Trump corta el petróleo venezolano a Cuba y fuerza el reloj final

La captura de Maduro y el control de facto del crudo de PDVSA dejan a la isla sin su principal sostén energético y empujan a La Habana a una negociación a contrarreloj con Washington

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Desde Iowa, Donald Trump lanzó una advertencia que suena mucho más a ultimátum geopolítico que a simple mensaje de campaña. El presidente anunció que Cuba “muy pronto” dejará de recibir petróleo venezolano, el mismo combustible subsidiado que ha sido el respirador económico de la isla durante décadas. El aviso llega tras la captura de Nicolás Maduro y la toma de control efectiva de PDVSA por parte de Estados Unidos, un giro que rompe de raíz la alianza energética Caracas–La Habana. En este nuevo escenario, la economía cubana se asoma a una crisis aún más aguda y el régimen ve acercarse un horizonte de cambios forzados por la asfixia. Trump, consciente de esa fragilidad, pone sobre la mesa una salida: un acuerdo con Washington “antes de que sea demasiado tarde”. El reloj político y económico empieza a correr.

Un aviso desde Iowa con ecos de Guerra Fría

El lugar elegido por Trump no es anecdótico. Desde un mitin en Iowa, un estado alejado del Caribe pero crucial en la política doméstica estadounidense, el presidente trasladó un mensaje con alcance hemisférico: la red de apoyos del chavismo se está desmantelando y Cuba es la siguiente pieza del dominó. La frase “muy pronto se quedarán sin petróleo venezolano” no solo describe una realidad logística; es una declaración de poder.

El tono recuerda a las grandes jugadas de la Guerra Fría, con Washington usando su influencia energética y financiera para forzar giros políticos en su vecindario. Sin embargo, el contexto es otro: hoy la Casa Blanca no solo presiona con sanciones, sino que administra de facto la llave del crudo venezolano, lo que le otorga una capacidad de coerción inédita sobre La Habana.

Este hecho revela un cambio de doctrina: la energía se consolida como herramienta directa de cambio de régimen. La captura de Maduro no se presenta ya solo como una operación contra la corrupción o el narcotráfico, sino como el primer paso de una reordenación completa del mapa político en el Caribe, con Cuba en el centro de la ecuación.

Desmoronamiento del soporte energético venezolano

Durante más de veinte años, la relación simbiótica entre Cuba y Venezuela ha pivotado sobre un eje muy concreto: petróleo a cambio de servicios estratégicos. Caracas llegó a enviar a la isla entre 80.000 y 100.000 barriles diarios en los años de mayor bonanza, lo que suponía más del 60% de las necesidades energéticas cubanas. A cambio, La Habana aportaba médicos, asesores en seguridad y respaldo político internacional al chavismo.

Con la crisis venezolana, esos flujos se habían ido reduciendo hasta quedar, según estimaciones verosímiles, en el entorno de los 30.000 barriles diarios, una cifra aún crucial para mantener en pie la red eléctrica, el transporte público y buena parte de la industria. La diferencia se intentaba cubrir con compras puntuales a terceros países y con un racionamiento de facto en la isla.

El control estadounidense sobre PDVSA rompe ese esquema. La vieja tubería Caracas–La Habana queda cerrada, y el régimen cubano pierde no solo combustible barato, sino la posibilidad de revender una parte del crudo para obtener divisas. La alianza que durante años se presentó como el corazón del “eje bolivariano” se desmorona, al menos en el formato que la sostuvo durante dos décadas.

El impacto inmediato en la economía cubana

El corte del petróleo venezolano llega a una economía cubana agotada por años de crisis superpuesta. Desde la pandemia, la isla ha sufrido el desplome del turismo, la caída de remesas, la escasez crónica de divisas y una inflación interna que ha disparado el precio de alimentos y productos básicos. Distintas estimaciones sitúan la contracción acumulada del PIB en torno al 15%-20% en menos de un lustro.

Sin combustible suficiente, la primera consecuencia será una intensificación de los apagones, que en algunas provincias ya superan las 8-10 horas diarias. El transporte público, que opera al límite desde hace años, podría reducirse drásticamente, afectando a trabajadores, estudiantes y a la logística de suministros esenciales. Sectores como el turismo, la industria farmacéutica o la construcción sufrirán inevitablemente recortes adicionales de actividad.

La consecuencia es clara: la crisis deja de ser gradual para convertirse en abrupta. Donde antes había un deterioro lento pero sostenido, la interrupción del soporte venezolano puede actuar como detonador de una recesión mucho más profunda. Para una población que arrastra décadas de sacrificios y reformas fallidas, el margen de tolerancia social es cada vez menor.

La jugada diplomática: ultimátum y ventana de negociación

Trump no se limita a constatar la fragilidad cubana: plantea abiertamente un intercambio político. En su mensaje desliza que aún habría “tiempo” para evitar el colapso si La Habana se sienta a negociar “un acuerdo” con Washington. Traducido a lenguaje diplomático, se trata de un ultimátum con puerta de salida.

Las condiciones implícitas parecen claras: apertura política gradual, reformas económicas orientadas al mercado y, sobre todo, desvinculación definitiva del legado chavista y de sus redes de seguridad e inteligencia. A cambio, Estados Unidos podría ofrecer alivio en sanciones, acceso a financiación multilateral y algún tipo de garantía para una transición controlada.

Lo más grave, desde la óptica cubana, es la pérdida de margen de maniobra. Con Venezuela fuera de juego y otros socios tradicionales —como Rusia o algunos países del Golfo— centrados en sus propias agendas, la capacidad de La Habana para “jugar a varias bandas” se reduce al mínimo. De ahí que este ultimátum no solo interpele al Gobierno cubano, sino a toda la élite económica y militar que deberá decidir entre aguantar la asfixia o explorar una salida pactada.

Reconfiguración del tablero regional tras el chavismo

La captura de Maduro y la intervención de PDVSA no son solo un asunto bilateral entre Estados Unidos y Venezuela; su impacto se extiende a toda la arquitectura política latinoamericana. La alianza Caracas–La Habana era el núcleo simbólico del llamado “eje bolivariano”, al que se fueron sumando, con mayor o menor intensidad, países como Bolivia o Nicaragua.

La desaparición de ese pilar energético obliga a recalcular estrategias en varias capitales. Gobiernos que habían mantenido un equilibrio pragmático con Caracas y La Habana deberán decidir si se alinean con la nueva realidad impuesta por Washington o si intentan, con recursos limitados, sostener a Cuba frente a la presión. Al mismo tiempo, potencias extrarregionales como China o Rusia tendrán que valorar si vale la pena invertir capital político y financiero en un tablero que Estados Unidos ha decidido mover por la fuerza.

El diagnóstico es inequívoco: la caída del soporte petrolero venezolano marca el fin de una etapa. No es solo el ocaso de un modelo de cooperación ideológica; es la confirmación de que la energía vuelve a ser el centro de la política regional, esta vez con Estados Unidos como administrador directo de una pieza clave.

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