Villarroya: EEUU ha perdido por completo el control de lo que está pasando con Israel

La pausa de ataques entre Israel e Irán no frena la ofensiva en Líbano y eleva el riesgo de un shock energético global.

Villarroya: EEUU ha perdido por completo el control de lo que está pasando con Israel

En plena escalada, Israel e Irán han frenado los golpes directos tras un intercambio que tensó los mercados. Pero la guerra no se apaga: se desplaza a Beirut, al sur del Líbano y a la logística del petróleo. José Miguel Villarroya lo resume con crudeza: «EEUU ha perdido por completo el control».

Alto el fuego táctico, guerra real

La aparente desescalada entre Israel e Irán tiene más de pausa operativa que de reconciliación estratégica. Tras un cruce de ataques que incluyó una respuesta iraní con casi 30 misiles balísticos, ambos bandos señalaron un alto en los golpes directos, empujados por la presión diplomática de Washington y el miedo a una ruptura total del equilibrio regional.
Sin embargo, el paréntesis es engañoso: el foco se ha reorientado hacia el frente libanés. En las últimas horas, los bombardeos israelíes han golpeado el sur del país y forzado evacuaciones masivas, mientras crece el coste humano y la fractura institucional en Beirut.
El diagnóstico es inequívoco: cuando la contención no nace de un acuerdo verificable sino de un cálculo de oportunidad, la región queda a merced del siguiente incidente.

Netanyahu y la lógica de la agenda propia

Villarroya pone el acento en una idea central: Netanyahu opera con una agenda que no siempre coincide con la de su principal aliado. La señal más nítida es la combinación de contención frente a Irán con intensificación en Líbano, donde Israel ha reforzado la llamada «zona de seguridad» y ha anunciado avances sobre enclaves estratégicos.
En abril, el propio Netanyahu afirmó que sus fuerzas estaban “a punto” de tomar Bint Jbeil y de ampliar el perímetro militar hacia el este, mientras en paralelo se hablaba de negociaciones en Washington.
Ese doble carril —diplomacia en titulares, presión militar sobre el terreno— revela una prioridad política: sostener credenciales internas de firmeza cuando el calendario electoral aprieta. Lo más grave no es la divergencia, sino su efecto: cada movimiento unilateral reduce el margen de maniobra de EEUU y eleva el riesgo de reacción en cadena.

Washington en modo “gestión de daños”

La Casa Blanca intenta contener el incendio con mensajes y plazos. Donald Trump ha presionado públicamente por un alto el fuego y ha hablado de encarrilar un marco de conversaciones con Teherán, incluso con propuestas de tregua temporal y reapertura del tráfico marítimo.
Pero el problema no es solo Irán. Es Israel. Si el aliado interpreta que puede modular tiempos y objetivos sin coste, Washington pasa de director a bombero. Y cuando el bombero además necesita exhibir eficacia ante su electorado, la tentación de sobreactuar en redes sociales sustituye a la arquitectura clásica de disuasión.
Villarroya describe un escenario límite: EEUU “pide”, Israel “administra”, e Irán espera la oportunidad de devolver el golpe donde más duele —energía, comercio y opinión pública—. Esa grieta es la que convierte una tregua en un simple descanso entre rondas.

El petróleo como arma y como premio

El mercado no necesita una guerra total para entrar en pánico: le basta con la amenaza creíble sobre el cuello de botella. Ormuz representa más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo global de crudo y productos petrolíferos; además, por ahí transita cerca de una quinta parte del LNG mundial.
En este contexto, cada alerta militar encarece primas de seguro, altera rutas y dispara la volatilidad. El Financial Times recogió cómo el crudo repuntó con la escalada y se moderó después, signo de un mercado que vive pendiente del siguiente comunicado.
Aquí aparece Rusia: un entorno de precios altos es oxígeno presupuestario. Moscú prepara su marco fiscal de 2026 con un Urals de 59 dólares por barril. Un repunte sostenido por encima de ese umbral alivia tensiones financieras y, además, desplaza la atención —y parte del inventario político— de la guerra de Ucrania hacia Oriente Medio.

China y el miedo al bloqueo

A Pekín le inquieta menos la retórica y más la logística. En 2025, por Ormuz circularon volúmenes equivalentes a casi el 34% del comercio global de crudo, con la mayoría de exportaciones destinadas a Asia; China e India recibieron el 44% de esos flujos.
Ese dato explica por qué Villarroya subraya el temor chino: un cierre prolongado o una interrupción intermitente golpea el corazón energético de su industria, encarece fletes y mina la previsibilidad de la nueva Ruta de la Seda, que depende de corredores marítimos y de la estabilidad de costes.
El contraste con Europa resulta demoledor: solo una fracción menor del crudo que pasa por Ormuz acaba en el continente, pero el precio se fija en un mercado global. Es decir: aunque el barril no llegue físicamente, la factura sí.

Lo que viene

Para Europa —y para España— el riesgo es doble. Primero, inflación importada: energía, transporte, fertilizantes y química. Segundo, incertidumbre inversora: cuando el petróleo se convierte en variable geopolítica, las empresas posponen decisiones y los bancos encarecen el riesgo país de toda la región MENA.
En paralelo, el frente libanés añade una capa de inestabilidad humanitaria y reputacional. La guerra en Líbano ya ha empujado a más de 1,2 millones de desplazados y miles de muertos, un desgaste que dificulta cualquier salida negociada y alimenta radicalización.
La consecuencia es clara: mientras Washington intenta encajar una tregua con Teherán y contener a Netanyahu, el tablero se ha reordenado alrededor de un hecho incómodo. El control no lo tiene quien habla más alto, sino quien decide dónde cae la próxima bomba… y qué pasa con el petróleo cuando eso ocurra.

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