El bloqueo parcial del estrecho de Ormuz dispara el riesgo energético

La guerra en Oriente Medio frena el rally de las bolsas asiáticas

La nueva ofensiva en Oriente Medio ha devuelto la volatilidad a las bolsas asiáticas y ha encendido todas las alarmas sobre el suministro de crudo.

EPA-EFE/ALEX PLAVEVSKI

La guerra en Oriente Medio frena el rally de las bolsas asiáticas
EPA-EFE/ALEX PLAVEVSKI La guerra en Oriente Medio frena el rally de las bolsas asiáticas

Por el estrecho de Ormuz transita en torno al 25% del crudo que se mueve por mar en el mundo, con un 80% de esos volúmenes destinado a Asia. La nueva escalada bélica en Oriente Medio, con ataques a infraestructuras energéticas y buques mercantes, ha convertido ese cuello de botella en el principal foco de riesgo para las economías asiáticas. Al mismo tiempo, las bolsas de la región han amanecido este viernes con un comportamiento dispar: avances en Tokio, Hong Kong y la China continental, frente a caídas en Sídney y un tono plano en Seúl. La consecuencia es clara: los inversores descuentan un shock energético potencial, pero todavía no un escenario de ruptura total del suministro. En paralelo, la inflación de Corea del Sur se mantiene anclada en el 2%, un dato que contrasta con la tensión en los mercados de materias primas y anticipa un debate complejo para los bancos centrales asiáticos en las próximas semanas.

Un arranque de sesión con señales cruzadas

Las principales bolsas de Asia-Pacífico han ofrecido este viernes una imagen claramente fragmentada. El Nikkei 225 avanzaba un 0,57%, apoyado en las grandes exportadoras japonesas que se benefician de un yen débil. En Hong Kong, el Hang Seng subía un 1,67%, en un rebote técnico tras semanas de fuerte castigo y con el apoyo de valores tecnológicos y financieros. En la China continental, el Shanghai Composite ganaba un 0,33% y el Shenzhen Composite un 0,91%, reflejando cierto alivio ante la estabilidad de la política monetaria de Pekín y la expectativa de estímulos selectivos.

Nikkei Stock Average, Nikkei 225

En el lado opuesto, el Kospi surcoreano cotizaba prácticamente plano, señal de que los inversores locales perciben el riesgo energético de forma más directa que sus vecinos. Y en Australia, el S&P/ASX 200 se dejaba un 1% al cierre, lastrado por los valores ligados a materias primas y por la sensibilidad de la economía australiana al ciclo global.

Índice Korea Composite Stock Price

En el mercado de divisas, el dólar se apreciaba un 0,19% frente al yen, hasta la zona de los 157,8 yenes por billete verde, niveles que vuelven a situar a Japón cerca del umbral de incomodidad para el Ministerio de Finanzas. La fotografía de la sesión es elocuente: Asia no descuenta un colapso inmediato, pero sí un mundo más caro y más volátil.

El estrecho de Ormuz, el verdadero termómetro del mercado

Más allá de los movimientos diarios de los índices, el auténtico termómetro del riesgo está hoy en el estrecho de Ormuz. Por este corredor marítimo, de apenas unos 21 millas náuticas en su punto más estrecho, transitaron en 2025 unos 20 millones de barriles diarios de crudo y productos petrolíferos, alrededor del 25% del comercio mundial de petróleo por vía marítima. A ello se suma cerca de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado (GNL), principalmente desde Qatar.

Los últimos ataques contra instalaciones energéticas en Arabia Saudí, Qatar, Bahréin, Omán y Emiratos, junto a la presencia de buques dañados y tráfico restringido, han provocado caídas de hasta el 90% en el tránsito de petroleros en algunos tramos, según estimaciones de mercado. Lo más grave es que el margen de sustitución es muy limitado: los oleoductos alternativos sólo pueden desviar una fracción del flujo habitual, mientras que los productores intentan reorganizar rutas en un contexto de amenaza permanente.

Este hecho revela por qué cualquier titular sobre Ormuz tiene un impacto inmediato en los parqués asiáticos. Si el bloqueo se prolonga o se endurece, el precio del crudo podría superar con facilidad la barrera psicológica de los 100 dólares por barril, presionando los márgenes empresariales y los bolsillos de los hogares desde Tokio hasta Bombay. Por ahora, los mercados descuentan un escenario de tensión alta pero controlada; sin embargo, la línea que separa ese marco de una crisis energética plena es cada vez más fina.

China, el mayor importador con el suministro en el punto de mira

China sigue siendo el mayor importador de crudo del planeta, con entradas que superaron los 11,6 millones de barriles diarios en 2025, apoyadas en una política explícita de acumulación de reservas estratégicas y comerciales. De ese volumen, en torno a un 35-40% procede de países de Oriente Medio, con Arabia Saudí y Kuwait entre los principales suministradores.

Pekín ha aprovechado los últimos años de precios relativamente contenidos para llenar depósitos y ampliar su capacidad de almacenamiento, lo que le concede un colchón frente a interrupciones de corta duración. Sin embargo, la vulnerabilidad no desaparece: un repunte abrupto de los precios internacionales se trasladaría con rapidez a las refinerías chinas, estrechando márgenes y poniendo a prueba la rentabilidad de un complejo petroquímico que ya opera con sobrecapacidad en algunos segmentos.

Además, la presión diplomática crece. Estados Unidos intenta que China reduzca sus compras de crudo a Rusia e Irán y se incline por suministradores alternativos, incluida la propia producción estadounidense. “Reordenar ese mapa energético no es ni rápido ni neutro en costes”, apuntan analistas del sector. El contraste con la narrativa oficial de autosuficiencia es evidente: China es hoy más dependiente que nunca de las rutas marítimas que atraviesan una de las regiones más volátiles del planeta.

Japón y Corea del Sur, los más expuestos al corte de suministro

Si China es el mayor cliente de petróleo del mundo, Japón y Corea del Sur son, probablemente, los más expuestos a un corte repentino en Ormuz. En el caso coreano, más del 70% del crudo importado tiene origen en Oriente Medio, y la mayor parte llega precisamente a través de este estrecho, según datos de la Agencia Internacional de la Energía. Japón presenta una estructura similar, con una fuerte dependencia de Arabia Saudí, Emiratos y Kuwait para alimentar su parque de refinerías y su sistema eléctrico todavía muy intensivo en combustibles fósiles.

La consecuencia es directa: cualquier interrupción del tráfico o encarecimiento del seguro marítimo golpea de inmediato los costes de producción en sectores clave para ambas economías, desde la automoción hasta la electrónica y los semiconductores. Además, la necesidad de competir con otros compradores asiáticos por cargamentos alternativos —ya sea desde África Occidental o desde Estados Unidos— tiende a elevar las primas asiáticas sobre el Brent.

El diagnóstico es inequívoco: Japón y Corea pagan el precio de haber avanzado poco en la diversificación real de su mix energético. La apuesta por las renovables y el retorno parcial a la energía nuclear han mitigado el problema, pero no lo han resuelto. Una crisis prolongada en Oriente Medio volvería a colocar sobre la mesa debates políticamente incómodos, desde la reapertura de viejos reactores hasta la aceleración de costosos proyectos de GNL en terceros países.

Inflación contenida en Corea, pero con un riesgo al alza

En este contexto, el dato de que la inflación anual de Corea del Sur se mantuviera en el 2% en febrero adquiere un significado especial. Se trata de un nivel prácticamente alineado con el objetivo del Banco de Corea y muy inferior a los picos observados durante el ciclo de subidas de tipos posteriores a la pandemia. A primera vista, podría interpretarse como una señal de normalización y como una ventana de oportunidad para un giro acomodaticio en la política monetaria.

Sin embargo, el contraste con el entorno energético es demoledor. Un repunte sostenido del precio del crudo en el rango de los 10-20 dólares por barril respecto a los niveles actuales bastaría para reavivar las presiones inflacionistas a través de la gasolina, el diésel y los costes logísticos. La economía coreana, muy abierta y dependiente de la exportación, es especialmente sensible a estas dinámicas.

El banco central se enfrenta así a un dilema clásico: relajar la política para apoyar el crecimiento en un entorno de incertidumbre geopolítica, o mantener una postura prudente ante el riesgo de un shock de oferta importado. Por ahora, los mercados descuentan una estrategia de espera vigilante, pero cada nuevo incidente en Ormuz o en las infraestructuras del Golfo reduce el margen de maniobra.

Un dólar fuerte y un yen débil complican el tablero

El nivel del yen en torno a los 158 por dólar se ha convertido en otra pieza clave de este rompecabezas. Un tipo de cambio tan depreciado supone un alivio para las exportadoras japonesas —como refleja la subida del Nikkei—, pero al mismo tiempo encarece aún más las importaciones de energía, amplificando el impacto de cualquier subida del crudo. La amenaza de una nueva ronda de intervenciones en el mercado de divisas por parte de Tokio vuelve a estar sobre la mesa.

Para el resto de Asia, un dólar fuerte implica condiciones financieras más duras: mayor coste de financiación en deuda emitida en la divisa estadounidense y menor margen para recortar tipos sin provocar salidas de capital. En este entorno, los inversores tienden a discriminar con más agresividad entre países con fundamentos sólidos y aquellos más endeudados o con déficits por cuenta corriente elevados.

Este hecho revela una tendencia de fondo: las tensiones en Oriente Medio no sólo se expresan en el precio del barril, sino también en las curvas de tipos y en los cruces de divisas. El shock energético y el financiero caminan de la mano, y Asia, pese a su músculo industrial, no es inmune a ninguno de los dos.

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