Trump proclama que «sigue ganando» mientras la guerra con Irán se extiende
El presidente estadounidense asegura que la ofensiva marcha bien, pero la escalada amenaza el estrecho de Ormuz, dispara el coste militar y aleja una salida diplomática.
Donald Trump sostiene que la guerra contra Irán «va bien» y que Washington continuará golpeando hasta obligar a Teherán a ceder. «Todo lo que puedes hacer es seguir ganando», afirmó el presidente estadounidense en declaraciones trasladadas este viernes a Fox News.
El mensaje pretende proyectar control después de una nueva noche de ataques cruzados. Sin embargo, el conflicto ya ha desbordado el pulso bilateral: alcanza instalaciones militares en varios países, tensiona las rutas energéticas y amenaza con convertir el estrecho de Ormuz en el principal cuello de botella de la economía mundial.
La retórica elegida por Trump —directa, personalista y construida alrededor de una victoria aparentemente inevitable— recuerda al tono de impacto utilizado habitualmente para presentar sus movimientos políticos y militares.
Una victoria todavía sin desenlace
Trump aseguró que las fuerzas estadounidenses están golpeando duramente a Irán y «dejándolo fuera de combate». El presidente añadió que Washington continuará atacando hasta que sus adversarios no tengan otra opción que retirarse.
La frase encierra, sin embargo, una contradicción estratégica. Estados Unidos presenta cada ofensiva como decisiva, pero la guerra continúa abierta cinco meses después de su inicio, con sucesivas pausas, negociaciones frustradas y nuevas oleadas de represalias.
La Casa Blanca ya había defendido esta semana que mantiene una «presión máxima» sobre Teherán. Trump llegó a afirmar que la Marina estadounidense controla el estrecho de Ormuz y decide qué embarcaciones pueden atravesarlo, una interpretación que choca frontalmente con la versión iraní.
El choque por el estrecho de Ormuz
La Guardia Revolucionaria iraní insiste en que el estrecho permanece cerrado. La vía marítima es esencial para el transporte internacional de petróleo y gas, por lo que cualquier interrupción prolongada tiene efectos inmediatos sobre los precios energéticos, los seguros marítimos y las cadenas de suministro.
Antes del conflicto, esta ruta concentraba alrededor del 20% del petróleo transportado por mar y cerca de un tercio del gas natural licuado mundial. El tráfico de petroleros ha llegado a caer desde más de 125 buques diarios hasta cifras de un solo dígito en algunas jornadas.
Lo más grave es que Washington y Teherán no solo disputan el control militar del paso. También discrepan sobre quién debe gestionar los corredores de navegación y bajo qué condiciones podrían volver a circular los buques comerciales.
Ataques que desbordan Irán
La última escalada comenzó después de que Estados Unidos atacara instalaciones de mando, almacenamiento de misiles y posiciones de la Guardia Revolucionaria. Irán respondió con drones y proyectiles contra intereses estadounidenses y países aliados de Washington.
El conflicto ha abierto nuevos frentes en Irak, Jordania y Kuwait. Arabia Saudí también ha participado en operaciones contra milicias respaldadas por Teherán, mientras los hutíes han amenazado las rutas del mar Rojo.
La consecuencia es clara: cerrar Ormuz ya no sería el único mecanismo para estrangular el comercio regional. Los ataques contra puertos, gaseros y oleoductos alternativos podrían bloquear también las salidas diseñadas para sortear el estrecho.
Una factura militar creciente
La proclamación de victoria de Trump llega en un momento de creciente desgaste interno. El coste acumulado de la campaña supera ya los 37.000 millones de dólares, mientras el Pentágono reclama decenas de miles de millones adicionales para sostener las operaciones y reponer munición.
Al menos 18 militares estadounidenses han muerto y más de 450 han resultado heridos, según los balances citados durante el debate del Senado sobre los poderes de guerra. La Cámara Alta rechazó por 50 votos frente a 49 una resolución destinada a limitar la capacidad del presidente para continuar la ofensiva sin una autorización específica del Congreso.
El diagnóstico es incómodo para la Administración: cuanto más se prolonga la campaña, más difícil resulta presentar cada ataque como el golpe definitivo.
Diplomacia bajo las bombas
Washington sostiene que cualquier alto el fuego debe comenzar con una retirada iraní de las hostilidades. Teherán, por su parte, exige garantías sobre la navegación, el levantamiento de bloqueos y el control de sus aguas territoriales.
Pakistán, Omán y otros mediadores mantienen contactos para evitar una expansión irreversible. Las conversaciones han abordado fórmulas para dividir el tráfico marítimo en corredores diferenciados, pero las operaciones militares han debilitado cada intento de acuerdo.
La guerra se libra así en dos planos paralelos: una negociación intermitente para detener los ataques y una campaña militar destinada a mejorar la posición de cada parte antes de sentarse a negociar.
El riesgo económico global
El impacto ya se refleja en los mercados energéticos. El Brent ha registrado repuntes superiores al 7% durante las últimas fases de la escalada, impulsado por el temor a nuevas restricciones de suministro.
Europa y Asia serían las regiones más expuestas a una interrupción prolongada, especialmente por su dependencia del crudo y del gas procedentes del Golfo. Una subida persistente de la energía volvería a presionar la inflación, reduciría el margen de los bancos centrales para bajar tipos y encarecería el transporte marítimo.
Trump asegura que Estados Unidos puede continuar «ganando». Sin embargo, la verdadera medida del éxito no será el número de objetivos destruidos, sino la capacidad de reabrir las rutas comerciales, contener el precio del petróleo y cerrar una guerra que sigue ampliando su radio de acción.