Netanyahu busca ensanchar su poder ante el bloqueo israelí
El primer ministro promete un gobierno nacional amplio, pero excluye a la izquierda y a los partidos árabes en plena carrera hacia las elecciones.
120 escaños, una mayoría mínima de 61 y un país políticamente fracturado. Benjamin Netanyahu ha vuelto a mover el tablero israelí con una promesa calculada: formar un gobierno nacional amplio tras las próximas elecciones. La oferta, presentada como un llamamiento a la unidad, llega acompañada de una línea roja inequívoca: nada de depender de la izquierda ni de los partidos árabes.
El primer ministro israelí defendió este domingo que Israel necesita consensos internos, independencia militar y económica y el rechazo frontal a un Estado palestino “entre el mar y el Jordán”. La frase no es menor. Resume el núcleo de una estrategia que busca atraer al votante de centro-derecha sin romper con el bloque nacionalista y ultraortodoxo que ha sostenido buena parte de su poder.
Una oferta con límites
Netanyahu no planteó una gran coalición neutral. La presentó como alternativa a lo que definió como un ejecutivo “estrecho” de izquierdas apoyado en partidos árabes. Este hecho revela el verdadero perímetro de la operación: ensanchar la base del Likud, sí, pero bajo principios fijados por el propio Netanyahu.
Según Israel National News, el primer ministro habló de poner fin a los vetos personales y de evitar una fractura civil, aunque su invitación quedó condicionada a aceptar sus “principios rectores”. Entre ellos figuran la identidad judía del Estado, los derechos individuales, una economía tecnológica avanzada y la capacidad de Israel para defenderse sin depender de terceros.
El cálculo electoral
Lo más relevante no es la palabra unidad, sino el momento. Israel se encamina hacia unas elecciones previstas para 2026 en un contexto de desgaste político, guerra prolongada y disputa interna por el servicio militar ultraortodoxo. The Times of Israel interpreta el mensaje como una maniobra para recuperar votantes moderados del Likud y frenar el avance de rivales de centro-derecha como Gadi Eisenkot.
El dato clave es demoledor: el bloque actual de Netanyahu aparece en algunos análisis alrededor de 52 escaños, lejos de la mayoría de 61 en una Knéset de 120 diputados. La consecuencia es clara: sin nuevos socios, el poder puede quedar bloqueado.
El veto árabe
El gran tabú vuelve a ser el mismo. Los partidos árabes, que distintos análisis sitúan en torno a 10 escaños, pueden resultar matemáticamente decisivos, pero políticamente tóxicos para buena parte del espectro sionista. Netanyahu explota esa contradicción: acusa a sus rivales de necesitar ese apoyo mientras él se presenta como garante de una mayoría “nacional”.
El contraste resulta evidente. En un sistema proporcional donde 30 o 40 partidos pueden competir y donde ninguna formación logra por sí sola la mayoría absoluta, excluir a bloques enteros reduce las combinaciones posibles y encarece cada pacto.
La cuestión palestina
El otro eje es aún más estructural. Netanyahu reiteró que no habrá Estado palestino al oeste del Jordán, una posición que ya había expresado desde la jefatura del Gobierno y que su oficina oficial ha defendido como una línea política sostenida durante años.
En términos diplomáticos, el mensaje endurece el margen de cualquier negociación futura. En términos internos, consolida un consenso amplio dentro de la derecha israelí. Lo más grave es que convierte una eventual gran coalición no en un giro moderado, sino en una fórmula de estabilidad alrededor de posiciones de seguridad muy duras.
Reacciones cruzadas
La reacción fue inmediata. Gideon Sa’ar respaldó la idea al considerar que, tras el 7 de octubre de 2023, Israel no puede permitirse una política basada en vetos. En sentido contrario, Itamar Ben Gvir calificó la promesa de “preocupante” y reclamó un gobierno plenamente de derechas.
La oposición tampoco compró el giro. Eisenkot acusó a Netanyahu de no estar en posición de dar lecciones de unidad y pidió una comisión estatal de investigación sobre Gaza y Líbano. El diagnóstico es inequívoco: todos entienden que la palabra “unidad” puede decidir votos, pero nadie acepta todavía pagar el precio político de convertirla en coalición real.
El poder como supervivencia
Netanyahu ha gobernado Israel durante 20 de los últimos 30 años, una longevidad política excepcional incluso para Oriente Próximo. Esa experiencia le permite leer con precisión el miedo del electorado: seguridad, identidad nacional, fragmentación interna y desconfianza hacia el adversario.
Sin embargo, el riesgo es evidente. Una promesa de gobierno amplio que excluye a la izquierda, rechaza depender de los árabes y mantiene intactos los pactos con la derecha religiosa puede acabar siendo menos una apertura que un reposicionamiento electoral. En Israel, donde las coaliciones nacen siempre frágiles, la unidad se ha convertido otra vez en una palabra de campaña.