La reelección como secretario general refuerza su apuesta nuclear

Kim Jong-un consolida su poder en el IX Congreso del partido

La maquinaria política norcoreana ha vuelto a cerrar filas en torno a Kim Jong-un. El noveno Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea (WPK) ha decidido reelegir al líder como secretario general, el máximo cargo interno del régimen, en el cuarto día de sus trabajos celebrados en Pyongyang, según informó la agencia oficial KCNA. La decisión llega tras una década de aceleración del arsenal nuclear y de un acercamiento sin precedentes a Rusia y China, en un momento en el que el Norte ha declarado a Corea del Sur un “Estado hostil” y ha enterrado formalmente el objetivo de la reunificación.

EPA/KCNA
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Un congreso clave en plena escalada militar

El IX Congreso del WPK es el primer cónclave de este nivel desde 2021 y el tercero bajo el mando de Kim Jong-un. Se celebra cada cinco años y funciona como una mezcla de parlamento, asamblea del partido único y escenificación de lealtad al líder. En esta ocasión, alrededor de 5.000 delegados procedentes de todo el país han sido convocados a Pyongyang, en un ambiente cuidadosamente controlado y con abundante presencia militar.

El contexto no puede ser más tenso. Desde el último congreso, Corea del Norte ha multiplicado sus pruebas de misiles balísticos, ha declarado irreversible su condición de potencia nuclear y ha abandonado de facto cualquier vía de diálogo con Seúl y Washington. El régimen ha mostrado incluso alrededor de 50 lanzadores capaces de portar misiles de cabeza nuclear en desfiles y ejercicios, enviando un mensaje inequívoco sobre su capacidad de respuesta.

Lo más grave, sin embargo, es que este congreso no se limita a ratificar decisiones militares. Funciona también como espacio para ajustar la narrativa interna: el relato de un país sitiado que solo puede sobrevivir si se une en torno al líder y acepta nuevos sacrificios económicos en nombre de la defensa nacional.

De título simbólico a centro del poder absoluto

Ser secretario general del WPK no es un cargo más en el organigrama norcoreano: es la llave de todo el poder real. Kim Jong-il fue proclamado “secretario general eterno” tras su muerte, y durante años el puesto estuvo rodeado de un halo casi sagrado. En 2016, con el VII Congreso, Kim Jong-un pasó a llamarse “presidente” del partido, pero en el VIII Congreso, en enero de 2021, recuperó el título de secretario general, reforzando así la continuidad dinástica con su padre.

La reelección ahora, en 2026, consolida esa arquitectura de poder. El cargo le permite controlar el Presídium del Politburó, la Comisión Militar Central y el Comité Central, los órganos que deciden desde la estrategia nuclear hasta la distribución de recursos. La KCNA asegura que la designación responde a la “voluntad unánime del partido, el Ejército y el pueblo” y que Kim seguirá guiando al país hacia la “prosperidad socialista”.

Este hecho revela otra realidad: el Estado —la Comisión de Asuntos de Estado, el Gobierno, la Asamblea Popular Suprema— queda supeditado al partido, y el partido, a su vez, se reduce a la figura del líder. En la práctica, la pluralidad institucional es puramente formal. La reelección no cambia a Corea del Norte; la homogeneiza aún más en torno a un solo centro de decisión.

La nuclearización como credencial política interna

El mensaje central del congreso es claro: Kim se mantiene al frente porque ha hecho de Corea del Norte una potencia nuclear consolidada. Los documentos internos del partido presentados estos días subrayan que la ampliación del arsenal permite hacer frente a “cualquier forma de guerra” y disuadir “cualquier amenaza de agresión”.

En la última década, el país ha probado misiles balísticos intercontinentales, sistemas de alcance intermedio y armas tácticas diseñadas para el teatro de operaciones coreano. El VIII Congreso ya fijó como objetivo el desarrollo de submarinos de propulsión nuclear y misiles hipersónicos; el IX Congreso previsiblemente actualizará esa hoja de ruta, integrando aún más las fuerzas convencionales con la doctrina nuclear.

Internamente, esta estrategia funciona como credencial política. En un país sometido a sanciones, con escasez crónica de alimentos y una economía que apenas habría crecido en torno a un 10% en cinco años, según estimaciones externas, el régimen necesita ofrecer un éxito tangible. El control del arma nuclear se presenta como esa victoria: algo que ningún otro país de la región puede exhibir y que, según la propaganda, obliga a Estados Unidos a tratar a Pyongyang como igual. El contraste con el estancamiento del nivel de vida es demoledor, pero el régimen apuesta por que el orgullo nacional pese más que la penuria cotidiana.

Un giro ideológico contra Seúl y Washington

Si algo distingue este congreso de los anteriores es el giro ideológico respecto a Corea del Sur. Kim ha pasado de hablar de “compatriotas” a definir a Seúl como “Estado hostil”, borrando de la retórica oficial la idea de reunificación pacífica que había vertebrado décadas de propaganda norcoreana.

Las informaciones filtradas desde el congreso apuntan a una revisión de los estatutos del partido para consolidar este cambio de línea, codificando la relación intercoreana como la de dos países enemigos y no como la de una nación temporalmente dividida. La consecuencia es inequívoca: se reduce aún más el margen político para cualquier gesto de distensión, incluso en escenarios de cambio de Gobierno en Seúl.

Para Washington, este cambio significa enfrentarse a un Norte que ya no utiliza el diálogo como herramienta táctica, sino que apuesta por la confrontación prolongada. La diplomacia congelada desde el fracaso de la cumbre de Hanói en 2019 se ve ahora suplantada por una doctrina de fuerza. El mensaje del congreso es que no habrá vuelta atrás sin concesiones sustantivas sobre sanciones y seguridad.

Relevo generacional en la élite del régimen

Junto a la reelección de Kim, el congreso está sirviendo para pulir la cúpula del sistema. Un Comité Central de 138 miembros ha sido parcialmente renovado, con la salida de figuras veteranas vinculadas a negociaciones pasadas con Estados Unidos y Corea del Sur, y la entrada de mandos militares y tecnócratas más jóvenes.

Este relevo generacional tiene dos lecturas. La primera, interna: un equipo más alineado con la visión de Kim, menos condicionado por la memoria de los años 90 y las hambrunas, y más cómodo con la idea de una economía permanentemente militarizada. La segunda, externa: se difumina la figura de posibles interlocutores “conocidos” para las cancillerías occidentales, sustituidos por cuadros cuya trayectoria se ha construido bajo el marco de las sanciones y la confrontación.

En paralelo, el congreso puede seguir allanando el terreno para la figura de Kim Ju Ae, la hija del líder, ya presentada en apariciones públicas clave y mencionada en análisis externos como potencial heredera. La dinastía Kim se proyecta así más allá de Kim Jong-un, que ronda los 42 años, y se envía a las élites un mensaje de continuidad: el sistema no se prepara para el cambio, sino para perpetuarse.

El papel de Rusia y China en la nueva etapa

La reelección de Kim se produce en un momento de estrechamiento del eje con Moscú y Pekín. Pyongyang ha aprovechado la guerra en Ucrania para reforzar sus vínculos con Rusia, suministrando armamento a cambio de apoyo político y probablemente asistencia tecnológica y energética, según denuncian servicios de inteligencia occidentales.

China, por su parte, mantiene su papel de garante último de la estabilidad del régimen. El presidente Xi Jinping ha enviado un mensaje de felicitación a Kim por su reelección como secretario general, subrayando la “amistad tradicional” entre ambos partidos comunistas. Pekín sigue viendo a Corea del Norte como un amortiguador estratégico frente a Estados Unidos y sus aliados en la región, aún a costa de soportar el coste reputacional de respaldar a un Estado sancionado por su programa nuclear.

Este triángulo Pyongyang-Moscú-Pekín complica la aplicación de sanciones internacionales: mientras Estados Unidos y sus socios intentan cerrar vías de financiación y suministro, Rusia y China ofrecen oxígeno político y, en ciertos ámbitos, económico. El diagnóstico es inequívoco: cuanto más se aísla al Norte desde Occidente, más se integra en un bloque informal con dos potencias nucleares.

Economía de guerra y autarquía como modelo

Aunque el congreso está dominado por mensajes militares, la dimensión económica ocupa un lugar relevante. Kim ha presentado el cierre del último plan quinquenal y el lanzamiento de una nueva estrategia hasta 2031, centrada en la “autosuficiencia” y la “movilización de masas”. No se trata de un giro, sino de la institucionalización de una economía de guerra permanente.

Las estimaciones del exterior indican que, pese a las sanciones, el país habría logrado cierta recuperación tras la pandemia gracias a la reanudación —aunque limitada— del comercio con China y a los ingresos derivados de exportaciones clandestinas, incluida la venta de armamento. Sin embargo, los niveles de productividad, inversión y bienestar siguen muy por debajo de los estándares regionales. La prioridad declarada sigue siendo la industria pesada, la defensa y ciertos proyectos simbólicos de infraestructuras, en detrimento del consumo.

Este modelo exige sacrificios crecientes a la población. El régimen lo presenta como un deber patriótico inseparable del programa nuclear: “si queremos cohetes, debemos aceptar racionamiento” es, en esencia, el mensaje implícito. El contraste con el dinamismo económico de la vecina Corea del Sur resulta demoledor y refuerza el carácter ideológico del bloqueo: el coste económico se acepta como precio de la supervivencia política.

 

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