¿Adiós ayatolás?

Aboud Onji: Trump y la “cirugía política”: Venezuela, Irán, OTAN y ¿adiós ayatolás?

Aboud Onji analiza la estrategia 'cirugía política' de Donald Trump que busca redefinir las alianzas y conflictos internacionales, poniendo a Irán en un punto crítico y replanteando el papel de la OTAN y otros aliados bajo una lógica económica y de hegemonía global.

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Negocios TV con Aboud Onji hablando sobre la estrategia geopolítica de Trump.

En la geopolítica de la era Trump, la fuerza ya no se mide solo en divisiones militares, sino en golpes quirúrgicos al poder político, reposicionamiento de aliados y uso selectivo de la presión económica. El analista Aboud Onji define esta estrategia como “cirugía política”: intervenciones limitadas, de alto impacto simbólico, que evitan el coste de las guerras totales pero redibujan el tablero a favor de Washington.

Venezuela, con la captura de Nicolás Maduro; Irán, al borde de una “caída controlada”; la OTAN convertida en una especie de joint venture y Groenlandia vista más como activo estratégico que como territorio aliado son algunos de los ejemplos que desgrana Onji. Una estrategia que, según su lectura, busca revitalizar sectores industriales, blindar el dólar y consolidar una hegemonía basada en pactos cruzados con Rusia y China, donde Ucrania o Taiwán pueden terminar siendo moneda de cambio.

El diagnóstico es incómodo: menos tanques, más transacciones; menos discursos idealistas, más contabilidad geopolítica. La pregunta de fondo es si este tipo de intervenciones “limpias” son realmente sostenibles… o solo aplazan el coste de conflictos mucho más desordenados.

La doctrina de la “cirugía política”

Según Aboud Onji, la gran novedad de la era Trump no es el uso de la fuerza, sino cómo se usa. La lógica de las invasiones masivas —Irak, Afganistán— ha demostrado ser ruinosa: billones de dólares en gasto militar, desgaste político interno y resultados ambiguos sobre el terreno. Frente a esa experiencia, emerge una nueva fórmula: descabezar liderazgos sin desmantelar la maquinaria de poder y de recursos.

La “cirugía política” apunta a la cúspide del régimen: capturas selectivas, operaciones de comandos, presión judicial y financiera sobre élites concretas, combinadas con recompensas discretas a quienes garantizan que el flujo de petróleo, gas o minerales no se detenga. El mensaje es transparente: el líder es prescindible; la estructura económica, no.

Este enfoque permite a la Casa Blanca presentar victorias claras —“hemos tumbado al dictador”— sin asumir la reconstrucción integral del país. A la vez, reactiva el complejo industrial-militar, genera contratos de reconstrucción acotada y refuerza el papel del dólar como moneda indispensable en cualquier transición. La consecuencia es un tipo de intervención más barata en términos de tropas, pero igual de intensa en términos de poder.

Venezuela: laboratorio de descabezamiento sin colapso

En este marco, Venezuela se convierte en un caso paradigmático. La captura de Nicolás Maduro —presentada como éxito de inteligencia y justicia internacional— no buscó dinamitar el aparato estatal, sino forzar un reacomodo interno que garantizara la continuidad del suministro de crudo. Con alrededor del 18% de las reservas probadas de petróleo del mundo, el país es demasiado relevante como para permitir un vacío de poder prolongado.

La estrategia, según Onji, se puede resumir en tres ejes:

  • Golpe simbólico al liderazgo, enviando un mensaje al resto de regímenes díscolos.

  • Continuidad operativa de PDVSA y de la estructura administrativa para evitar una crisis energética súbita.

  • Apertura controlada a empresas occidentales en fases de reconstrucción e inversión, siempre bajo contrato en dólares.

El resultado es un país que cambia de caras, pero no de lógica: se reordenan las élites, se reescriben muchos contratos y se mantiene el flujo energético, mientras Washington capitaliza la narrativa de haber “liberado” a la población. La cirugía política evita el colapso total, pero también aplaza debates de fondo sobre modelo económico y reparto real del poder.

Irán: entre el golpe final y la supervivencia condicionada

Si Venezuela es el laboratorio, Irán es el gran examen. Onji describe a la república islámica como un régimen en “fase de extrema fragilidad”: protestas internas recurrentes, sanciones acumuladas, tensiones entre facciones y unas élites cada vez más dependientes de redes económicas opacas.

Trump tendría, según esta lectura, dos rutas sobre la mesa:

  1. Golpe final, probablemente con la complicidad de Israel, orientado a forzar la caída completa del régimen mediante ataques selectivos, sabotaje interno y colapso económico controlado.

  2. Supervivencia drástica, que mantenga un Irán debilitado, con capacidades militares y nucleares fuertemente limitadas, encajonado en un sistema de sanciones y supervisión que lo convierta en actor de influencia reducida y dependencia creciente.

El segundo escenario encaja mejor con la lógica de la cirugía política: un país suficientemente débil para no desafiar el orden regional, pero lo bastante funcional como para no desatar un caos que afecte a las rutas energéticas del Golfo. El riesgo es que cualquier cálculo errado —un ataque mal calibrado, una respuesta iraní desproporcionada o un error de lectura en Teherán— podría desencadenar una escalada de misiles, ciberataques y sabotajes que repercutiría directamente en los precios del petróleo y en la estabilidad financiera global.

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Trump, la OTAN y Groenlandia: alianzas como activos

Más allá de los focos calientes, Onji subraya otro cambio de enfoque: Trump no mira la OTAN como un paraguas de seguridad colectiva, sino como una inversión con retorno exigible. Bases, despliegues y compromisos se analizan con el mismo prisma que una empresa aplica a sus filiales: qué aportan, cuánto cuestan, qué beneficio tangible generan.

En ese contexto, Groenlandia deja de ser un territorio remoto y se convierte en un activo estratégico de primera línea: ubicación clave para radares, defensa antimisiles, control del Ártico y acceso a minerales críticos. De ahí las presiones, ofertas veladas de compra y amenazas de aranceles contra aliados que se oponen a ceder control sobre la isla.

La lógica es implacable: si la OTAN no se comporta como una alianza rentable en términos de flujo de contratos, compras de armamento y acceso privilegiado a posiciones estratégicas, se cuestiona su sentido. Los socios dejan de ser “aliados” en sentido clásico para convertirse en “partners” sometidos a métricas empresariales: aportes, retornos, riesgo asumido.

Ucrania y Taiwán como fichas en pactos cruzados

El análisis de Onji va más allá y entra en terreno especialmente delicado: el de las piezas sacrificables. En una visión abiertamente transaccional, Ucrania o Taiwán pueden terminar funcionando como fichas en un tablero mayor de pactos cruzados con Rusia y China.

La tesis es dura: si Washington logra asegurar ventajas en ámbitos considerados vitales —control del dólar, acceso a materias primas, límites claros a la expansión militar de Moscú o Pekín en ciertas regiones— podría estar dispuesto a asumir pérdidas parciales en escenarios como el Donbás o el estrecho de Taiwán, a cambio de garantías más amplias.

No se trataría de abandonar públicamente a estos aliados, sino de recalibrar líneas rojas: aceptar en la práctica cambios de statu quo (territorios en disputa, autonomías de facto, zonas grises) mientras el relato se llena de grandes declaraciones sobre defensa de la democracia. Es la realpolitik en estado puro: los principios se declaman; las transacciones se negocian en despachos cerrados.

La economía como motor oculto de la estrategia

Detrás de la cirugía política hay un vector que Onji coloca en el centro: la economía doméstica estadounidense. Cada operación —Venezuela, presiones sobre Irán, pulso con la OTAN, ofensiva arancelaria— está pensada para reflotar sectores clave: industria militar, reconstrucción, energía, tecnología dual (civil-militar) y servicios financieros asociados.

La idea es que por cada movimiento geopolítico haya un retorno mensurable en contratos, empleo y flujos en dólares. Menos militares ocupando países durante décadas y más empresas estadounidenses liderando proyectos de reconstrucción, explotación de recursos o venta de sistemas de defensa. El dólar actúa como columna vertebral: cualquier transición relevante, si quiere acceso a financiación global, pasa por los grandes bancos de Wall Street.

Esta visión encaja con el perfil de Trump: recortar lo que no produce resultados inmediatos (operaciones largas, tropas en destino) y reforzar lo que genera ingresos, empleo visible y narrativa de victoria rápida. El problema es que una geopolítica orientada al trimestre —como si se tratara de resultados corporativos— puede obviar dinámicas de fondo que solo se manifiestan en décadas.

Los riesgos de una realpolitik sin red de seguridad

La “cirugía política” tiene una apariencia de solución elegante: menos muertos propios, menos ocupaciones impopulares, victorias simbólicas y retornos económicos. Pero Onji insiste en que la estrategia no está exenta de riesgos sistémicos.

Un descabezamiento mal calculado puede dar lugar a guerras civiles prolongadas, gobiernos títere sin legitimidad o vacíos de poder aprovechados por actores no estatales. Una OTAN tratada como negocio puede ver erosionada la confianza entre sus miembros, clave para reaccionar con rapidez en una crisis real. Pactos tácitos con potencias rivales pueden generar confusión entre aliados menores, que ya no sabrán hasta qué punto sus garantías de seguridad son firmes o negociables.

En última instancia, una política exterior que trata países, alianzas y territorios como fichas y activos corre el riesgo de convertir el tablero global en un mercado de corto plazo, donde la estabilidad a largo plazo vale menos que el próximo titular favorable o el siguiente contrato millonario. Y la historia muestra que cuando la geopolítica se reduce a contabilidad, los errores se pagan caro.

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