Larijani desafía las amenazas 20 a 1 de Trump
El jefe de seguridad iraní responde que Irán “no teme” al ultimátum de Washington sobre Ormuz y advierte al presidente de Estados Unidos de que “se cuide de no ser eliminado”
Las palabras son tan calculadas como el misil que describen. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Ali Larijani, ha desechado como “vacías” las amenazas de Donald Trump de golpear al país “20 veces más duro” si Teherán bloquea el estrecho de Ormuz, la arteria por la que circula casi el 20% del petróleo mundial. En un mensaje en X, el veterano dirigente aseguró que “Irán no tiene miedo de tus amenazas vacías. Incluso quienes fueron más grandes que tú no pudieron eliminar a la nación iraní” y remató con un dardo personal: “Ocúpate de ti mismo, no vayas a ser eliminado”.
El cruce verbal llega en un momento en el que el Golfo Pérsico vive la mayor tensión desde la guerra Irán-Iraq, con petroleros desviados, primas de seguro disparadas y el Brent coqueteando de nuevo con la barrera psicológica de los 100 dólares por barril. La advertencia de Trump vincula directamente la supervivencia económica de países importadores con las decisiones de Teherán sobre el estrecho; la réplica de Larijani convierte ese vínculo en un pulso de orgullo nacional y desafío a la Casa Blanca.
En el fondo, ambos mensajes apuntan al mismo punto del mapa: un cuello de botella de apenas 54 kilómetros de ancho del que depende el precio de la energía, la inflación global y la estabilidad de economías como la española. La pregunta es cuánto falta para que esta guerra de palabras se convierta en un error de cálculo con consecuencias difícilmente reversibles.
Amenazas 20 a 1 sobre Ormuz
Trump ha resumido la doctrina de su Administración en una proporción brutal: “20 veces más duro”. Si Irán interfiere el flujo global de crudo a través del estrecho de Ormuz, Estados Unidos responderá —según el presidente— con una represalia de intensidad multiplicada. El mensaje mezcla disuasión militar y presión económica: Washington sabe que por este corredor pasan cada día entre 17 y 18 millones de barriles de petróleo, y alrededor de un 30% del gas natural licuado (GNL) que sale del Golfo.
La amenaza pretende dejar claro que el cierre de Ormuz no es un asunto regional, sino un casus belli global. Un corte prolongado dispararía los precios del crudo, encarecería el transporte marítimo y podría sumar entre 0,5 y 0,7 puntos de inflación a las principales economías avanzadas en cuestión de meses. El mensaje implícito a socios como la UE, Japón o India es claro: si quieren estabilidad energética, deben alinearse con la campaña de máxima presión sobre Teherán.
Sin embargo, el propio diseño del ultimátum encierra un problema: si Irán responde con acciones híbridas —hostigamiento a buques, ataques puntuales, ciberataques a terminales— sin llegar a un bloqueo formal, ¿dónde empieza exactamente el “20 veces más duro”? La frontera entre la disuasión creíble y la escalada automática se vuelve borrosa.
La respuesta de Larijani: orgullo y mensaje interno
La réplica de Larijani no se dirige solo a Trump, sino a tres audiencias distintas. Hacia dentro, el responsable de seguridad envía un mensaje clásico del régimen: “quienes fueron más grandes que tú no pudieron eliminar a la nación iraní”. En otras palabras, ni el Sha apoyado por Estados Unidos ni Saddam Hussein con el respaldo de potencias árabes y occidentales lograron doblegar a Irán pese a ocho años de guerra y más de medio millón de muertos. La alusión al pasado convierte la amenaza actual en un capítulo más de una narrativa de resistencia.
Hacia la región, el aviso de que Trump debería “ocuparse de no ser eliminado” busca proyectar la idea de que los líderes estadounidenses pasan, pero la república islámica permanece. Es un recordatorio sutil para monarquías del Golfo que han apostado por Washington como garante de su seguridad: la geografía no se puede sancionar, Irán seguirá ahí cuando otros nombres desaparezcan de la escena.
Hacia la comunidad internacional, calificar las advertencias de “amenazas vacías” pretende rebajar su credibilidad. Si Teherán consigue demostrar que puede tensar Ormuz sin provocar automáticamente el “20 a 1”, habrá debilitado la capacidad de Washington de marcar líneas rojas. El riesgo, sin embargo, es obvio: cuanto más se ponga a prueba la palabra del presidente estadounidense, mayor será la presión interna para responder de forma desproporcionada.
El juego peligroso de la coerción energética
Lo que se dirime en Ormuz no es solo un pulso militar, sino el uso abierto de la energía como arma coercitiva. Por un lado, Irán sabe que cualquier insinuación de bloqueo impulsa al alza el crudo y refuerza su capacidad de presión sobre una economía global altamente dependiente de los hidrocarburos. Por otro, EEUU asume que el control del flujo marítimo —con destructores, portaaviones y escuadras de escolta— es su palanca para contener a Teherán sin desplegar tropas terrestres.
La experiencia reciente es elocuente. En apenas una semana de tensiones, el Brent ha llegado a subir cerca de un 15%, mientras las primas de seguro para petroleros en la zona se han multiplicado por dos y las tarifas de los buques más grandes han superado los 400.000 dólares diarios. Un cierre prolongado podría forzar a productores del Golfo a desviar parte de sus exportaciones por rutas terrestres con capacidad limitada, dejando fuera del mercado hasta 4 o 5 millones de barriles diarios durante meses.
En este contexto, el intercambio Trump-Larijani oscila entre la disuasión y el chantaje cruzado. Ambos saben que el resto del planeta será rehén de sus decisiones, desde las familias que repostan en una gasolinera española hasta las acerías alemanas o las aerolíneas asiáticas. Lo que se vende como firmeza estratégica puede convertirse en un boomerang económico difícil de controlar.
El cálculo de Washington: presión máxima, riesgo de error
La doctrina de Trump se inscribe en una lógica de “máxima presión” que combina sanciones financieras, amenazas militares y golpes selectivos contra líderes y activos estratégicos iraníes. El objetivo declarado es impedir que Teherán desarrolle armas nucleares y, de paso, recortar la financiación de milicias aliadas como Hezbolá o los hutíes. El mensaje de Hegseth al nuevo líder iraní —sería “sabio” si obedece al presidente y renuncia a la bomba— va en la misma dirección.
El problema es que la escalada verbal endurece el margen de maniobra. Si la Casa Blanca ha prometido golpear “20 veces más duro” cualquier intento de cerrar Ormuz, resulta mucho más difícil optar por respuestas graduadas o por canales de desescalada discretos si un incidente se le va de las manos a alguna de las partes. El compromiso público obliga: no reaccionar según lo prometido se interpretaría como debilidad; hacerlo al pie de la letra puede desencadenar una guerra abierta de consecuencias incalculables.
Además, el mensaje refuerza en Teherán la idea de que Estados Unidos no distingue entre el comportamiento del régimen y su mera existencia. Si el coste político interno para cualquier líder iraní de “obedecer” a Trump es percibido como inasumible, la tentación de abrazar una estrategia del “nada que perder” aumenta. Y con ella, el riesgo de que la disuasión nuclear, lejos de frenarse, gane partidarios dentro del sistema.
Cómo lee la región el pulso Trump-Teherán
Las monarquías del Golfo observan el cruce de amenazas con una mezcla de alivio y temor. Alivio, porque el foco de la presión estadounidense sigue centrado en Irán, al que perciben como rival existencial desde hace décadas. Temor, porque cualquier choque directo sobre Ormuz les sitúa en la primera línea de daños colaterales. Sus refinerías, terminales de exportación y plantas de GNL son objetivos evidentes tanto para Teherán como para grupos aliados que puedan actuar como apoderados.
En los últimos años, países como Arabia Saudí o Emiratos han intentado diversificar rutas —oleoductos hacia el mar Rojo, terminales fuera del estrecho—, pero la realidad es que más del 70% de sus exportaciones de crudo y gas siguen dependiendo de Ormuz. Cada misil que cruza el estrecho, aunque no impacte en un buque, se traduce en primas de riesgo más altas y planes de inversión en suspenso.
Para Israel, el intercambio Trump-Larijani refuerza la narrativa de que la amenaza iraní no es solo para el Estado hebreo, sino para todo el sistema energético global, algo que justifica una campaña prolongada de ataques sobre territorio iraní. Para Turquía o Irak, en cambio, el peligro es un desbordamiento del conflicto que convierta sus propias rutas y oleoductos en piezas de un tablero cada vez más volátil.
Europa, España y el coste de otro shock petrolero
Desde Europa, la escena tiene ecos inquietantes de 2022: precios de la energía al alza, guerra en el vecindario ampliado y bancos centrales atrapados entre la inflación y el crecimiento débil. La UE ha reducido de forma drástica su dependencia del gas y del petróleo rusos, pero ha incrementado al mismo tiempo sus compras de GNL y crudo procedente precisamente del Golfo, con Qatar y otros productores como proveedores clave.
España ocupa una posición especialmente delicada. El país importa alrededor del 70% de la energía que consume, buena parte de ella en forma de crudo y GNL que llega a las seis plantas regasificadoras de la península y Canarias. Como principal puerta de entrada de GNL hacia el resto de la UE, un encarecimiento sostenido del gas por tensiones en Ormuz impactaría no solo en la factura española, sino en la de socios que dependen de las reexportaciones desde los puertos españoles.
Un repunte del petróleo hacia la zona de 100-110 dólares se trasladaría en cuestión de semanas al precio de los carburantes, encarecería el transporte y pondría presión añadida sobre sectores como la logística, la automoción o la industria electrointensiva. En un momento en que el BCE apenas empieza a plantearse recortes de tipos, otro shock energético puede retrasar la normalización monetaria y encarecer la deuda pública y privada. Las frases cruzadas entre Trump y Larijani no son, desde esta perspectiva, solo retórica lejana: son ruido directo sobre la senda de la economía europea.
Por ahora, el duelo se libra en declaraciones y movimientos de flotas. Pero cuando lo que está en juego es una franja de mar por la que circula una quinta parte de la energía del mundo, la línea entre la guerra de palabras y el choque real es mucho más fina de lo que los propios protagonistas parecen admitir.

