Teherán habría sondeado una salida negociada vía servicios secretos de un tercer país mientras la guerra con EEUU e Israel se agrava por horas

Irán contacta a la CIA mientras Trump proclama “demasiado tarde”

La guerra entre Irán y el eje EEUU–Israel se libra ya en todos los frentes: militar, energético, diplomático… y también en el resbaladizo terreno de la inteligencia. Apenas 24 horas después del inicio de los bombardeos masivos sobre su territorio, el régimen iraní habría tanteado en secreto a la CIA para explorar las condiciones de un alto el fuego. Según ha publicado The New York Times, citado por el medio iraní Baha News, el Ministerio de Inteligencia de Irán utilizó el servicio secreto de un tercer país para hacer llegar su mensaje a Langley y preguntar qué haría falta para detener la escalada. Al mismo tiempo, fuentes norteamericanas admiten que “Irán quiere hablar”, pero el propio Donald Trump ha sentenciado en público: “They want to talk. I said ‘Too Late!’”. La consecuencia es clara: mientras se destruyen más de 1.700 objetivos militares en cuatro días y el estrecho de Ormuz se cierra de facto, la ventana de una salida negociada corre riesgo de evaporarse.

UNSPLASH / ABOODI VESAKARAN
UNSPLASH / ABOODI VESAKARAN

El dato clave del relato de The New York Times es el timing: el contacto no se habría producido tras semanas de guerra, sino un día después del primer golpe conjunto de EEUU e Israel contra la cúpula del poder iraní, incluida la operación que acabó con el líder supremo, Ali Jamenei. La iniciativa habría partido del Ministerio de Inteligencia iraní, que, según esas fuentes, utilizó a los servicios secretos de un país tercero —probablemente del Golfo o europeo— para hacer llegar un mensaje a la CIA. No se trataría de una negociación formal, sino de un tanteo: qué condiciones exigiría Washington para detener la campaña y cómo quedaría encuadrado cualquier futuro liderazgo en Teherán.

Lo relevante es que ese gesto se produce en paralelo a la retórica pública de desafío del régimen y a una batería de represalias: centenares de misiles y drones contra Israel, bases estadounidenses y refinerías en el Golfo. De confirmarse, el movimiento dibuja a una élite iraní golpeada, consciente de que el equilibrio militar se ha roto, pero aún dividida entre resistir hasta el final o negociar desde la debilidad.

Al otro lado, fuentes de la administración Trump citadas por el propio diario neoyorquino se muestran escépticas: dudan de que el núcleo duro del régimen acepte renunciar a sus misiles, a su red de milicias regionales y a cualquier ambigüedad nuclear. Y, sobre todo, dudan de la voluntad del propio Trump de avalar un acuerdo que no tenga la apariencia de una rendición absoluta.

Un conflicto que ya desborda la región

Mientras esa diplomacia en la sombra se mueve a golpes de mensaje cifrado, sobre el terreno el reloj corre en sentido contrario. En apenas cuatro días, el mando central estadounidense ha reconocido haber atacado más de 1.700 objetivos en Irán, el doble del ritmo inicial de la invasión de Irak en 2003. La Media Luna Roja iraní habla ya de al menos 787 muertos y miles de heridos, con ciudades como Minab devastadas por bombardeos sobre objetivos militares y civiles.

El frente se ha extendido a Líbano, donde el despliegue terrestre israelí en el sur y la respuesta de Hezbolá han provocado más de 30.000 desplazados y al menos medio centenar de fallecidos, y a varias monarquías del Golfo, que sufren impactos sobre aeropuertos, puertos y complejos energéticos. A la dimensión humana se suma el golpe económico: Irán ha cerrado de facto el estrecho de Ormuz, hundiendo en un 80% el tráfico de petroleros y gaseros en apenas cuatro días, mientras paraliza instalaciones clave en Arabia Saudí, Qatar y Emiratos.

El diagnóstico es inequívoco: la ofensiva ya no es un episodio más de la larga guerra de sombras, sino una guerra abierta regional con impacto directo en la energía, la inflación global y los equilibrios de seguridad de Europa y Asia. Y cualquier gesto de diálogo que se produzca en este contexto actúa contra reloj.

Cómo opera la inteligencia iraní

Que el supuesto gesto parta del Ministerio de Inteligencia y Seguridad (MOIS) es coherente con la arquitectura del poder en Teherán. El MOIS es, en teoría, el gran servicio civil de inteligencia del régimen, heredero de la antigua SAVAK del sha y responsable de la guerra interna contra opositores, minorías y sospechosos de colaboración con potencias extranjeras. A su lado opera la Organización de Inteligencia de la Guardia Revolucionaria (IRGC-IO), más militarizada y hoy, según buena parte de los analistas, incluso más influyente que el propio ministerio.

Durante años, estos aparatos se han presentado como vencedores de una guerra silenciosa con la CIA: Teherán alardeó en 2011 y 2019 de haber desmantelado “amplias redes de espías” estadounidenses y de haber identificado a decenas de presuntos colaboradores internos. Su misión principal es garantizar la supervivencia del régimen, no solo mediante la represión doméstica, sino también construyendo profundidad estratégica a través de milicias aliadas en Líbano, Irak, Siria o Yemen.

En ese contexto, que el MOIS tome la iniciativa para abrir un canal con la CIA no implica necesariamente un giro moderado. Puede obedecer a un cálculo frío: ganar tiempo, tantear las líneas rojas de Washington, dividir a los aliados occidentales o incluso explorar garantías personales para determinados cuadros en un escenario de transición. Pero también refleja que el golpe sobre la cúpula y las infraestructuras militares ha debilitado la sensación de invulnerabilidad con la que Teherán ha jugado durante años.

Washington duda mientras Israel pisa el acelerador

La reacción en Washington oscila entre la prudencia y el rechazo. Oficialmente, altos cargos de la administración insisten en que no existe ningún canal de comunicación con la “actual dirección iraní” desde el inicio de los ataques, insistiendo en que cualquier alivio sancionador solo se plantearía con un liderazgo dispuesto a desmontar el programa nuclear militar, los misiles balísticos y la red de proxies regionales.

Israel, por su parte, presiona en sentido opuesto. El propio Benjamín Netanyahu ha defendido que la operación conjunta tiene como objetivo “crear las condiciones” para que el pueblo iraní derribe a sus gobernantes, dejando claro que el horizonte deseado es un cambio de régimen, no un simple ajuste del comportamiento. Tel Aviv teme que cualquier apertura negociadora precipitada permita al aparato iraní recomponer sus capacidades militares y reforzar su narrativa de resistencia.

El contraste con otros episodios de la historia reciente es demoledor. En plena guerra Irán-Irak, Teherán aceptó negociar cuando el coste humano y económico se volvió insoportable, pero entonces no existía una campaña aérea que desmantelara en días buena parte de su defensa aérea, su marina y su cadena de mando política. Hoy, la disyuntiva para Washington es distinta: aceptar una oferta aún difusa en medio de una ofensiva que parece ir a su favor, o arriesgarse a una guerra larga, más cara y potencialmente desestabilizadora para sus aliados europeos y asiáticos.

Trump oscila entre la amenaza y la negociación

Trump ha construido buena parte de su discurso sobre Irán en base a una aparente contradicción: anunciar que Teherán quiere hablar y, simultáneamente, advertir de que ya es “muy tarde” para hacerlo. Desde 2025, el propio presidente reconoció públicamente que Irán había propuesto incluso enviar una delegación a la Casa Blanca, pero añadió que el reloj estaba “a punto de llegar a cero” antes de ordenar los primeros ataques contra instalaciones nucleares.

Ahora, tras la eliminación de Jamenei y buena parte de la cúpula militar, Trump ha ido un paso más allá: “Their air defense, Air Force, Navy and Leadership is gone. They want to talk. I said ‘Too Late!’”, escribió en Truth Social. En paralelo, ha presumido de que los arsenales de munición de “grado medio y alto” de EEUU “nunca han estado tan llenos”, sugiriendo que el país podría sostener esta guerra “todo el tiempo que haga falta”.

Este hecho revela una tensión estructural: la lógica de la disuasión total —aplastar militarmente al adversario para forzar su rendición— choca con la necesidad de ofrecer alguna salida que evite un vacío de poder ingobernable en un país de casi 90 millones de habitantes y con una posición central en el mapa energético. Cada vez que Trump repite que es “demasiado tarde” para hablar, reduce el margen de maniobra de sus propios diplomáticos y de sus aliados para impulsar cualquier fórmula de alto el fuego o transición controlada.

El coste económico de cerrar la puerta al diálogo

Más allá del campo de batalla, la variable que empieza a inquietar a gobiernos y bancos centrales es el precio de dejar que la guerra se prolongue. El estrecho de Ormuz canaliza cerca del 20% del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado (GNL) que se consume en el planeta. Su cierre casi total, unido al parón de plantas de gas en Qatar y refinerías saudíes y emiratíes, ha disparado el Brent más de un 15% y ha provocado subidas superiores al 30% en el precio del gas en Europa.

Las navieras pagan ya más de 400.000 dólares diarios por fletar grandes petroleros (VLCC) hacia Asia, mientras más de 150 barcos aguardan inmóviles en el Golfo a la espera de garantías de seguridad y cobertura de seguros. En paralelo, Trump ha amenazado con revisar las relaciones comerciales con España y otros aliados europeos que se resisten a avalar sin matices la campaña militar, incrementando la presión sobre una eurozona que apenas empezaba a digerir la crisis energética vinculada a Ucrania.

Si la guerra se extiende varias semanas con Ormuz prácticamente bloqueado, los analistas calculan que el crecimiento global podría recortarse entre 0,5 y 1 punto de PIB en 2026, con una inflación adicional de 1 a 1,5 puntos en las economías avanzadas. No es un escenario inmediato de recesión, pero sí un shock de precios que complicaría a los bancos centrales cualquier plan de bajar tipos y amenazaría la recuperación de países muy dependientes de la energía importada, como España o Italia. El mensaje que llega de los mercados es nítido: cada día que se posterga una salida negociada, el coste económico futuro se encarece.

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