Israel redobla su guerra sobre Irán con otra oleada masiva
La nueva tanda de bombardeos “extensos” contra infraestructura del régimen confirma que la campaña ya no busca solo degradar radares o lanzaderas, sino erosionar la capacidad política, logística y simbólica de Teherán para sostener una guerra larga.
Israel ha abierto otra fase en su ofensiva sobre Irán. La nueva oleada de ataques, descrita por las Fuerzas de Defensa de Israel como “extensa” y dirigida contra infraestructura del régimen, llega después de varios días en los que la aviación israelí ha golpeado de forma reiterada la capital iraní y otras ciudades estratégicas, mientras Washington mantiene la presión militar y económica sobre Teherán. La campaña ya no se limita a bases, lanzadores o defensas aéreas: ha alcanzado también depósitos de combustible, centros de mando, instalaciones de producción y nodos vinculados a la estructura de poder de la República Islámica.
El dato verdaderamente inquietante no es solo la intensidad militar, sino el salto estratégico. La guerra se libra ya a la vez en Teherán, el Golfo, Líbano y el estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Con el Brent ya por encima de los 100 dólares y con más de 1.300 muertos en Irán y 850 en Líbano, el conflicto ha dejado de ser una disputa bilateral para convertirse en un shock geopolítico con impacto inmediato sobre energía, comercio y estabilidad financiera.
De la disuasión a la demolición sistemática
La nueva oleada israelí confirma una evolución que ya venía insinuándose desde principios de mes. En los primeros compases, el objetivo declarado era reducir la capacidad iraní de lanzar misiles y drones contra Israel. Pero las actualizaciones del propio Ejército israelí muestran que la operación ha ido ampliándose hacia una campaña mucho más ambiciosa contra la infraestructura material del régimen: depósitos de combustible militar, centros de investigación balística, cuarteles de la Guardia Revolucionaria y emplazamientos de mando en la capital.
Ese cambio importa porque altera la lógica del conflicto. Ya no se trata solo de defenderse de un adversario que dispara; se trata de debilitar su capacidad de gobernar y resistir. La ofensiva sobre depósitos y nudos logísticos en Teherán, que ha provocado grandes incendios y una contaminación severa del aire, apunta a una estrategia de agotamiento: hacer más costosa la guerra para el aparato iraní y, de paso, elevar el malestar interno de una población sometida a cortes, humo tóxico y miedo permanente. “Ecocidio”, lo ha llamado el ministro iraní de Exteriores. El término es discutible, pero revela que el golpe ya se mide también en términos de funcionamiento urbano y psicológicos, no solo militares.
Teherán ya no es retaguardia
La capital iraní ha dejado de ser un símbolo distante del poder para convertirse en un campo de batalla. Israel ha reconocido varias oleadas sucesivas de bombardeos sobre Teherán y otros nodos del país, incluyendo ataques a instalaciones militares y sedes ligadas a la Guardia Revolucionaria. En días anteriores, el Ejército israelí habló de decenas de objetivos alcanzados en Teherán, Isfahán y Shiraz, y de más de 200 objetivos del régimen golpeados en rondas recientes sobre el centro y oeste del país.
Lo más grave es el mensaje político que acompaña a esa presión. La repetición de ataques sobre la capital busca demostrar que la defensa aérea iraní no puede blindar ni siquiera el corazón del sistema. Eso mina la narrativa de invulnerabilidad del régimen y alimenta la tesis, cada vez menos disimulada en Jerusalén y Washington, de que la campaña debe “profundizar el golpe” contra la estructura de mando. El contraste con conflictos anteriores resulta demoledor: ya no estamos ante intercambios limitados o acciones de represalia medibles, sino ante una secuencia de ataques diseñada para volver porosa la propia idea de soberanía iraní. Cuando una capital puede ser bombardeada varias noches seguidas, la erosión no es solo material; es institucional.
El objetivo real: quebrar la capacidad de resistencia
En público, Israel sigue justificando su campaña por la necesidad de neutralizar amenazas militares y nucleares. En la práctica, la ofensiva apunta a algo más amplio: reducir la capacidad del régimen para sostener una guerra de desgaste y para seguir proyectando fuerza sobre Líbano, Irak, Siria o el Golfo. Los ataques a combustible, logística y mandos encajan con esa lógica, igual que el esfuerzo por matar cuadros de la Guardia Revolucionaria o desorganizar su cadena operativa.
Sin embargo, este enfoque contiene un riesgo clásico: confundir castigo con resultado político. La experiencia histórica muestra que golpear infraestructura crítica no garantiza que un régimen se derrumbe; a veces logra lo contrario y refuerza la cohesión defensiva. El Financial Times ha descrito cómo, pese al asesinato del líder supremo y a la magnitud de los bombardeos, la dirigencia iraní ha utilizado movilizaciones públicas y discursos de resistencia para proyectar fortaleza interna. Si ese patrón se consolida, Israel podría estar entrando en una fase donde cada nueva oleada destruye más, pero cambia menos. La consecuencia es clara: una campaña diseñada para acelerar el desgaste del rival puede terminar atrapada en una guerra de atrición sin final nítido.
Ormuz convierte cada bomba en inflación
La dimensión económica de la nueva oleada es imposible de separar de la militar. Mientras Israel golpea infraestructura del régimen y EEUU ha atacado ya el enclave estratégico de Kharg Island, Irán mantiene presión sobre el tráfico marítimo y sobre infraestructuras del Golfo. El resultado es un mercado que ya descuenta un conflicto duradero: el Brent subió a 104,98 dólares y distintos países, como Japón, han empezado a liberar reservas ante el temor a una crisis de suministro.
Aquí está el verdadero multiplicador del conflicto. Cada bombardeo sobre Irán ya no afecta solo a la correlación militar entre Israel y Teherán; afecta a la inflación global, al coste del transporte y a la estabilidad presupuestaria de gobiernos importadores de energía. La guerra deja de medirse solo en toneladas de explosivos y empieza a medirse en puntos de IPC, en pólizas marítimas y en decisiones de bancos centrales. Lo más inquietante es que ninguno de los actores principales parece disponer de una salida clara. Israel intensifica. Irán responde en el Golfo. Washington exige que el estrecho se reabra. Y Europa observa cómo vuelve a pagar una factura energética por una guerra que no controla.
La superioridad aérea no resuelve el final
Militarmente, Israel y EEUU han logrado degradar gravemente parte de la defensa iraní y han operado durante días con una libertad creciente sobre distintos puntos del país. Pero superioridad aérea no equivale a victoria política. Irán sigue siendo capaz de lanzar drones y misiles, de desestabilizar el Golfo y de convertir la región en un tablero de represalias cruzadas. AP resume que, pese a la presión combinada, Teherán ha seguido atacando activos en países vecinos y manteniendo el estrangulamiento sobre el tráfico energético.
Ese desfase entre capacidad militar y resultado estratégico es el gran problema de la nueva oleada. Israel puede golpear más profundo, más veces y con más precisión. Pero cuanto más amplía la lista de objetivos, más difícil resulta explicar cuál es el punto de llegada. ¿Destruir el programa militar? ¿Forzar una negociación? ¿Debilitar al régimen hasta el colapso? ¿Simplemente castigar hasta que el rival acepte límites? La falta de un objetivo político inteligible agrava el riesgo de escalada permanente. Y ese riesgo crece todavía más cuando la campaña se presenta en términos casi absolutos: “infraestructura del régimen”, no ya meros emplazamientos de amenaza inmediata.
Europa vuelve a ser espectadora con factura
La nueva oleada refuerza una sensación muy extendida en Bruselas: Europa sigue siendo gigante económico y actor diplomático menor en los grandes conflictos que la golpean indirectamente. El propio Consejo de la UE ha advertido de que la escalada en Oriente Próximo amenaza la estabilidad regional y el comercio mundial, y varios gobiernos —entre ellos España— han reclamado una voz europea más autónoma para no verse arrastrados a guerras ajenas.
Pero la realidad es menos solemne. Europa no decide el ritmo de los bombardeos, no garantiza la seguridad de Ormuz y ni siquiera habla con una sola voz sobre la legalidad o el objetivo de la guerra. Lo único verdaderamente común es la exposición a sus efectos: energía más cara, primas de riesgo al alza, cadenas logísticas más frágiles y presión adicional sobre gobiernos ya tensionados por deuda y crecimiento débil. El diagnóstico que deja esta nueva oleada es, por tanto, doble. Primero, que Israel ha entrado en una fase de profundización de la campaña. Segundo, que la UE sigue sin convertir su vulnerabilidad en capacidad de influencia. El contraste con Washington y Tel Aviv resulta demoledor: unos deciden la escalada; otros la soportan.