Antonio Alonso Marcos pone bajo sospecha el acuerdo entre EE UU e Irán: “Puede haber gato encerrado”

Antonio Alonso Marcos analiza las dudas tras el aparente acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán, destacando las tensiones en Oriente Medio, el papel clave de Israel, y el impacto económico en los precios del petróleo y metales preciosos. Además, examina la fractura global entre Occidente y el bloque liderado por China y Rusia.
Antonio Alonso Marcos en entrevista para Negocios TV, analizando la conflictiva relación entre Estados Unidos e Irán.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Antonio Alonso Marcos pone bajo sospecha el acuerdo entre EE UU e Irán: “Puede haber gato encerrado”

Estados Unidos impulsa un memorando de 14 puntos para cerrar la guerra y reabrir Ormuz.
Irán responde por canales indirectos y con condiciones, mientras los drones vuelven a sobrevolar el Golfo.
Israel insiste en que “la guerra no ha terminado” y fija como objetivo el corazón del problema: el programa nuclear.
En el fondo, la diplomacia no apaga el conflicto: lo aplaza.
Y ese aplazamiento ya tiene precio en petróleo, rutas marítimas y credibilidad global.

La fotografía es engañosa: sobre el papel hay conversaciones, mediadores y borradores; sobre el terreno, una tregua que se sostiene con alfileres. El marco que circula estos días —un memorando de 14 puntos— busca declarar el fin de la guerra iniciada el 28 de febrero de 2026 y consolidar el alto el fuego que arrancó el 8 de abril, con la reapertura del Estrecho de Ormuz como prioridad. Pero el intercambio de mensajes llega, además, por vías indirectas —Pakistán como canal—, lo que delata la falta de confianza.

En ese clima se encaja el análisis de Antonio Alonso Marcos, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad CEU San Pablo: “no es un acuerdo de confianza, es un movimiento táctico”. La cuestión no es si hay voluntad de firmar; es si existe voluntad de cumplir cuando el incentivo real sigue siendo la presión máxima.

Israel, la variable que dinamita cualquier “paz”

El punto ciego del pacto es Israel. Netanyahu ha rechazado la idea de cierre definitivo del conflicto y coloca el listón donde el acuerdo se vuelve políticamente casi imposible: desmantelar capacidades nucleares iraníes y neutralizar stockpiles de uranio altamente enriquecido. El propio circuito diplomático gira alrededor de esa exigencia, mientras Teherán intenta separar el “fin de la guerra” de las concesiones nucleares.

Aquí el choque deja de ser coyuntural. Cuando un actor considera al otro una amenaza existencial, la diplomacia se convierte en pausa operativa. “La negociación sirve para reposicionarse, no para reconciliarse”, resume Alonso Marcos en conversaciones públicas recientes sobre el nuevo orden internacional. Y el contraste con episodios anteriores —del JCPOA a los sabotajes y golpes cruzados— es demoledor: cada tregua ha sido una estación, no el destino.

Ormuz: el cuello de botella que gobierna la energía

El mercado entiende lo esencial: Ormuz no es un símbolo, es una válvula. La EIA recuerda que por ese estrecho transita casi el 20% del suministro mundial de petróleo, un dato que convierte cualquier amenaza en inflación importada para medio planeta. Y cuando la arteria se estrecha, la sangre se encarece: el Banco Mundial calcula que a finales de marzo el Brent llegó a subir un 65% (46 dólares por barril) en pleno shock, antes de moderarse con el anuncio de tregua.

La cadena de consecuencias se extiende rápido. Arabia Saudí se apoya en alternativas logísticas —su oleoducto Este-Oeste, de hasta 7 millones de barriles diarios— para sortear el riesgo. Y el tráfico global busca rutas sustitutivas, incluso el Canal de Panamá, que ya cuantifica un impacto de +10% a +15% en ingresos por el desvío de flujos. La energía manda; la geopolítica cobra.

Oro y plata: refugio… con matices incómodos

La intuición dice “refugio”: cuando arde Oriente Medio, el dinero corre hacia oro y plata. Pero este episodio está dejando una lección más incómoda: la liquidez compite con el refugio. Firmas como Morgan Stanley subrayan que unos tipos reales exigentes y la fortaleza del dólar pueden frenar el rally clásico, incluso en plena tensión. Forbes lo describe con crudeza: en algunos tramos del conflicto, los inversores han priorizado caja y dólares antes que metal, porque el shock energético obliga a financiar costes inmediatos.

Eso no niega el papel defensivo del oro, pero lo vuelve menos automático. La plata, además, añade volatilidad: puede funcionar como cobertura, sí, pero también como activo industrial penalizado si el miedo se traduce en desaceleración. “No hay activo inocente en un mundo fragmentado”: el refugio existe, pero cobra comisión en forma de bandazos.

Bloques enfrentados y una fractura que se amplía

La negociación EE UU-Irán ya no se juega solo en Teherán y Washington. Se juega en Moscú, Pekín, Ankara y en cada capital que mira su factura energética. La propuesta rusa de almacenar uranio iraní —para facilitar una salida— apunta a una realidad: el conflicto es una palanca de influencia entre bloques. Occidente intenta cerrar una crisis que golpea a su inflación; el eje euroasiático observa la oportunidad de erosionar su credibilidad y ganar margen estratégico.

En ese tablero, Oriente Medio es el acelerador. Un dron sobre el Golfo no es solo un titular: es un mensaje al comercio, al seguro marítimo y a la estabilidad de gobiernos dependientes del crudo. El resultado es una polarización que se autoalimenta: cuanto más se fragmenta el mundo, menos “paz” cabe en un papel. Y cuanto menos paz cabe, más valor adquiere la coerción.

La factura política: promesas de paz, castigo en las urnas

Lo que se decide ahora también es doméstico. Para la Casa Blanca, vender un marco de “desescalada” reduce presión sobre gasolina, inflación y narrativa de liderazgo. Pero el riesgo es simétrico: si el pacto nace débil, el primer incumplimiento lo convierte en boomerang. En Estados Unidos, el ciclo electoral de noviembre de 2026 amplifica la sensibilidad: cada repunte del crudo se transforma en munición política.

Irán, por su parte, negocia con la necesidad de aliviar sanciones y presión militar sin dar una imagen de rendición. Y Israel busca garantías máximas, aunque eso tense la cuerda. El dato que resume la dureza del pulso es nuclear: la AP sitúa el stock iraní por encima de 440 kilos de uranio cercano a grado armamentístico. En ese terreno, la paz no se firma: se verifica. Y la verificación, hoy, parece el bien más escaso.

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