Riad y Abu Dabi activan la opción militar contra Irán

Arabia Saudí y Emiratos estudian pasar de la contención a la represalia tras semanas de ataques iraníes sobre puertos, aeropuertos y activos energéticos.

Riad y Abu Dabi activan la opción militar contra Irán
Riad y Abu Dabi activan la opción militar contra Irán

La paciencia estratégica del Golfo ha entrado en su fase terminal. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que durante meses intentaron mantenerse fuera de una guerra abierta con Teherán, empiezan a asumir que la neutralidad ya no protege ni sus exportaciones ni su modelo económico. Los ataques iraníes han alcanzado campos de gas y petróleo, puertos, aeropuertos y otras infraestructuras civiles, mientras el mercado energético vuelve a cotizar el riesgo de una disrupción prolongada en el estrecho de Ormuz. Lo más grave no es solo el daño material: es la constatación de que la arquitectura de seguridad construida en la región en la última década ya no garantiza la continuidad operativa de sus economías.

De la contención al hartazgo

Hasta hace apenas unas semanas, Riad y Abu Dabi seguían aferrados a una lógica de prudencia: condenar la escalada, reforzar defensas y evitar entrar de lleno en una guerra que podía arruinar años de deshielo regional. Esa posición se ha deteriorado a gran velocidad. El 1 de marzo de 2026, Estados Unidos, Arabia Saudí, Emiratos, Bahréin, Kuwait, Catar y Jordania firmaron una declaración conjunta denunciando que los ataques iraníes habían golpeado territorio soberano y dañado infraestructura civil. Pero la diplomacia no frenó los impactos. Fuentes citadas por Reuters ya adelantaron el 7 de marzo que Riad había advertido a Teherán de una posible represalia si continuaban los ataques contra el reino y su sector energético. Y este 24 de marzo, varios indicios apuntan a que tanto saudíes como emiratíes estudian ir más allá del paraguas defensivo y acercarse a una implicación militar activa.

Ese giro revela una realidad incómoda. La estrategia del Golfo se basaba en combinar apertura económica, vínculos con Washington y una relación menos hostil con Irán. El diagnóstico hoy es inequívoco: esa fórmula ha dejado de disuadir. Cuando una potencia regional logra proyectar ataques sobre nodos civiles y energéticos sin desencadenar una respuesta proporcional inmediata, la percepción de vulnerabilidad se dispara. Y en sistemas tan dependientes de la confianza inversora como los del Golfo, la percepción es casi tan dañina como el propio ataque.

Infraestructuras civiles bajo fuego

La novedad de esta crisis no está solo en su intensidad, sino en la selección de los objetivos. Según Financial Times, la guerra ya ha alcanzado puertos, aeropuertos, centros de datos, refinerías y plantas de GNL, ampliando el radio de daño desde la energía hacia la logística y los servicios esenciales. Associated Press confirmó además daños en Ras Laffan, en Catar, y en los campos de Habshan y Bab, en Emiratos, tras la respuesta iraní al ataque sobre South Pars. La consecuencia es clara: la ofensiva deja de ser un problema estrictamente militar y se convierte en una amenaza directa contra el funcionamiento cotidiano de economías enteras.

Este hecho revela otro cambio decisivo. En 2019, el ataque contra Abqaiq y Khurais dañó instalaciones con una capacidad de 7 millones de barriles diarios y obligó a cerrar producción equivalente a unos 5,7 millones de barriles al día, cerca del 5% del suministro mundial. Aquello fue una advertencia. Lo de ahora es un salto cualitativo, porque el perímetro vulnerable ya no se limita a una gran planta petrolera: abarca la red completa que sostiene comercio, movilidad, agua, electricidad y exportaciones. El contraste con 2019 resulta demoledor: antes se paralizaba un activo; ahora puede comprometerse un ecosistema entero.

Ormuz, el cuello de botella que cambia todo

La razón por la que Riad y Abu Dabi ya no pueden permitirse esperar tiene nombre propio: estrecho de Ormuz. La Administración de Información Energética de Estados Unidos estima que por ese paso transitó en el primer semestre de 2025 una media de 20,9 millones de barriles diarios, el equivalente a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos, además de más del 20% del comercio global de GNL. No hay otro corredor con un efecto tan inmediato sobre inflación, transporte y suministro industrial.

Arabia Saudí y Emiratos disponen de infraestructuras para desviar parte del flujo fuera del Golfo, pero el margen es limitado. La propia EIA recuerda que solo ambos países cuentan con oleoductos capaces de sacar crudo fuera del Golfo con capacidad adicional relevante, y aun así no bastan para sustituir el volumen que pasa por Ormuz. Por eso el mercado sigue descontando escasez: el problema no es únicamente si el estrecho está formalmente cerrado, sino si los ataques, las primas de seguro y el miedo de los armadores lo vuelven económicamente intransitable. Y eso ya está ocurriendo.

Las opciones sobre la mesa

¿Qué estudian realmente saudíes y emiratíes? No necesariamente una invasión o una entrada total en guerra, sino una escalera de respuesta. La primera opción es endurecer la defensa activa: interceptaciones, patrullas aéreas, mayor cobertura antimisil y autorización más amplia para neutralizar lanzadores o plataformas de ataque. La segunda es una respuesta limitada y selectiva contra nodos que sostienen la proyección iraní, desde activos marítimos hasta infraestructuras de mando o exportación. La tercera, menos visible pero igual de importante, es una ofensiva económica, financiera y cibernética destinada a encarecer la capacidad de Teherán para seguir golpeando. La inferencia es razonable porque Emiratos ya ha empezado a estrechar el cerco sobre los vínculos económicos iraníes, mientras Arabia Saudí ha dado señales de que la fase de mera advertencia se agota.

Sin embargo, ninguna de estas rutas es limpia. Una represalia insuficiente debilitaría aún más la disuasión. Una represalia excesiva podría arrastrar a toda la fachada árabe del Golfo a una guerra de desgaste. El dilema no es elegir entre guerra y paz, sino entre diferentes costes de la inseguridad. Ahí reside la verdadera gravedad del momento: Riad y Abu Dabi empiezan a creer que el coste de no responder puede ser ya superior al de responder.

El precio de la neutralidad agotada

Los mercados ya han emitido su veredicto. Tras los ataques iraníes sobre infraestructuras energéticas del Golfo, el crudo superó los 108 dólares por barril y este martes seguía por encima de 103 dólares ante la posibilidad de que Arabia Saudí y Emiratos se acerquen a la guerra. La Agencia Internacional de la Energía ha reaccionado con una medida extraordinaria: la liberación de 400 millones de barriles de reservas de emergencia, la mayor acción coordinada de su historia. Cuando la IEA recurre a una herramienta de ese calibre, el mensaje es inequívoco: el riesgo ya no es local, sino sistémico.

El daño, además, no se limita al petróleo. La IEA advierte de que una interrupción del GNL que pasa por Ormuz golpearía con fuerza a Asia y también a Europa, aunque en menor medida, mientras Financial Times y AP subrayan que la guerra ya afecta a cadenas ligadas a fertilizantes, helio, combustibles para aviación y logística marítima. Dicho de otro modo: el Golfo no solo teme perder barriles; teme perder la reputación de ser una plataforma fiable para capital, comercio y tránsito global. Ese es el núcleo de la desesperación actual.

Washington rearma a sus socios

Estados Unidos ha leído perfectamente la señal. En apenas unos días, el Departamento de Estado aprobó ventas militares por 16.500 millones de dólares para socios regionales: 8.000 millones en radares de defensa aérea y antimisil para Kuwait, 2.100 millones para un sistema fijo anti-drones en Emiratos, 1.220 millones en misiles aire-aire AMRAAM para Abu Dabi, además de otros 644 millones en municiones y mejoras para F-16 emiratíes. A eso se suma la aprobación, a finales de enero, de una posible venta de misiles PATRIOT PAC-3 a Arabia Saudí por 9.000 millones de dólares.

Ese despliegue no resuelve el problema de fondo, pero sí anticipa el escenario. Washington asume que el Golfo necesitará más defensa antiaérea, más capacidad anti-dron y más integración operativa si quiere sostener tanto su economía como una eventual respuesta militar. Incluso el Departamento de Estado ordenó el 2 de marzo la salida de personal no esencial de Emiratos por la amenaza de conflicto armado. Lo más grave es que el rearme ya no se presenta como una política de prevención, sino como preparación para una fase más dura.

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