confirmado que no aprecia daños en las instalaciones que contienen material nuclear en Irán, incluidas Esfahán y la central de Bushehr, y que “no existe riesgo de liberación radiológica en este momento”. La constatación se basa en las últimas imágenes por satélite analizadas por los técnicos de Viena, mientras Estados Unidos e Israel reconocen casi 2.000 ataques en las primeras 24 horas de campaña contra objetivos iraníes.

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EPA/MAX SLOVENCIK

El comunicado del OIEA combina datos fríos y una advertencia implícita. Por un lado, los análisis de las últimas imágenes satelitales no detectan impactos directos sobre instalaciones que albergan uranio o combustible nuclear iraní, ni signos de incendio o destrucción estructural en edificios críticos para la seguridad. En términos técnicos, eso significa que los inventarios radiactivos permanecen confinados y que no se han producido emisiones al entorno medibles por las redes de vigilancia de la agencia o de los reguladores nacionales.

Por otro lado, el organismo recuerda que la campaña militar ha afectado ya a infraestructuras vinculadas al programa atómico iraní. En ataques anteriores, la propia agencia reconoció daños en edificios de acceso y servicios del complejo de Natanz, el corazón del enriquecimiento de uranio, aunque sin afectar a las zonas donde se alojan las cascadas de centrifugadoras ni provocar fugas al exterior. Hoy la situación es distinta: la intensidad de los bombardeos y la extensión de los objetivos aumentan el riesgo de que un error de puntería, una explosión secundaria o un fallo de diseño lleven el conflicto un escalón más arriba.

La consecuencia es clara. El mensaje de “no hay peligro radiológico por ahora” no puede confundirse con una carta blanca para seguir atacando cerca de reactores, depósitos o laboratorios. El margen entre un incidente controlable y un accidente regional es mucho más estrecho de lo que las declaraciones oficiales sugieren.

Esfahán y Bushehr, los puntos más sensibles del mapa

La referencia explícita del OIEA a Esfahán y Bushehr no es casual. El complejo nuclear de Esfahán, en el centro del país, alberga instalaciones de conversión de uranio y laboratorios clave de la cadena de combustible. Precisamente allí se registraron daños en edificios de investigación y en una planta de conversión durante ataques anteriores, sin que se detectaran aumentos de radiación en el exterior pero con indicios de contaminación radiológica y química dentro de las instalaciones.

Bushehr juega otra liga. Es la única central nuclear comercial operativa de Irán, con un reactor de agua a presión de casi 1.000 MW que aporta alrededor del 1,7% de la electricidad del país. No es una cifra gigantesca en términos de mix energético, pero sí un punto neurálgico: cualquier daño grave obligaría a desconectar el reactor, tensionaría aún más una red eléctrica ya castigada y, sobre todo, abriría la puerta a un accidente con implicaciones transfronterizas en el Golfo Pérsico, uno de los espacios marítimos más densamente poblados y estratégicos del planeta.

Además, Bushehr se levanta a escasos kilómetros del mar y más cerca de capitales del Golfo como Kuwait, Doha o Abu Dabi que de Teherán. Los países vecinos llevan años advirtiendo de que un fallo de seguridad en esa planta no se detendría en las fronteras iraníes. Que el OIEA subraye hoy que no hay daños en ese emplazamiento es un alivio, pero también un recordatorio de qué está verdaderamente en juego si el conflicto se descontrola.

La seguridad nuclear a prueba de misiles

La guerra actual en Irán es el segundo gran conflicto en tres años en el que instalaciones nucleares quedan expuestas al fuego cruzado, después del asedio ruso a la central ucraniana de Zaporiyia. En ambos casos, el OIEA ha repetido el mismo mantra: “Los ataques armados contra instalaciones nucleares nunca deberían producirse” y todos los actores deben mostrar “máxima contención” para evitar daños irreversibles.

Sin embargo, la realidad en el terreno contradice el manual. Israel y Estados Unidos han reconocido abiertamente que sus campañas anteriores —bautizadas como “Midnight Hammer” u “Operation Epic Fury”, según la jerga militar— incluían como objetivos declarados las capacidades nucleares iraníes, desde complejos de enriquecimiento hasta centros metalúrgicos ligados al diseño de componentes. El argumento oficial es que se trata de ataques “preventivos” para impedir que Teherán desarrolle un arma atómica; para el OIEA, en cambio, suponen una degradación aguda de la seguridad nuclear que multiplica el riesgo de accidente incluso sin intención de “volar” un reactor.

El elemento más inquietante es que la agencia se ve obligada a monitorizar por satélite parte de lo que ocurre en el terreno, ante las limitaciones de acceso físico impuestas por Irán tras los bombardeos y las tensiones políticas. En un escenario en el que la transparencia disminuye y la intensidad militar aumenta, el margen de maniobra técnica se estrecha: si algo sale mal, la capacidad de reacción será más lenta y menos precisa.

Lecciones de Natanz, Ucrania y otros avisos ignorados

Los episodios anteriores ofrecen pistas de lo que puede pasar si la línea roja de la seguridad nuclear se cruza demasiado. Tras los primeros ataques sobre Natanz, las imágenes por satélite mostraron edificios de superficie arrasados y daños sobre infraestructuras eléctricas, pero sin destrucción visible de las salas subterráneas donde se alojan las centrifugadoras. El OIEA no detectó aumentos de radiación en el exterior, aunque sí se habló de contaminación localizada por compuestos de uranio en el interior del complejo.

En Ucrania, los disparos alrededor de Zaporiyia no provocaron una fusión del núcleo, pero sí apagones, incendios en edificios auxiliares y episodios en los que la central quedó desconectada de la red eléctrica externa, algo que pone en peligro los sistemas de refrigeración de los reactores. El propio Grossi utilizó aquel caso para advertir al Consejo de Seguridad de la ONU de que el mundo estaba entrando en una era en la que “las instalaciones nucleares se convierten en rehenes de los conflictos armados”.

En Irán, el patrón se repite: ataques sobre centros de enriquecimiento, cierre temporal de inspectores, reconstrucción parcial y una carrera permanente entre los esfuerzos diplomáticos del OIEA y las agendas militares de las potencias implicadas. Cada vez que la agencia emite un parte de “sin fuga radiológica”, detrás hay un mensaje más inquietante: la suerte no puede sustituir indefinidamente a las normas básicas de seguridad.

Qué pasaría si un reactor quedara en el fuego cruzado

La imagen de un “nuevo Chernóbil” en Oriente Medio se utiliza con frecuencia, pero los especialistas matizan. La mayoría de instalaciones iraníes golpeadas hasta ahora —conversiones de uranio, laboratorios, edificios auxiliares— contienen cantidades limitadas de material radiactivo y, en muchos casos, los riesgos inmediatos son más químicos que nucleares, como ocurre con el uranio hexafluoruro, muy tóxico al contacto con el agua o si se inhala.

Otra cosa sería un impacto directo sobre un reactor operativo como Bushehr o sobre grandes piscinas de combustible gastado. En ese escenario, las variables se complican: integridad del edificio de contención, capacidad de refrigeración, disponibilidad de generadores de emergencia y, sobre todo, tiempo para reaccionar. Un fallo simultáneo en varios de esos elementos podría derivar en una liberación de radiactividad que, dependiendo de la meteorología, alcanzaría en cuestión de horas las costas del Golfo y, en días, otras regiones.

El OIEA insiste en que, a diferencia de centrales más antiguas, los diseños más modernos incorporan sistemas pasivos y varias capas de contención. Pero también recuerda que Irán no ha ratificado la Convención sobre Seguridad Nuclear, lo que limita los mecanismos de revisión entre pares y las inspecciones entre reguladores. Por ahora, la mejor noticia es que el escenario sigue siendo hipotético. La peor, que cada nueva oleada de ataques reduce el margen de error.

El impacto económico: petróleo, gas y primas de riesgo

La dimensión estrictamente nuclear se mezcla con un choque económico de alcance global. El cierre intermitente del estrecho de Ormuz, las amenazas de Teherán de golpear “todos los centros económicos” de la región y los ataques a infraestructuras energéticas han disparado la volatilidad: el Brent ha llegado a subir en cuestión de días entre un 10% y un 13%, hasta el entorno de los 80–82 dólares por barril, con analistas advirtiendo de posibles saltos hacia los 100 dólares si el bloqueo se prolonga.

Ormuz canaliza cerca del 20% del petróleo mundial transportado por mar y una parte sustancial del GNL, lo que explica la sensibilidad de los mercados ante cualquier incidente en la zona. Un accidente nuclear en Bushehr o en otro punto del Golfo, aunque no implicara millones de muertos, tendría un efecto inmediato sobre los seguros marítimos, las rutas de los petroleros y las decisiones de inversión en toda la cadena energética.

Europa, todavía marcada por la crisis de precios tras la invasión rusa de Ucrania, ve con inquietud cómo las tensiones en Irán vuelven a colocar la energía en el centro del tablero. Para países como España, convertidos en puerta de entrada del GNL a la UE, un nuevo shock añadido a los ya provocados por Rusia supondría más presión sobre la inflación, los costes industriales y la competitividad de sectores electrointensivos. El riesgo nuclear no es solo sanitario; es también, y de forma inmediata, macroeconómico.

La batalla por el relato y el papel de Grossi

En este contexto, la figura de Rafael Grossi se ha convertido en uno de los pocos actores capaces de hablar con todas las partes. El director general del OIEA ha reiterado en las últimas horas su disposición a viajar a Irán “en cuanto sea posible” para evaluar sobre el terreno el estado de las instalaciones y reconstruir la red de verificación tras los ataques.

Su margen, sin embargo, es limitado. Irán ha restringido durante meses el acceso de los inspectores y ha acumulado hasta 440 kilos de uranio enriquecido al 60%, muy cerca del umbral considerado de uso militar, antes de aceptar de nuevo una supervisión más amplia bajo presión internacional. Al mismo tiempo, Washington y Tel Aviv presentan sus ataques como un éxito que habría “desmantelado” gran parte de la infraestructura nuclear iraní, pese a los avisos del OIEA sobre la erosión del régimen global de no proliferación.

En esa batalla narrativa, los comunicados de Viena intentan mantener un tono técnico: medir daños, confirmar niveles de radiación, registrar cada incidente. Pero el subtexto es político. Cuando la agencia subraya que las centrales de Emiratos, Jordania o Siria funcionan con normalidad, está enviando un mensaje a mercados y gobiernos: todavía no estamos ante un Fukushima en el Golfo, pero las reglas del juego se están estirando peligrosamente.

Por ahora, el parte del OIEA de “sin daños ni fuga radiológica” compra tiempo. Pero no es un final feliz, sino una prórroga precaria. Cada nueva oleada de bombardeos convierte esa prórroga en un ejercicio de suerte estadística. Y la historia reciente demuestra que, cuando la seguridad nuclear se deja en manos de la suerte, el desenlace rara vez es benigno.

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