El crédito privado abre mayor caza desde 2008, con la guerra en Irán escalando

Gestores oportunistas se preparan para comprar préstamos ilíquidos tras los límites de reembolso en grandes fondos y el repunte de estructuras PIK.
Foto de Diego González en Unsplash
Foto de Diego González en Unsplash

Wall Street huele ciclo. Y el olfato apunta a un lugar incómodo: el crédito privado, el mercado que creció al abrigo del dinero barato y la promesa de rentas estables. Ahora, con tipos altos, refinanciaciones en cadena y salidas más difíciles, los inversores especializados en deuda en dificultades hablan abiertamente de la mayor oportunidad desde 2008. No por romanticismo financiero, sino por aritmética: cuando aparece el estrés, aparece el descuento.

El síntoma más visible ha sido la limitación de reembolsos en vehículos “semi-líquidos”. La tensión coincide, además, con un shock geopolítico que amenaza con prolongar el encarecimiento energético: la guerra entre EEUU e Israel contra Irán se intensifica tras semanas de contactos fallidos, con el Estrecho de Ormuz en el centro del pulso.

La consecuencia es clara: más volatilidad, más coste financiero y un mercado que empieza a separar, con brutalidad, a los prestatarios sólidos de los que vivían del viento a favor.

La industria que vendió “estabilidad” y descubre su talón de Aquiles

El crédito privado dejó de ser un nicho para convertirse en una infraestructura paralela al banco. La propia narrativa del sector se basaba en tres pilares: cupones atractivos, menor volatilidad y escasa correlación con los mercados públicos. Sin embargo, el primer pilar —la rentabilidad— sigue en pie solo si el segundo y el tercero no se rompen por la parte más sensible: la liquidez.

La industria ha acumulado tamaño y complejidad. Los analistas sitúan el mercado en torno a 1,8 billones de dólares, con un universo creciente de préstamos directos a empresas medianas, operaciones apalancadas y estructuras que, por diseño, no cotizan a diario.

Ese hecho revela el problema: cuando los inversores piden salir a la vez, el activo no se vende “en pantalla”. Se negocia. Y en una negociación, quien necesita liquidez suele ceder precio. El crédito privado no es frágil por naturaleza; es frágil cuando se le exige comportarse como un producto líquido sin serlo. Esa brecha —entre expectativa y realidad— es el terreno donde los gestores oportunistas se sienten como en casa.

Las puertas de salida se estrechan: el mercado prueba los “gates”

Marzo dejó un aviso que no admite maquillaje. Ares Management limitó retiradas en su Strategic Income Fund (10.700 millones de dólares) al 5% tras recibir solicitudes por más del 11% de las participaciones en el trimestre.

En paralelo, Apollo aplicó un tope similar en Apollo Debt Solutions (25.000 millones): llegaron peticiones por 1.600 millones —aproximadamente el 11,5% del patrimonio neto citado—, pero el fondo solo atendió alrededor de 730 millones, en línea con el límite trimestral del 5%.

El golpe reputacional no depende de si la cláusula estaba en el folleto —lo estaba—, sino de lo que comunica: el inversor minorista y el institucional ligero han descubierto que la liquidez es condicional. Bloomberg ha cuantificado el fenómeno en torno a 4.600 millones de dólares bloqueados detrás de límites de retirada en la industria.

Lo más grave es el efecto dominó: cuando hay “gates”, aparece el comprador que exige rebajas. Y cuando aparecen rebajas, la comparación con el valor liquidativo declarado se vuelve un debate político dentro del propio mercado.

PIK y diferimientos: la señal que el sector prefería no ver

La tensión no viene solo por la puerta de salida. También por la cocina interna del préstamo. En un entorno de tipos altos, algunas compañías han empezado a “comprar tiempo” con fórmulas que difieren el pago de intereses o permiten abonarlos con más deuda: estructuras PIK (payment-in-kind) y esquemas de interés diferido. Morningstar DBRS ha alertado de que estas prácticas han aumentado “materialmente” entre prestatarios en apuros y están contribuyendo a una aceleración de los impagos en el universo de crédito privado.

El diagnóstico es inequívoco: donde antes se vendía disciplina —préstamos senior, cupón flotante, supuesto control del riesgo— ahora aparecen excepciones para evitar reconocer el deterioro. No es necesariamente fraude; es una reacción típica de final de ciclo. Pero cambia la foto: el crédito privado, al ser opaco por definición, tarda más en reflejar el estrés… y, cuando lo refleja, suele hacerlo con saltos.

Apollo, por ejemplo, ha defendido su conservadurismo subrayando que solo el 2,5% de su cartera permitiría interés no en efectivo (PIK), muy por debajo de algunos competidores.

El mercado, sin embargo, ya no premia el discurso: exige pruebas. Y esas pruebas se verán en refinanciaciones, ampliaciones de plazos y descuentos en ventas secundarias.

El retorno del “dinero paciente”: comprar barato, reestructurar y mandar

Aquí entra el actor que ahora marca el pulso: los fondos oportunistas y gestores de deuda en dificultades. Su lógica es fría: adquirir préstamos con descuento, inyectar financiación puente si hace falta y capturar valor mediante reestructuraciones, garantías y, en algunos casos, control del activo subyacente. El lenguaje es técnico; el incentivo, transparente.

No es improvisación. Oaktree cerró su mayor vehículo histórico de deuda en dificultades, con alrededor de 16.000 millones de dólares (incluidas coinversiones), precisamente para desplegar capital en compañías “sin oxígeno”.

En paralelo, dentro del ecosistema de mercados privados crece la advertencia de que parte del capital está ya “estresado o en dificultades”, según voces destacadas del crédito alternativo que citan medios financieros.

La consecuencia es clara: el poder de negociación se desplaza. Cuando el prestatario necesita refinanciar y el prestamista tradicional duda, quien tiene liquidez impone condiciones. Y esas condiciones suelen significar más protección, más garantías y, sobre todo, precio más bajo.

Guerra, petróleo y tipos: el catalizador que empeora el cálculo

El deterioro del crédito privado no ocurre en el vacío. La guerra entre EEUU e Israel contra Irán —iniciada a finales de febrero de 2026, según el relato de agencias y medios— se ha extendido y complica el escenario macro. Pakistan ha anunciado intentos de mediación, mientras Irán rechaza planes previos y el pulso por Ormuz sigue contaminando el precio de la energía.

Este hecho revela por qué el crédito sufre doblemente. Primero, por el canal de costes: energía más cara presiona márgenes. Segundo, por el canal monetario: si el petróleo alimenta inflación, baja la probabilidad de recortes de tipos y sube el coste de refinanciación. En un mundo de cupones flotantes, la factura sube rápido.

Además, el conflicto amplifica la aversión al riesgo, endureciendo el acceso a financiación en cadena: banca, mercados públicos y, finalmente, crédito privado. En ese contexto, las empresas más endeudadas —especialmente las adquiridas en la era de múltiplos altos— quedan expuestas. Y es ahí donde la deuda en dificultades encuentra “materia prima” para comprar barato.

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