Cuba se apaga por completo: el colapso eléctrico golpea a 10 millones

La desconexión total del sistema nacional evidencia la fragilidad de una red envejecida, sin combustible y cada vez más expuesta a la presión exterior.

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Foto de Remy Gieling en Unsplash
Cuba Foto de Remy Gieling en Unsplash

 

Cuba ha vuelto a quedarse a oscuras. La Unión Eléctrica confirmó este lunes la desconexión total del Sistema Eléctrico Nacional, un fallo que deja al país ante otro apagón de alcance nacional mientras las autoridades investigan las causas. El problema, sin embargo, va mucho más allá de una avería puntual: la isla arrastra una crisis energética marcada por centrales obsoletas, escasez crítica de combustible y una presión financiera que limita cualquier margen de reacción. La consecuencia es clara: cuando falla una pieza, se apaga todo el sistema.

Un apagón de escala nacional

El colapso afecta a una población de casi 10 millones de personas y vuelve a colocar a Cuba ante una de sus mayores vulnerabilidades estructurales: una red eléctrica incapaz de absorber shocks de generación, demanda o suministro. La empresa estatal se limitó a señalar que se está produciendo una «desconexión total» y que las causas están bajo investigación.

Lo más grave es que este episodio no aparece aislado. Desde finales de 2024, la isla ha encadenado apagones masivos, cortes prolongados y déficits de generación que han deteriorado el funcionamiento de hospitales, transporte, industria ligera y servicios básicos.

El dato que explica el colapso

La propia Unión Eléctrica había informado de un escenario extremo: 935 MW de disponibilidad frente a una demanda máxima prevista de 3.100 MW, lo que implicaba un déficit estimado de 2.165 MW y una afectación pronosticada superior a 2.195 MW en horario pico.

Ese desequilibrio revela una realidad demoledora: Cuba no está gestionando ya una crisis de precios, sino una crisis física de capacidad. La red no dispone de energía suficiente para cubrir ni siquiera una parte sustancial de la demanda nacional. En términos operativos, el sistema funciona al límite y sin colchón.

Una red envejecida y sin margen

El origen de la ineficiencia está en una combinación conocida: generación térmica antigua, mantenimiento insuficiente, dependencia del fuel importado y bajo nivel de inversión en modernización. Las centrales que sostienen buena parte del suministro cubano operan con tecnologías maduras, costosas y vulnerables a interrupciones.

El contraste con otros países del Caribe resulta severo. Mientras algunos territorios han acelerado proyectos solares, almacenamiento y generación distribuida, Cuba sigue atrapada en una matriz rígida, con escasa capacidad de reserva. Una caída de generación no se compensa: se contagia.

El combustible como cuello de botella

La crisis energética se ha agravado por la falta de combustible. Las reservas están prácticamente agotadas y el deterioro reciente se vincula a las amenazas arancelarias de Donald Trump contra países que vendan o suministren petróleo a Cuba.

El ministro de Energía, Vicente de la O Levy, llegó a reconocer que el país se había quedado sin diésel ni fuel oil, dejando el sistema en un estado «crítico» y dependiente de crudo nacional, gas y una aportación solar limitada por la ausencia de almacenamiento suficiente.

El impacto social ya es económico

Un apagón nacional no solo apaga hogares. Paraliza pagos, transporte, refrigeración de alimentos, bombeo de agua, telecomunicaciones y actividad comercial. En una economía con divisas escasas, turismo debilitado y abastecimiento frágil, cada hora sin electricidad destruye productividad y multiplica el coste social.

El sistema sanitario también sufre. La falta de suministros, repuestos, energía y combustible ha elevado la presión sobre hospitales y servicios esenciales, con retrasos diagnósticos y mayores dificultades para mantener la actividad ordinaria.

Qué puede pasar ahora

El diagnóstico es inequívoco: Cuba necesita combustible inmediato, reparación de unidades térmicas y una arquitectura eléctrica menos vulnerable. Sin esos tres elementos, el país seguirá expuesto a apagones recurrentes, con episodios cada vez más largos y más difíciles de revertir.

El riesgo político también aumenta. En economías sometidas a apagones prolongados, la electricidad deja de ser un servicio público y se convierte en termómetro de estabilidad. La Habana puede restablecer la red en las próximas horas, pero el problema de fondo permanecerá: un país no puede sostener su vida económica con una red al borde del colapso permanente.

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