Trump presume de poder absoluto sobre una Cuba exhausta
La Casa Blanca endurece la presión sobre una isla sin combustible, con apagones masivos, protestas y una economía cada vez más frágil.
Donald Trump ha vuelto a situar a Cuba en el centro de su retórica más agresiva. En plena crisis energética de la isla, el presidente de Estados Unidos aseguró que puede hacer “lo que quiera” con La Habana y llegó a deslizar que sería un honor “tomar Cuba” de algún modo. La frase no es un exceso aislado, sino la expresión de una estrategia más amplia: aprovechar el colapso energético, la escasez de divisas y el aislamiento diplomático para elevar la presión sobre el régimen cubano.
Una frase que revela mucho más que un exabrupto
La declaración de Trump no cae del cielo. Hace apenas dos semanas ya había insinuado una “friendly takeover” o “toma amistosa” de Cuba, una fórmula deliberadamente ambigua que mezcla bravuconada geopolítica, presión diplomática y mensaje interno hacia el exilio cubano más duro. El salto ahora es relevante porque el tono ha cambiado: ya no se trata de un comentario lateral, sino de una afirmación de poder sobre un país al que la propia Casa Blanca lleva meses describiendo como amenaza estratégica y como un régimen que debe ser forzado a cambiar. Este hecho revela una pauta conocida en Trump: convertir una crisis ajena en una exhibición de autoridad, incluso cuando no existe un plan público detallado detrás de la amenaza. Pero en el caso cubano el lenguaje importa más de lo habitual, porque coincide con contactos discretos entre Washington y La Habana y con un deterioro interno que multiplica el efecto de cualquier gesto político.
El apagón total que deja a la isla sin respiración
La retórica estadounidense se produce, además, sobre una realidad devastadora. Cuba sufrió este lunes un apagón de alcance nacional después de la “desconexión completa” de su sistema eléctrico, según las autoridades energéticas. A última hora del día, apenas un 5% de La Habana había recuperado el suministro, incluidos algunos hospitales. El diagnóstico es inequívoco: una red vieja, mal mantenida y sin capacidad de absorción ante nuevas averías. La crisis ya no es episódica, sino estructural. En los últimos días también se han registrado protestas en Morón, en el centro del país, con daños en la sede local del Partido Comunista y cinco detenidos. La combinación de cortes de luz, escasez de alimentos y falta de combustible ha empujado el malestar social a un punto especialmente sensible. Y ahí es donde la frase de Trump adquiere una carga adicional: no habla ante una Cuba estable, sino ante una Cuba exhausta.
La energía convertida en palanca de presión
La consecuencia es clara: el petróleo se ha convertido en la herramienta más eficaz de coerción sobre la isla. La propia Casa Blanca declaró en enero una emergencia nacional respecto a Cuba y abrió la puerta a imponer aranceles adicionales a países que vendan o faciliten petróleo al régimen. Antes, en junio de 2025, Trump ya había firmado un memorando para endurecer la política hacia La Habana, restringir viajes y reforzar el aislamiento económico y financiero. Sobre el papel, Washington presenta estas medidas como una respuesta a una amenaza para su seguridad y como un apoyo al pueblo cubano; en la práctica, el efecto inmediato ha sido estrechar todavía más el cuello energético de un sistema ya muy deteriorado. Tres meses sin llegada de combustible, según admitió Miguel Díaz-Canel, son una cifra demoledora para cualquier economía insular. Mucho más para una que depende de importaciones, turismo y generación térmica obsoleta.
Economía sin caja, turismo a la baja y más fragilidad
Detrás del ruido político hay un dato central: Cuba carece hoy de colchón económico para absorber una nueva escalada. Las llegadas internacionales cayeron a 1,8 millones de turistas en 2025, un descenso del 17,8% respecto a 2024 y muy lejos del objetivo oficial de 2,6 millones. Esa pérdida de ingresos golpea de lleno al acceso a divisas, a las importaciones y a la capacidad de sostener servicios básicos. Al mismo tiempo, la CEPAL proyectó para 2025 una contracción del PIB real del 1,5%, vinculada precisamente a factores externos y a debilidades internas como la precariedad energética. El contraste con otras economías del Caribe resulta demoledor: mientras la región intenta capturar la recuperación del turismo y de la inversión, Cuba se ve atrapada en una espiral de apagones, costes logísticos y desconfianza. En ese contexto, cuando Trump dice que la isla “no tiene dinero ni petróleo”, simplifica, pero no inventa el núcleo del problema.
Miami, el exilio y la utilidad política del endurecimiento
También hay política doméstica en esta ofensiva verbal. Cuba sigue siendo un asunto de alto voltaje simbólico en Florida y en buena parte del voto conservador latino en Estados Unidos. Marco Rubio, figura clave en la línea dura hacia La Habana, lleva meses empujando una estrategia que combine presión económica, aislamiento diplomático y exigencias políticas directas al régimen. Por eso el lenguaje de Trump no debe leerse solo en clave exterior. Hablar de “tomar Cuba” funciona como demostración de fuerza ante su base, como reafirmación de una agenda hemisférica y como aviso a otros gobiernos de la región. Lo más llamativo es que incluso mientras Washington y La Habana mantienen conversaciones discretas, la Casa Blanca opta por elevar el coste público de cualquier distensión. Es una negociación bajo amenaza. Y ese formato, históricamente, rara vez ha generado estabilidad duradera en la isla ni en su entorno inmediato.
China, Irán y el tablero que relega a Cuba
El cruce con China añade otra capa. Trump admitió que su viaje previsto a Pekín, fijado del 31 de marzo al 2 de abril, podría retrasarse “un mes más o menos” por la guerra con Irán y por sus obligaciones internas. Ese detalle importa porque sitúa a Cuba dentro de un tablero mucho mayor: el de la energía global, el estrecho de Ormuz y la competición con Pekín. En otras palabras, la isla no es solo un expediente latinoamericano, sino una pieza secundaria en un esquema geopolítico más amplio en el que Washington intenta usar el petróleo, las rutas comerciales y la presión regional como instrumentos simultáneos. Trump ha dejado claro que Irán sigue siendo la prioridad. Pero precisamente por eso Cuba se convierte en un objetivo tentador: más débil, más cercano y con menos capacidad de respuesta internacional inmediata. El riesgo es que esa tentación derive en una sobrepresión que agrave aún más la inestabilidad caribeña.