Rubio exige incluir a China en las conversaciones nucleares

El secretario de Estado de Estados Unidos defiende un marco trilateral con Rusia y Pekín para evitar que el control de armamento quede atrapado en una lógica bilateral ya superada.

Marco Rubio
Marco Rubio

Estados Unidos quiere rediseñar la arquitectura internacional de control nuclear. El secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó este miércoles que cualquier acuerdo futuro deberá incorporar a Washington, Moscú y Pekín, las tres grandes potencias militares cuya capacidad estratégica condiciona el equilibrio global.

Durante una rueda de prensa celebrada en el marco de la cumbre de la ASEAN, Rubio sostuvo que el modelo bilateral entre Estados Unidos y Rusia resulta insuficiente ante el crecimiento militar chino. El mensaje es inequívoco: Donald Trump apuesta por una negociación a tres bandas, más compleja, pero también más ajustada al nuevo reparto de poder.

Un equilibrio de tres potencias

La propuesta parte de una constatación política: el sistema de seguridad internacional ya no puede gestionarse únicamente mediante el diálogo entre Washington y Moscú. Durante décadas, ambas capitales concentraron las principales negociaciones sobre armas estratégicas, límites nucleares y mecanismos de verificación.

Sin embargo, el ascenso de China ha alterado ese esquema. Pekín se ha convertido en un actor militar indispensable para cualquier acuerdo que pretenda ser duradero. Según Rubio, una arquitectura estable no puede construirse dejando fuera a una de las tres potencias decisivas.

La diferencia no es menor. Un pacto bilateral regula la relación entre dos competidores, mientras que un marco trilateral obliga a conciliar doctrinas militares, intereses regionales y ritmos de modernización distintos.

El límite del modelo bilateral

Washington considera que negociar únicamente con Rusia podría producir un acuerdo incompleto. Estados Unidos asumiría restricciones verificables mientras China conservaría un margen mayor para desarrollar sus capacidades sin quedar sujeta a las mismas condiciones.

El diagnóstico estadounidense es claro: las reglas deben aplicarse a todos los actores estratégicos relevantes. De lo contrario, cualquier reducción de armamento podría alterar el equilibrio en lugar de reforzarlo.

La dificultad reside en que una negociación entre tres países multiplica los puntos de fricción. No basta con acordar límites numéricos. También deben definirse sistemas de inspección, categorías de armamento, calendarios de cumplimiento y mecanismos para resolver posibles incumplimientos.

Trump recupera la vía trilateral

Rubio atribuyó directamente al presidente Donald Trump el impulso de este planteamiento. La Casa Blanca pretende sustituir la lógica heredada de la Guerra Fría por un formato que refleje la competencia simultánea entre Estados Unidos, Rusia y China.

La iniciativa permitiría a Trump presentar un eventual acuerdo como una operación de gran alcance diplomático. No obstante, el margen de éxito dependerá de que Moscú y Pekín acepten negociar bajo un mismo marco.

Rusia podría exigir garantías sobre el despliegue estadounidense, mientras China previsiblemente reclamaría que se tengan en cuenta las diferencias existentes entre los arsenales de cada país. El punto de partida, por tanto, dista de ser simétrico.

Oriente Próximo entra en la ecuación

El secretario de Estado también abordó la inestabilidad en Oriente Próximo. Rubio responsabilizó a Irán de alimentar las tensiones regionales mediante su apoyo a los hutíes, Hezbolá y Hamás, tres organizaciones con capacidad para condicionar varios frentes al mismo tiempo.

La mención no resulta secundaria. Washington vincula cada vez más la seguridad nuclear con la proliferación de misiles, el respaldo a actores armados y la expansión de conflictos indirectos.

Rubio aseguró que Estados Unidos espera una desescalada. Sin embargo, el contraste es evidente: mientras propone acuerdos estratégicos con Rusia y China, mantiene una política de presión frente a Teherán.

Una negociación extraordinariamente compleja

La participación de China podría aportar legitimidad a un nuevo sistema de control nuclear, pero también retrasar cualquier avance. Cada potencia parte de una doctrina diferente y mantiene prioridades propias en Europa, Asia y Oriente Próximo.

Además, el acuerdo debería resolver al menos cuatro cuestiones esenciales: qué armas incluir, cómo verificar su cumplimiento, qué límites imponer y qué sanciones aplicar ante una vulneración.

Lo más grave sería que la ausencia de entendimiento provocara una carrera de modernización sin restricciones. En ese escenario, cada país justificaría nuevas inversiones como respuesta a los movimientos de los otros dos rivales estratégicos.

El riesgo de una nueva carrera armamentística

La propuesta de Rubio intenta evitar que el vacío diplomático termine consolidando una competición nuclear abierta. Sin reglas compartidas, la modernización de arsenales puede convertirse en un proceso acumulativo: cada avance genera una respuesta y cada respuesta alimenta una nueva percepción de amenaza.

La consecuencia es clara. Un acuerdo trilateral sería más difícil de alcanzar, pero también más relevante que cualquier pacto bilateral. El desafío para Washington será convencer a Rusia y China de que la transparencia ofrece más seguridad que la ambigüedad.

El movimiento abre una etapa diplomática decisiva. Ya no se trata únicamente de reducir armas, sino de impedir que el equilibrio nuclear del siglo XXI quede sin mecanismos efectivos de control.

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