Hegseth acusa a Irán de mantener su carrera nuclear tras los bombardeos
El jefe del Pentágono asegura que Washington destruyó instalaciones nucleares y parte de la industria militar iraní, pero reclama 87.600 millones de dólares adicionales para reponer el arsenal estadounidense y contener nuevas amenazas.
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, ha advertido ante el Senado de que Irán continúa intentando desarrollar capacidades nucleares pese a la destrucción de sus principales instalaciones durante la denominada Operación Midnight Hammer. «Siguen persiguiendo insensatamente capacidades nucleares», aseguró el responsable del Pentágono.
La afirmación llega mientras la Administración estadounidense solicita al Congreso un paquete extraordinario de 87.600 millones de dólares, destinado en su mayor parte a reponer las existencias militares consumidas durante la guerra con Irán. Washington presenta la operación como un éxito táctico. Sin embargo, la persistencia del programa iraní revela que destruir infraestructuras no equivale necesariamente a eliminar conocimientos, redes de suministro o voluntad política.
Un programa golpeado, pero no eliminado
Hegseth sostuvo que las instalaciones nucleares iraníes fueron «aniquiladas» durante la ofensiva estadounidense. El objetivo, según explicó, era impedir que Teherán alcanzase un arma atómica y degradar simultáneamente su capacidad para reconstruir el programa.
La intervención no se limitó a complejos relacionados con el enriquecimiento de uranio. Estados Unidos atacó también elementos de la base industrial de defensa iraní y otras capacidades estratégicas. El diagnóstico del Pentágono es inequívoco: cuanto menor sea la capacidad militar convencional de Irán, más difícil resultará proteger, dispersar o reconstruir un programa nuclear clandestino.
No obstante, incluso una campaña de alta intensidad tiene límites. Los equipos pueden destruirse y las plantas quedar inutilizadas, pero el conocimiento técnico permanece. La consecuencia es clara: Washington deberá mantener vigilancia, inteligencia y capacidad de disuasión durante años.
La factura de la guerra
El argumento de Hegseth está directamente ligado a la petición presupuestaria presentada ante el Senado. El Pentágono reclama 87.600 millones de dólares, una cifra equivalente a cerca de 90.000 millones, para recuperar municiones, interceptores y otros sistemas empleados durante el conflicto.
La mayor parte del dinero se utilizará para rellenar unos arsenales sometidos a una presión creciente. La guerra moderna consume en semanas material que tarda meses, e incluso años, en fabricarse. Misiles de precisión, defensas aéreas y componentes electrónicos dependen de cadenas industriales complejas y de una capacidad productiva que no puede ampliarse de inmediato.
Lo más grave para Washington no es únicamente el coste de sustituir lo utilizado. Es la posibilidad de afrontar otra crisis mientras sus reservas continúan por debajo de los niveles considerados necesarios.
Superioridad militar sin victoria definitiva
El secretario de Defensa afirmó que Irán estuvo «completamente superado» desde el comienzo de las hostilidades. La superioridad estadounidense en aviación, inteligencia, guerra electrónica y armamento de largo alcance permitió golpear objetivos estratégicos con una capacidad de respuesta iraní limitada.
Sin embargo, la asimetría militar no garantiza una solución política. Irán puede compensar su debilidad convencional mediante misiles, drones, fuerzas aliadas y operaciones indirectas. Además, la destrucción de instalaciones visibles puede incentivar una estrategia más dispersa, clandestina y difícil de detectar.
Este hecho revela una de las paradojas del conflicto: cuanto mayor es la superioridad de Estados Unidos en una confrontación abierta, mayores pueden ser los incentivos de Teherán para trasladar su actividad a escenarios encubiertos.
Una disputa que Washington remonta a 1979
Hegseth aseguró también que Irán inició el conflicto hace 47 años, una referencia implícita a la Revolución Islámica de 1979 y al deterioro de las relaciones entre ambos países. La lectura del Pentágono presenta la actual confrontación como una fase más de una rivalidad prolongada.
Desde entonces, Washington y Teherán han acumulado sanciones, crisis diplomáticas, enfrentamientos indirectos y episodios de tensión militar. El programa nuclear se ha convertido en el núcleo de esa disputa, pero no es su única causa. También pesan la influencia regional iraní, el control de rutas energéticas y la seguridad de los aliados estadounidenses.
La guerra actual no surge, por tanto, de un incidente aislado, sino de décadas de hostilidad, desconfianza y ausencia de un marco estable de negociación.
El riesgo de reconstrucción
La declaración de Hegseth sugiere que Washington considera insuficiente el daño inicial. De ahí su insistencia en permanecer «centrados como un láser» en impedir que Irán obtenga un arma nuclear.
La reconstrucción podría apoyarse en instalaciones más pequeñas, redes de proveedores alternativos y emplazamientos subterráneos. También puede acelerar la cooperación tecnológica con países dispuestos a desafiar las sanciones estadounidenses. El contraste resulta preocupante: una planta industrial requiere años para levantarse, pero determinados componentes, planos y conocimientos pueden trasladarse con rapidez.
Por ello, la estrategia estadounidense dependerá tanto de la presión militar como de la inteligencia, el control de exportaciones y la capacidad de detectar movimientos financieros y tecnológicos.
El Congreso ante una decisión estratégica
La petición de 87.600 millones de dólares obligará al Senado a valorar si la operación ha reducido realmente el riesgo nuclear o si ha abierto una fase más costosa de contención. El Pentágono sostiene que la inversión es necesaria para mantener la ventaja militar y reponer el material utilizado.
Los legisladores deberán examinar además la capacidad de la industria de defensa para transformar las nuevas partidas en producción efectiva. Aprobar fondos no garantiza disponer de misiles o interceptores de manera inmediata. Los cuellos de botella industriales, la escasez de componentes y los largos contratos pueden retrasar durante años la recuperación de los arsenales.
El resultado marcará la política estadounidense hacia Irán: presión sostenida, rearme acelerado y vigilancia permanente, con una factura económica que seguirá creciendo mientras Teherán mantenga intacta su ambición nuclear.