EEUU golpea portadrones iraní y consolida el petróleo en 85$
Estados Unidos ha cruzado una nueva línea al golpear un portadrones iraní “del tamaño de un portaaviones de la Segunda Guerra Mundial”, según confirmó el Mando Central (CENTCOM).
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha dado un salto cualitativo con el ataque a un portadrones iraní de gran tamaño en pleno despliegue naval. El Mando Central estadounidense (CENTCOM) confirmó en su cuenta oficial de X que la nave, descrita como “un portadrones iraní, aproximadamente del tamaño de un portaaviones de la Segunda Guerra Mundial”, fue alcanzada y se encuentra envuelta en llamas.
La frase que acompaña al vídeo difundido por los militares estadounidenses no deja margen a la ambigüedad estratégica: «US forces aren't holding back on the mission to sink the entire Iranian Navy».
El ataque se inscribe en la operación Epic Fury, que en apenas una semana ha destruido más de 30 buques de guerra iraníes y ha golpeado cerca de 200 objetivos militares en el interior del país, según el propio CENTCOM.
Mientras Washington presume de haber reducido en un 90% los lanzamientos de misiles balísticos y en un 83% los ataques con drones iraníes, los mercados energéticos ya han reaccionado: el Brent se ha instalado por encima de los 85 dólares por barril, máximo desde 2024, y el estrecho de Ormuz vive su mayor crisis desde los años ochenta.
Un portadrones “del tamaño de un portaaviones”
Aunque el comunicado de CENTCOM evita dar el nombre del buque, las imágenes publicadas por el propio mando apuntan al IRIS Shahid Bagheri, el portadrones insignia de la Armada iraní. Derivado de un antiguo portacontenedores surcoreano, fue reconvertido y comisionado en 2025 con una amplia cubierta en ángulo y una rampa tipo ski-jump pensada para lanzar aparatos no tripulados de despegue corto.
La nave simbolizaba la apuesta de Teherán por una guerra asimétrica en el mar: menos fragatas y destructores clásicos y más plataformas flotantes para enjambres de drones de vigilancia y ataque. Sobre su cubierta, las imágenes difundidas en los últimos años mostraban helicópteros de transporte y varios UAV de distinto tamaño, configurando una especie de “portaaviones low cost” capaz de proyectar presión sobre rutas clave como Ormuz o el mar Arábigo.
El hecho de que el buque haya sido alcanzado en plena fase inicial del conflicto envía un mensaje claro: Washington no se conforma con degradar la capacidad de misiles de Irán, sino que busca desmantelar su naciente flota de guerra de drones antes de que pueda consolidarse como amenaza estructural para el tráfico marítimo. Lo más significativo es que el Pentágono sigue sin aclarar el arma utilizada ni la localización exacta del ataque, lo que subraya el componente de guerra psicológica: Irán sabe que puede ser golpeado en cualquier punto del mapa, pero no sabe bien cómo ni desde dónde.
La operación Epic Fury y el mensaje a Teherán
El ataque al portadrones se enmarca en la operación Epic Fury, la campaña que Estados Unidos lanzó junto a Israel el 28 de febrero para destruir la infraestructura militar iraní tras el salto cualitativo del programa nuclear y los ataques previos contra intereses estadounidenses y aliados en la región.
En apenas siete días, según el propio CENTCOM, bombarderos B-2 y otros vectores han golpeado casi 200 objetivos “profundos” dentro de Irán, incluidos silos de misiles, centros de mando y bases de la Guardia Revolucionaria cerca de Teherán. De forma paralela, la Armada y la aviación naval estadounidenses aseguran haber hundido o dejado inoperativos más de 30 buques iraníes, desde corbetas hasta embarcaciones rápidas empleadas para hostigar petroleros.
El discurso oficial es inequívoco: la finalidad declarada es “reducir a la nada” la capacidad iraní de amenazar a sus vecinos y al tráfico marítimo. La consecuencia es clara: cada nuevo impacto, y especialmente el que afecta a una nave emblemática como el Shahid Bagheri, eleva el listón de la humillación pública de Teherán. En un régimen construido sobre la narrativa de resistencia frente a EEUU, la presión para responder con más fuerza se multiplica, lo que alimenta un círculo de acción-reacción difícil de controlar.
El estrecho de Ormuz, otra vez en el centro del tablero
El ataque al portadrones no puede entenderse al margen del escenario geográfico crítico: el estrecho de Ormuz, un paso de apenas 40 kilómetros de ancho por el que transita aproximadamente un 20% del petróleo y del gas natural licuado del mundo. Cada vez que Irán amenaza con cerrarlo, los mercados reaccionan como si se tratara de una arteria coronaria de la economía global.
Esta vez las amenazas se han traducido en hechos. Tras los primeros bombardeos sobre suelo iraní y los ataques de Irán contra varios petroleros en la zona, el tráfico de grandes buques en Ormuz se ha desplomado hasta casi cero, con más de 150 barcos anclados a la espera de instrucciones de armadores e aseguradoras. Las grandes navieras han suspendido temporariamente sus escalas y las primas de seguro de guerra se han disparado, encareciendo cada día que pasa el transporte de crudo y gas desde el Golfo.
El diagnóstico es inequívoco: cualquier golpe que degrade la flota iraní puede aliviar parcialmente el riesgo militar, pero no elimina el riesgo político. Mientras Teherán conserve capacidad de disparar misiles costeros o enviar drones de ataque contra buques civiles, el estrecho seguirá siendo un cuello de botella sometido al chantaje geopolítico. Y ese chantaje se traduce de forma casi automática en más volatilidad e inflación para las economías importadoras.
El impacto inmediato en los mercados energéticos
La reacción de los mercados ha sido fulminante. En cuestión de días, el barril de Brent ha escalado por encima de los 85 dólares y el West Texas Intermediate ronda los 81 dólares, con subidas diarias de entre el 7% y el 10%, los mayores saltos desde la crisis de Ucrania.
Los analistas coinciden en que el miedo no procede tanto del daño físico acumulado —por ahora limitado a varios petroleros alcanzados y a la parálisis parcial del tráfico— como de la perspectiva de un cierre prolongado de Ormuz. Algunos informes ya ponen sobre la mesa escenarios de petróleo por encima de los 100 dólares si la crisis se extiende más allá de un mes y se consolida un bloqueo casi total del estrecho.
En paralelo, los precios del gas en Europa han repuntado con fuerza tras el anuncio de recortes de producción en Qatar y otros exportadores del Golfo, directamente vinculados a los ataques con drones contra instalaciones energéticas. Para la eurozona, que apenas empezaba a dejar atrás el shock energético de 2022-2023, este nuevo salto llega en un momento delicado: bancos centrales en fase de recorte de tipos, inflación general en torno al 2,5-3% y una fuerte sensibilidad social frente al precio de la energía.
Riesgo de escalada y respuesta iraní
Desde el punto de vista militar, golpear un activo tan simbólico como el portadrones empotra la guerra en una lógica de “todo o nada” para la Armada iraní. La destrucción de decenas de buques y el daño infligido a infraestructuras navales convierten al Golfo en un escenario donde Teherán tiene cada vez menos que perder en términos de flota convencional.
La respuesta ya se deja sentir en otros frentes. Irán ha intensificado sus ataques con misiles y drones contra bases estadounidenses en el Golfo y objetivos en Israel, mientras actores aliados como Hezbollah amenazan con ampliar el frente en el Líbano. Al mismo tiempo, Teherán explora vías de presión indirecta: ciberataques, sabotaje contra infraestructuras energéticas y uso de milicias en Irak, Siria o Yemen para hostigar rutas alternativas.
Lo más grave, desde la óptica económica, es que cada escalón de esta espiral de represalias ensancha el perímetro del riesgo: más países afectados, más rutas comerciales alteradas, más activos financieros expuestos. El contraste con otras crisis del Golfo resulta demoledor: donde antes se hablaba de “episodios” de tensión, hoy los analistas emplean términos como “guerra regional abierta con impacto estructural en la energía”.
Europa y España ante un nuevo shock energético
Para Europa, y especialmente para países fuertemente dependientes de las importaciones energéticas como España, el ataque al portadrones y la escalada en Ormuz suponen un segundo test de estrés en menos de cuatro años. Tras la guerra de Ucrania, la política energética europea se había reorientado hacia la diversificación de proveedores y el despliegue acelerado de renovables, pero el Golfo Pérsico sigue siendo una fuente clave de crudo y de GNL.
En España, los datos de 2024 y 2025 muestran que la electricidad y los carburantes han sido el principal motor de la inflación, empujando el IPC hasta el entorno del 2,7-2,8% en varios momentos del periodo. Un nuevo repunte del petróleo hacia la zona de 90-100 dólares implicaría, con un cierto desfase, gasolinas y gasóleos más caros, costes eléctricos mayores para la industria y presión al alza sobre el transporte y la alimentación.
El Gobierno español y Bruselas se enfrentan de nuevo a un dilema conocido: extender o reactivar medidas de alivio (rebajas fiscales, bonificaciones al combustible, ayudas directas) tiene un coste fiscal importante, pero dejar que el shock se traslade sin amortiguadores al consumidor puede erosionar el poder adquisitivo y la confianza en un momento en que el ciclo económico ya muestra signos de agotamiento.

