El IBEX se hunde un 4,5% por la guerra con Irán
La Bolsa española ha pasado en cuestión de horas de rozar máximos históricos a encajar uno de los mayores castigos de la última década. El IBEX 35 llegó a caer alrededor de un 4,5% este martes y se deslizó hacia los 17.100 puntos, arrastrado por el temor a que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán derive en un conflicto largo y desestabilice la economía mundial. El desplome se suma al retroceso del 2,6% registrado el lunes, el más brusco desde la primera ronda de aranceles de Donald Trump en la anterior guerra comercial. La consecuencia es clara: el mercado ha pasado al modo pánico en tiempo récord.
La sesión ha tenido todos los ingredientes de un giro brusco de sentimiento. El martes, a primera hora, el IBEX 35 arrancaba ya con caídas en torno al 1,7%, hasta los 17.576 puntos, prolongando el castigo de la víspera. A medida que avanzaba la mañana, las ventas se aceleraban y el desplome se ampliaba hasta el 4,5%, borrando en dos días buena parte del rally que había llevado al índice a coquetear con máximos históricos.
El movimiento no es aislado. Los grandes índices europeos se teñían también de rojo: el DAX alemán llegaba a caer cerca de un 4%, el CAC francés en torno a un 2,5% y el FTSE londinense alrededor de un 3%. En Estados Unidos, los futuros del S&P 500 cedían en torno a un 1,5% y los del Nasdaq, cerca de un 2%, anticipando un contagio global.
Este hecho revela un cambio de régimen: de un mercado que descontaba un conflicto breve y limitado a una lectura mucho más dura, en la que la duración de la guerra y el impacto sobre el petróleo pasan a ser la única variable que importa. El diagnóstico de los inversores es inequívoco: si el choque se prolonga, la corrección puede ir a más.
El frente geopolítico se enquista
La guerra en Oriente Próximo ha entrado ya en su cuarto día sin señales de desescalada. Al contrario, los mensajes de Washington y Teherán han reforzado la percepción de un conflicto abierto. Donald Trump ha prometido hacer “lo que sea necesario” para lograr sus objetivos, sin descartar una campaña que se alargue “cuatro o cinco semanas” o incluso más. El mensaje es claro: la Casa Blanca no quiere que el calendario condicione la estrategia militar.
Desde el lado iraní, un mando de la Guardia Revolucionaria ha amenazado con disparar contra cualquier barco que intente atravesar el estrecho de Ormuz, asegurando que el paso está cerrado al tráfico marítimo. Aunque de momento los flujos energéticos continúan, la sola idea de un cierre efectivo de esta vía ha encendido todas las alarmas.
El contraste con las expectativas de la noche anterior resulta demoledor. Muchos operadores habían apostado por un conflicto relámpago, limitado en el tiempo y en el impacto sobre la oferta de crudo. Sin embargo, las últimas declaraciones obligan a los mercados a recalibrar por completo el escenario: la prima de riesgo geopolítico ya no se mide en días, sino en semanas o meses. Y eso tiene consecuencias directas sobre la energía, la inflación y las políticas monetarias.
El petróleo vuelve al centro del tablero
El primer canal de transmisión es el más evidente: el precio del petróleo. El barril de Brent llegó a dispararse alrededor de un 7%, hasta la zona de 81 dólares, y este martes seguía en niveles elevados, con rebotes en torno al 3% hasta los 80 dólares. Lo más grave es que el movimiento no responde a un problema de demanda, sino a un posible shock de oferta concentrado en una de las rutas más sensibles del mundo.
Por el estrecho de Ormuz transita cerca de un 20% del crudo mundial y alrededor de un 30% del gas natural licuado (GNL). Cualquier interrupción seria obligaría a redibujar las rutas energéticas y encarecería los costes de transporte, con un impacto inmediato sobre los países importadores. Europa, y en particular España, siguen siendo altamente dependientes de las importaciones de hidrocarburos, pese al avance de las renovables.
Este hecho revela por qué las bolsas reaccionan con tanta violencia: el miedo no es sólo a algunos días de volatilidad, sino a que el conflicto se traduzca en meses de energía cara, justo cuando la inflación comenzaba a moderarse. Un petróleo estable por encima de los 80–85 dólares durante un periodo prolongado tendría un efecto directo sobre carburantes, costes empresariales y, en última instancia, sobre el bolsillo de los hogares.
El fantasma de la estanflación
El riesgo que vuelve a la mesa es la estanflación, esa combinación tóxica de crecimiento débil e inflación alta que marcó la crisis del petróleo de los años setenta y que reapareció parcialmente tras la invasión rusa de Ucrania. En los últimos meses, los bancos centrales se movían con cautela hacia un escenario de relajación gradual de tipos a partir de la segunda mitad de 2026. El nuevo shock energético amenaza con retrasar o incluso abortar ese giro.
Las expectativas de mercado lo reflejan con claridad. Las probabilidades implícitas apuntan a que la Reserva Federal mantendrá los tipos en su reunión del 18 de marzo con más de un 95% de probabilidad, mientras que la opción de una pausa prolongada en junio ha pasado de ser minoritaria a situarse ligeramente por encima del 50%. Al mismo tiempo, la rentabilidad del Treasury a diez años se ha colocado de nuevo por encima del 4%, señal de que los inversores exigen una prima extra para cubrirse frente a la inflación.
La consecuencia es clara: si el crudo se mantiene elevado, la ventana para bajar tipos se estrecha. En la eurozona, donde la inflación subyacente aún se resiste a bajar con fuerza, un nuevo repunte de la energía complicaría la tarea del BCE y pondría en peligro la recuperación incipiente. El contraste con el escenario de hace apenas unas semanas, cuando se hablaba de “aterrizaje suave”, resulta evidente.
Bancos, energéticas y valores refugio
El castigo ha sido especialmente severo en los sectores más sensibles al ciclo y a las expectativas de tipos. Los grandes bancos del IBEX –Santander, BBVA, CaixaBank, Sabadell, Bankinter y Unicaja– registraban caídas de entre el 1,5% y más del 3% en distintos tramos de la sesión, lastrados por el temor a que un contexto de menor crecimiento y mayor volatilidad financiera erosione márgenes y eleve la morosidad.
Entre los valores no financieros, la fotografía es desigual. Iberdrola y otras utilities caían en torno al 2%, penalizadas por el riesgo regulatorio y el impacto de unos tipos altos durante más tiempo sobre sus planes de inversión. Por el contrario, Repsol lograba avanzar alrededor de un 1,5%, en línea con otros productores de petróleo que se benefician directamente del encarecimiento del crudo. Es el reverso de la misma moneda: lo que para la economía es un problema se traduce en mayores ingresos para las petroleras integradas.
También destacaban en positivo Indra, con subidas cercanas al 1%, y Amadeus, apenas en verde pero resistiendo mejor que el índice. La primera se ve respaldada por su exposición a defensa y tecnología, sectores percibidos como estratégicos en un contexto geopolítico tenso. La segunda, por un negocio vinculado al turismo global que, de momento, no refleja un impacto inmediato del conflicto. El patrón de la sesión es claro: huida de cíclicos y de activos de riesgo hacia compañías percibidas como defensivas o beneficiarias del nuevo entorno.
Naturgy, la gran damnificada de la sesión
Si hay un nombre propio en la jornada es Naturgy. La gasista se convertía en el valor más castigado del IBEX tras conocerse que BlackRock ha vendido el 11,4% del capital mediante una colocación acelerada entre inversores cualificados, con un descuento cercano al 6% sobre el precio de mercado. El resultado fue inmediato: el título llegó a hundirse más de un 5,5–6,5% en las primeras horas de negociación.
Lo más significativo no es sólo el movimiento técnico, sino el momento elegido. En plena tormenta geopolítica y con el mercado extremadamente sensible a cualquier noticia relacionada con energía, la salida de uno de los grandes accionistas internacionales lanza un mensaje incómodo. La combinación de incertidumbre regulatoria, transición energética exigente y volatilidad del gas convierte a Naturgy en un activo bajo escrutinio permanente.
Este hecho revela una fragilidad de fondo: la estructura accionarial de la compañía, con distintos bloques y sensibilidades, se enfrenta ahora a un nuevo equilibrio tras la marcha de BlackRock. En paralelo, el mercado se pregunta si la operación abrirá la puerta a movimientos corporativos futuros o si se trata sólo de una rotación táctica de cartera. Mientras tanto, el castigo bursátil deja a Naturgy como símbolo del nerviosismo inversor en un sector clave para la seguridad energética española.
Otros mercados ya descuentan el peor escenario
Aunque el foco mediático está en la renta variable, la señal más fina llega del mercado de divisas y de deuda soberana. Las monedas de países importadores de energía, como la libra esterlina o el yen, se han visto presionadas frente a un dólar que vuelve a actuar como refugio. En paralelo, los bonos soberanos de referencia han cedido parte del rally de las últimas semanas, con repuntes de rentabilidades en Estados Unidos, Alemania y, en menor medida, en la periferia del euro.
Analistas como Michael Brown, de Pepperstone, advierten de que muchos activos ya negocian el riesgo geopolítico bajo el prisma de un shock de materias primas prolongado. Sin embargo, también señalan que un ajuste tan rápido puede resultar excesivo si finalmente el conflicto se limita en el tiempo y no se consolida un corte significativo en la oferta de crudo. En sus propias palabras, “un shock energético sólo será realmente inflacionista si se mantiene en el tiempo”.
El contraste con una renta variable que llegó a rebotar en Wall Street desde mínimos es llamativo. Mientras las bolsas oscilaron al compás de los titulares, los mercados de tipos y divisas han empezado a reordenar las expectativas de inflación y crecimiento a medio plazo. Y cuando estos mercados se mueven, el mensaje suele ser más duradero que el de una sesión de pánico en la Bolsa.

