Rusia eleva la presión sobre EEUU con nuevas acusaciones sobre armas atómicas para Ucrania

Moscú avisa a Washington del “riesgo real” de un Kiev nuclear

La última advertencia nuclear del Kremlin ya no se dirige solo a Kiev o a las capitales europeas, sino directamente a Washington. El asesor de política exterior de Vladímir Putin, Yuri Ushakov, ha anunciado que Rusia informará oficialmente a Estados Unidos de la “probable aparición de armas nucleares en Kiev”, vinculando esa supuesta amenaza con la posición rusa en futuras negociaciones de paz. La declaración llega después de que el Servicio de Inteligencia Exterior ruso acusara a Francia y al Reino Unido de preparar el envío de armamento nuclear a Ucrania, una afirmación que las capitales occidentales califican de “propaganda” y “desinformación”. En realidad, Ucrania no tiene hoy ningún arsenal nuclear ni forma parte de ningún paraguas atómico de la OTAN, pero el mensaje del Kremlin apunta a otro objetivo: redefinir las “líneas rojas” de la guerra y elevar el coste político de la ayuda militar occidental. El movimiento se produce en el cuarto año de la invasión, con más de 200.000 soldados rusos muertos o heridos, según estimaciones occidentales, y en un contexto de nueva carrera armamentística entre potencias nucleares.

EPA/VYACHESLAV PROKOFYEV/SPUTNIK/KREMLIN POOL
EPA/VYACHESLAV PROKOFYEV/SPUTNIK/KREMLIN POOL

Un aviso directo a Estados Unidos

La novedad del mensaje de Ushakov no reside tanto en el contenido —Rusia lleva más de dos años utilizando la retórica nuclear como instrumento de presión diplomática— como en el destinatario y el formato. En una entrevista en el canal estatal Rossiya-1, el asesor de Putin afirmó que “los estadounidenses serán informados, por supuesto, de todo esto… se lo comunicaremos específicamente”, subrayando que el tema tendrá impacto directo en la postura rusa en cualquier negociación de paz futura.

Ese énfasis en la comunicación “directa” con Washington revela un objetivo doble. Por un lado, recordar a Estados Unidos que cualquier escalada militar en apoyo a Kiev será leída por Moscú en clave nuclear, ampliando el abanico de escenarios en los que Rusia dice contemplar el uso de su arsenal estratégico. Por otro, trasladar al público interno ruso la idea de que el Kremlin sigue controlando el tempo de la confrontación con Occidente.

Lo más significativo es el momento escogido: el aviso llega cuando la UE y EEUU debaten nuevos paquetes de ayuda militar y financiera a Ucrania, y cuando el desgaste de la guerra alimenta la tentación de “congelar” el conflicto. Para el Kremlin, mover de nuevo la ficha nuclear es una forma de subir el precio político de seguir armando a Kiev, especialmente en plena campaña electoral en varias democracias occidentales.

Acusaciones contra París y Londres

El aviso a Washington se apoya en un relato construido en paralelo por el Servicio de Inteligencia Exterior ruso (SVR). Según esta versión, Francia y el Reino Unido estarían preparando el envío de armas nucleares o tecnologías asociadas a Ucrania, algo que París y Londres han desmentido de manera tajante. Las autoridades francesas han calificado declaraciones similares del SVR en el pasado como “información falsa e irresponsable”, mientras que Reino Unido considera estas acusaciones parte de una campaña sistemática de desinformación.

El contraste con los hechos verificados resulta evidente: ni París ni Londres han anunciado planes para transferir armas nucleares a terceros países, y ambos son firmantes del Tratado de No Proliferación (TNP), que prohíbe precisamente ese tipo de cesión. Cualquier movimiento de ese calibre no solo rompería décadas de política de control de armamento occidental, sino que desataría una crisis inmediata dentro de la OTAN.

Sin embargo, desde la óptica del Kremlin, el mero rumor sirve a varios propósitos. Primero, presentar la guerra en Ucrania como una confrontación nuclear inminente en la que Rusia actuaría “defensivamente”. Segundo, justificar ante la opinión pública rusa las propias amenazas de empleo de armas atómicas como respuesta a una supuesta “agresión nuclear” occidental. Y, por último, alimentar dudas en sociedades europeas fatigadas por la guerra sobre hasta dónde están dispuestas a llegar sus élites políticas.

Ucrania, un país sin arsenal nuclear

Más allá del relato ruso, los datos son claros: Ucrania no posee armas nucleares desde 1994, cuando firmó el Memorando de Budapest y entregó a Rusia el arsenal heredado de la Unión Soviética a cambio de garantías de seguridad por parte de Moscú, Washington y Londres. Esas garantías incluían el respeto a su integridad territorial, precisamente lo que fue vulnerado con la anexión de Crimea en 2014 y la invasión a gran escala en 2022.

Organismos especializados en control de armamento recuerdan que Kiev no tiene capacidad industrial para producir armas nucleares en el corto plazo y que cualquier intento en esa dirección violaría el TNP, del que también es parte. Además, Ucrania no está bajo el paraguas nuclear de la OTAN ni participa en acuerdos de “nuclear sharing” como los que vinculan a Estados Unidos con Alemania, Italia o los Países Bajos.

Este hecho revela la naturaleza profundamente política de las advertencias rusas. Moscú no está respondiendo a un plan real y verificable para nuclearizar a Ucrania, sino ampliando deliberadamente el marco del conflicto al terreno atómico para condicionar las decisiones de sus adversarios. El contraste con la realidad legal y técnica de Ucrania resulta demoledor: el país que renunció a su arsenal a cambio de seguridad se ve ahora acusado de buscar precisamente aquello que entregó hace tres décadas.

La nueva doctrina atómica del Kremlin

Las palabras de Ushakov encajan con una evolución más amplia de la doctrina nuclear rusa. En los últimos años, Moscú ha ido ampliando el número de escenarios en los que se reserva el derecho a usar armas nucleares, incluyendo no solo una amenaza existencial directa contra el Estado ruso, sino también ataques convencionales significativos respaldados por potencias atómicas adversarias.

Rusia mantiene un arsenal estimado en casi 6.000 cabezas nucleares, lo que la sitúa como primera potencia mundial en este terreno, por delante de Estados Unidos. Esa superioridad numérica, combinada con sistemas de lanzamiento modernos y una inversión sostenida en la tríada estratégica (misiles terrestres, submarinos y aviación), refuerza la capacidad del Kremlin para usar la amenaza nuclear como herramienta de presión política.

Lo más grave, según numerosos expertos en seguridad, es la difuminación deliberada entre guerra convencional y disuasión nuclear. Cada paquete de ayuda militar a Ucrania, cada debate sobre envío de tropas europeas, puede ser reencuadrado por Moscú como paso previo a una confrontación nuclear. De este modo, el Kremlin no solo disuade a sus adversarios de ir “demasiado lejos”, sino que también introduce un elemento de incertidumbre permanente que complica cualquier cálculo estratégico occidental.

Riesgos para las negociaciones de paz

Ushakov fue explícito al vincular la supuesta “búsqueda nuclear” de Kiev con la posición de Moscú en futuras conversaciones. El mensaje implícito es que cuanto mayor sea la implicación militar occidental, más dura será la postura rusa en la mesa de negociación. Esa lógica apunta a un escenario de paz cada vez más lejano.

Ucrania, por su parte, insiste en que cualquier diálogo serio exige como mínimo la retirada de tropas rusas de los territorios ocupados y garantías firmes de seguridad. El presidente Volodímir Zelenski ha repetido que la guerra solo puede terminar con una paz “digna”, no con la aceptación de una partición del país.

La introducción del elemento nuclear complica aún más las cosas. Si Moscú consigue que el debate internacional gire en torno a cómo “evitar una escalada atómica” más que a cómo restaurar la legalidad internacional vulnerada, el foco se desplaza desde la agresión inicial hacia una supuesta simetría de riesgos. El diagnóstico es inequívoco: cada nuevo episodio de retórica nuclear erosiona la ya frágil arquitectura de confianza necesaria para cualquier acuerdo de seguridad duradero en Europa.

El tablero interno de propaganda

Las declaraciones de Ushakov también deben leerse en clave doméstica. Dentro de Rusia, el Kremlin necesita justificar ante la población un conflicto largo, costoso y sin victorias claras, mientras las sanciones económicas y el desgaste militar se acumulan. Agrandar la amenaza —presentando a Ucrania como posible potencia nuclear apoyada por Francia, Reino Unido y Estados Unidos— permite sostener el relato de una “guerra existencial” contra Occidente.

Esa narrativa legitima, a ojos del aparato propagandístico, tanto la prolongación de la campaña militar como el aumento del gasto en defensa y el recorte de libertades internas. A la vez, ofrece una coartada para futuras decisiones drásticas: si la guerra se presenta como una lucha por la supervivencia frente a un enemigo nuclear, casi cualquier medida puede justificarse.

El contraste con la percepción en muchas capitales europeas resulta llamativo. Mientras Moscú habla de líneas rojas nucleares, la preocupación creciente en la UE y la OTAN es la fatiga de las opiniones públicas, el coste fiscal del apoyo a Kiev y la necesidad de reforzar sus propias capacidades militares convencionales. La retórica del Kremlin, por tanto, opera también como herramienta para intentar dividir a las sociedades occidentales entre partidarios de seguir resistiendo y defensores de “no provocar más a Rusia”.

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