Gustavo de Arístegui: Irán en llamas y Groenlandia en juego: el pulso que reordena el mundo
Protestas masivas, represión, tensiones en la OTAN y una rivalidad EEUU-China que ya no es coyuntural sino estructural
Irán vive uno de los momentos más delicados de su historia reciente: protestas espontáneas en decenas de ciudades, retirada de subsidios básicos, inflación disparada y una represión que se salda con cientos de muertos y miles de detenidos. Al mismo tiempo, sobre la mesa está la opción de una operación militar limitada de Estados Unidos, pensada para enviar un mensaje sin desencadenar una guerra abierta. Nada de esto ocurre en el vacío. En una entrevista exclusiva con Negocios TV, el diplomático Gustavo de Arístegui disecciona este tablero en el que Irán es solo una pieza de un juego mayor: Israel, la OTAN, Groenlandia como joya estratégica del Ártico y la rivalidad estructural entre Estados Unidos y China. «No estamos ante crisis aisladas, sino ante distintos frentes de una misma recomposición del orden internacional», resume. El diagnóstico es inquietante: un equilibrio inestable en Teherán, fricciones soterradas en la alianza atlántica y una guerra fría tecnológica y financiera entre Washington y Pekín que marcará las próximas décadas. En esta partida, cualquier movimiento mal calculado puede tener un efecto dominó global.
Un levantamiento que nace de la economía, no de un complot
La primera clave que subraya Arístegui es desmontar lecturas simplistas: las protestas iraníes no son producto de un complot externo perfectamente orquestado, sino la consecuencia directa de años de desgaste económico. La retirada de subsidios a combustibles, pan, electricidad y otros productos básicos ha empujado a millones de familias a una situación límite.
La combinación de inflación de dos dígitos, desempleo juvenil elevado y devaluación constante de la moneda ha erosionado el pacto tácito entre régimen y población: estabilidad a cambio de control político. Cuando ese pacto se rompe, la calle deja de temer tanto al Estado como a la pobreza.
Lejos de los clichés sobre conspiraciones, el diplomático insiste en que «la chispa es socioeconómica, no ideológica». Aun así, el descontento se articula rápidamente con demandas políticas: fin de la corrupción, mayor apertura y límites al poder de estructuras como la Guardia Revolucionaria. La represión, lejos de sofocar el malestar, lo convierte en un resentimiento de largo plazo que se acumula en una sociedad con más del 60% de su población por debajo de los 35 años.
Represión, muertos y un régimen diseñado para resistir
Las cifras de víctimas son opacas, pero se habla de centenares de manifestantes muertos y miles de detenciones, muchas de ellas sin garantías procesales. El régimen combina tácticas clásicas —toques de queda, interrupción de internet, juicios ejemplarizantes— con mecanismos más sofisticados de vigilancia y control social.
Sin embargo, la clave está en la arquitectura del poder. Irán no es solo un gobierno: es un ecosistema institucional profundamente entrelazado, donde el presidente y su gabinete conviven con centros de poder autónomos. La Guardia Revolucionaria, las milicias Basij, el Líder Supremo, el Consejo de Guardianes y una densa red de fundaciones controlan sectores enteros de la economía y de la seguridad.
Esto hace que el sistema tenga un alto grado de resiliencia autoritaria: puede absorber crisis, sacrificar figuras políticas e incluso aceptar reformas parciales sin que el corazón del poder se vea necesariamente amenazado. «Aun en un escenario de máxima presión, lo más probable no es un colapso inmediato, sino una larga fase de equilibrio inestable», advierte Arístegui. El resultado es un país atrapado entre la calle caliente y una élite dispuesta a pagar casi cualquier precio para mantenerse.
Por qué la caída del gobierno no garantiza un nuevo Irán
En Occidente persiste la tentación de imaginar un antes y un después: cae el gobierno y, de repente, emerge un Irán moderado, democrático y alineado con los intereses de la comunidad internacional. Arístegui desmonta ese espejismo.
Incluso en el hipotético caso de un derrumbe del Ejecutivo, seguirían operando estructuras paralelas con enorme capacidad de veto: la Guardia Revolucionaria controla sectores clave como energía, construcción e infraestructuras, además de una parte sustancial del aparato militar; el Consejo de Guardianes supervisa candidaturas y legislación; el Líder Supremo conserva la última palabra en seguridad y política exterior.
«La pregunta no es solo si puede caer un gobierno, sino qué coalición real estaría en condiciones de sustituirlo», apunta el diplomático. ¿Una alianza entre reformistas y tecnócratas? ¿Un movimiento de base sin experiencia de gestión? ¿Un pacto de élites que cambie las caras para preservar lo esencial del sistema? Sin una alternativa mínimamente cohesionada, el riesgo de vacíos de poder, conflictos internos y fragmentación resulta tan verosímil como el de una apertura ordenada.
La consecuencia es clara: apostar todo a un “cambio de régimen” rápido es una estrategia tan tentadora como peligrosa, tanto para los iraníes como para la estabilidad regional.
Israel, EEUU y el riesgo calculado de una operación limitada
Al calor de esta crisis interna, crece la especulación sobre una operación militar limitada de Estados Unidos, eventualmente coordinada con Israel. El objetivo no sería una invasión total, sino golpear capacidades específicas: instalaciones nucleares, centros de mando o infraestructuras militares.
Benjamin Netanyahu ha defendido históricamente una línea dura frente a Irán, al que percibe como amenaza existencial. Cualquier señal de debilidad del régimen, combinada con avances en su programa nuclear, puede interpretarse en Tel Aviv como una ventana de oportunidad. Aquí entra en juego la doctrina del “riesgo calculado”: ataques lo suficientemente contundentes como para retrasar el programa nuclear, pero diseñados para evitar una guerra regional abierta.
El problema, como recuerda Arístegui, es que la escalada rara vez se comporta como en un manual. «Una operación limitada puede desencadenar respuestas asimétricas: misiles, ataques de milicias aliadas en otros países, sabotajes en el Golfo Pérsico». En una región donde circula cerca de un 20% del petróleo mundial, un error de cálculo puede traducirse en tensiones de precios, recesiones selectivas y presión sobre bancos centrales ya desbordados.
La paradoja es que la misma fragilidad interna que vuelve vulnerable al régimen también lo hace potencialmente más imprevisible hacia fuera.
Groenlandia: el tablero oculto de la OTAN en el Ártico
La entrevista da un salto geográfico que, sin embargo, forma parte del mismo rompecabezas: Groenlandia. Este territorio ártico, escasamente poblado pero rico en recursos y clave para el control de rutas marítimas emergentes, se ha convertido en una pieza estratégica de primer orden para la OTAN.
El deshielo progresivo abre nuevos corredores de navegación que pueden reducir miles de millas las rutas entre Asia, Europa y América del Norte. A la vez, expone reservas potenciales de minerales críticos —tierras raras, metales estratégicos, hidrocarburos— sobre los que ya planean Rusia y China. Controlar Groenlandia es, en realidad, controlar una puerta del siglo XXI.
Arístegui subraya que no se vislumbra una ruptura inmediata en la OTAN, pero sí fricciones profundas: divergencias sobre el reparto de cargas de defensa, diferencias en la relación con Estados Unidos y debates sobre hasta dónde se debe llegar para contener a Moscú y Pekín en el Ártico. «Groenlandia es símbolo y realidad: símbolo de poder y realidad de intereses geoestratégicos muy tangibles», resume.
Mientras los focos mediáticos miran a Oriente Medio, el Atlántico Norte y el Ártico se consolidan como otro frente silencioso de la competición global.
Trump, el poder duro y la vuelta de la geopolítica cruda
El papel de Donald Trump, incluso fuera del cargo, sigue pesando en esta ecuación. Su visión del mundo se articula alrededor del poder duro: aranceles, sanciones, presión militar, renegociación de alianzas bajo una lógica transaccional. La diplomacia tradicional deja paso a un lenguaje de fuerza que, guste o no, ha marcado la agenda de sus sucesores.
Arístegui contextualiza este estilo en una dinámica más amplia: «Trump no inventa la rivalidad con China, pero la desnuda». Al centrar el debate en déficits comerciales, propiedad intelectual y dependencia tecnológica, fuerza a otros actores —incluida la Unión Europea— a posicionarse. La idea de que el comercio por sí mismo suavizaría las tensiones geopolíticas ha quedado definitivamente atrás.
Incluso en el terreno de las alianzas, la impronta trumpista persiste: exigencia de mayor gasto militar europeo, cuestionamiento de compromisos automáticos y una concepción de la OTAN menos como comunidad de valores y más como pacto de intereses contingente. El resultado es un mundo en el que la geopolítica cruda vuelve al centro, y con ella la lógica de esferas de influencia, corredores estratégicos y equilibrios de poder.
Rivalidad estructural EEUU-China: de los aranceles a los chips
La entrevista culmina con la que, para muchos analistas, es la gran constante de este siglo: la rivalidad estructural entre Estados Unidos y China. Aranceles, restricciones tecnológicas, control de inversiones, guerra de divisas, influencia en organismos internacionales… la lista de frentes abiertos es larga y se amplía año a año.
Lo relevante, subraya Arístegui, es que no se trata de un conflicto coyuntural ni de una simple disputa entre gobiernos de turno. «Estamos ante una pugna por la hegemonía en comercio, finanzas, tecnología y poder militar que se desplegará en varias décadas».
Los semiconductores de última generación, la inteligencia artificial, las redes 5G o la carrera espacial se han convertido en campos de batalla donde se dirime quién fijará los estándares y quién dependerá de quién. En paralelo, la Belt and Road Initiative china y los intentos estadounidenses de articular marcos alternativos en Asia y el Indo-Pacífico reflejan una competencia por la conectividad y las cadenas de suministro.
En este escenario, Irán puede ser tanto un socio táctico como una pieza de presión; Groenlandia, un nodo de rutas futuras; la OTAN, un instrumento que se adapta. Nada es aislado: son capítulos de una misma historia.
Un mundo más inestable: qué puede pasar ahora
El retrato que emerge de la conversación con Gustavo de Arístegui es el de un mundo simultáneamente más conectado y más fragmentado. Las protestas en Irán, la presión sobre Groenlandia, las tensiones internas en la OTAN y la rivalidad entre Washington y Pekín no son líneas argumentales separadas, sino hilos que se entretejen en una misma trama.
Irán probablemente seguirá atrapado en un equilibrio inestable: demasiado fuerte institucionalmente para colapsar sin más, demasiado erosionado socialmente para recuperar legitimidad plena. La OTAN continuará proyectando unidad, al tiempo que discute entre bambalinas el reparto de riesgos y recursos en escenarios como el Ártico. Estados Unidos y China prolongarán una confrontación multidimensional, a ratos fría, a ratos caliente, que marcará decisiones de inversión, energía y seguridad en todo el planeta.
La conclusión de Arístegui es tan sobria como contundente: «Entramos en una fase en la que las turbulencias dejarán de ser excepciones para convertirse en parte del paisaje». Para gobiernos, empresas e inversores, el reto ya no es esperar a que pase la tormenta, sino aprender a gestionar en permanente inestabilidad.

