La inflación de EEUU se ancla en el 2,4%

El IPC repite en febrero, la subyacente se queda en el 2,5% y los salarios siguen creciendo cerca del 3,8%, dejando a la Reserva Federal en un incómodo punto muerto para decidir cuándo bajar tipos

La inflación en Estados Unidos ha dejado de caer, al menos de momento. El Índice de Precios al Consumo (IPC) se situó en el 2,4% interanual en febrero, exactamente el mismo nivel que en enero y en mínimos de casi un año, según los datos publicados este miércoles por la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS). En términos mensuales, los precios subieron un 0,3%, ligeramente por encima del avance de enero. La inflación subyacente —que excluye energía y alimentos— aumentó un 0,2% mensual y quedó en el 2,5% interanual, un peldaño por encima del objetivo de la Fed.

El dato confirma que la ola desinflacionista iniciada en 2025 ha llegado al entorno del objetivo, pero no lo cruza. Al mismo tiempo, los salarios por hora suben en torno a un 3,8% anual, por encima del IPC, lo que devuelve algo de oxígeno al poder adquisitivo de los hogares. El problema es que este alivio llega justo cuando el mercado laboral envía señales de fatiga y la economía acumula el shock de la guerra en Oriente Medio y las tarifas de Trump. La consecuencia es clara: la Fed ya no tiene una lectura sencilla del termómetro de precios.

Un dato que consolida el giro desinflacionista

El 2,4% de febrero no es una sorpresa aislada. En enero, la inflación ya había bajado del 2,7% al 2,4%, marcando el registro más bajo desde la primavera de 2025 tras un año marcado por vaivenes derivados de la nueva ronda de aranceles de Trump. La repetición del mismo nivel en febrero consolida la idea de que Estados Unidos ha dejado atrás la fase de precios desbocados que llegó a rozar el 9% en 2022, y se mueve ya en una zona que, hace apenas dos años, habría parecido casi idílica.

El diagnóstico, sin embargo, es menos complaciente si se mira la tendencia. El dato de febrero no mejora el de enero: lo congela. El índice general sube 0,3% mensual, frente al 0,2% previo, y buena parte de la caída interanual responde al efecto base de comparar con meses muy inflacionistas en 2025, no a una nueva oleada de rebajas de precios.

En otras palabras, el ciclo de desinflación rápida ya se ha producido; lo que queda ahora es el tramo difícil: rematar el camino del 2,4% al 2% sin provocar una recesión. Y ese último medio punto suele ser el más costoso en términos de empleo, inversión y crédito.

Qué hay detrás del 2,4%: mensual, subyacente y cesta de la compra

La letra pequeña del informe del BLS ayuda a entender el equilibrio inestable. En febrero, el IPC general avanzó 0,3% mensual, impulsado por un cierto repunte de la energía —especialmente gasolina— y por el componente de alquileres y vivienda, que sigue siendo el gran motor de la inflación de servicios.

La inflación subyacente, en cambio, se comportó algo mejor: 0,2% mensual y 2,5% interanual, apenas una décima por encima del titular. Es un matiz relevante: durante buena parte de 2023 y 2024, la subyacente se mantenía obstinadamente por encima del 4%, alimentada por servicios intensivos en mano de obra, mientras el componente energético hacía zigzags. El hecho de que ambas líneas —general y subyacente— se muevan ahora en la banda 2,4%-2,5% apunta a una desaceleración relativamente homogénea.

En la cesta de la compra, se consolidan dos tendencias: alimentos con incrementos mucho más suaves que hace un año y bienes duraderos (coches, muebles, electrónica) prácticamente planos, fruto de la normalización de cadenas de suministro. El foco se desplaza así a los servicios —alquileres, seguros, cuidados, ocio—, donde los avances mensuales son más discretos, pero persistentemente positivos. Es ahí donde la Fed mira con lupa: mientras el ladrillo y la restauración sigan subiendo, el riesgo de “resaca” inflacionista no desaparece.

Salarios al 3,8%: el poder adquisitivo, en terreno positivo

La otra cara de la moneda está en los sueldos. Según los últimos datos de empleo, las ganancias medias por hora en el sector privado aumentan un 3,8% interanual, frente a una inflación general del 2,4%. Por primera vez desde la crisis de precios de 2022-2023, la mayoría de los trabajadores estadounidenses ven cómo, en promedio, su salario crece claramente por encima del coste de la vida.

Es una buena noticia social y política. Tras varios años de “impuesto silencioso” inflacionista, el poder adquisitivo empieza a recuperar terreno. La ganancia real, aunque modesta —en el entorno del 1%-1,2% según distintos cálculos—, se traduce en cierto respiro para el consumo en un momento en que el crédito está mucho más caro que hace tres años.

Pero, de nuevo, el alivio tiene trampa. “Un mercado laboral con salarios creciendo por encima del 3,5% es difícil de conciliar con una inflación estable en el 2% a medio plazo”, repiten desde hace meses varios miembros del Comité Federal de Mercado Abierto. La aritmética es simple: si los salarios suben al 3,8%, la productividad no acelera lo suficiente y los márgenes empresariales no pueden absorber el choque, parte de esa presión se filtrará, tarde o temprano, a los precios. La Fed ve, por tanto, un balance delicado entre proteger el empleo y evitar una segunda vuelta inflacionista.

El difícil encaje con el frenazo del empleo

El informe de inflación llega pocos días después de un dato de empleo que encendió las alarmas: Estados Unidos destruyó 92.000 puestos de trabajo en febrero, la segunda mayor caída mensual desde la pandemia, y la tasa de paro subió al 4,4%, su nivel más alto desde 2023.

La combinación es incómoda: más paro, pero inflación pegada al 2,4%. Una parte relevante del desplome de las nóminas se explica por huelgas en sanidad y recortes en el sector público, efectos que podrían revertirse en meses posteriores. Aun así, el mensaje de fondo es que el mercado laboral ya no actúa como dique para cualquier subida de tipos: el margen de la Fed para seguir apretando sin dañar el empleo es mucho menor que hace un año.

Aquí se revela la tensión central: si la Reserva Federal da demasiado peso al 2,4% y decide posponer las bajadas de tipos, corre el riesgo de profundizar el enfriamiento del mercado laboral. Si, por el contrario, se deja guiar por el bache de las nóminas y se precipita a recortar, podría alimentar un rebote de la demanda en un contexto de salarios todavía tensos. El dato de febrero, al no aportar una caída adicional de la inflación, no despeja ese dilema.

El termómetro que de verdad mira la Fed: el PCE

Aunque los titulares se centran en el IPC, el indicador favorito de la Fed es otro: el índice de precios del gasto en consumo personal (PCE). Al cierre de 2025, el PCE general mostraba una inflación del 2,9%, y el PCE subyacente del 3,0%, ambos claramente por encima del IPC registrado entonces.

La brecha responde a diferencias metodológicas —cesta de bienes, ponderaciones, forma de recoger el gasto sanitario—, pero tiene consecuencias prácticas. Para el banco central, el PCE refleja mejor cómo reaccionan los consumidores a los cambios de precios (por ejemplo, sustituyendo productos caros por otros más baratos). Mientras ese termómetro siga por encima del 2,5%-3%, será difícil justificar una bajada agresiva de tipos aunque el IPC se mueva en el entorno del 2,4%.

El dato de febrero del PCE aún no se conoce, pero la estabilidad del IPC sugiere que, salvo sorpresa, el indicador favorito de la Fed seguirá mostrando una inflación “demasiado alta para relajarse, demasiado baja para seguir apretando sin coste”. Es el peor escenario para quien busca decisiones claras: la zona gris se prolonga.

Mercados, tipos de interés y dólar: qué descuentan ahora

La reacción de los mercados a un dato como el de febrero suele resumirse en una frase: “ni frio ni calor”. La inflación estable en el 2,4% reduce el miedo a un rebrote de precios que obligue a la Fed a subir de nuevo los tipos por encima del 5,5%, pero tampoco da argumentos contundentes para empezar a recortar inmediatamente.

Los futuros sobre fondos federales apuntaban ya antes del dato a una primera bajada hacia el verano, con un total de dos o tres recortes de 25 puntos básicos en el conjunto de 2026, frente a los cinco o seis que se descontaban hace apenas un año. El 2,4% de febrero refuerza ese guion: ni recortes de emergencia, ni un “tipo terminal” mucho más alto. Un aterrizaje suave, pero muy lento.

En el mercado de divisas, un dólar respaldado por tipos reales aún elevados y una inflación controlada mantiene presión sobre las monedas emergentes y sobre el euro, complicando la tarea del BCE. Para la renta variable, el mensaje es mixto: menor riesgo de shock inflacionista, pero también tipos elevados durante más tiempo en un entorno de crecimiento moderado y beneficios empresariales bajo escrutinio.

Repercusiones para Europa y para España

Lo que pase con la inflación en Estados Unidos no se queda en Estados Unidos. Una economía estadounidense que combina IPC en el 2,4%, salarios al 3,8% y paro al 4,4% apunta a un escenario de crecimiento débil, pero no recesivo. Para Europa —y para España— eso significa un cliente importante algo más frágil, pero lejos del colapso, lo que limita el impacto negativo sobre las exportaciones de bienes industriales, servicios empresariales y turismo.

El canal más delicado es el financiero. Si la Fed tarda más en recortar tipos, el BCE tendrá menos margen para bajar los suyos sin arriesgar una depreciación abrupta del euro que reavive la inflación importada. Para un país con una deuda pública por encima del 105% del PIB, como España, cada trimestre adicional con tipos altos se traduce en decenas de miles de millones de euros de coste financiero acumulado en los próximos años.

Además, una inflación estadounidense controlada pero no vencida complica el debate europeo sobre la consolidación fiscal y las nuevas reglas de disciplina presupuestaria. Si Washington logra navegar este entorno con un ajuste limitado, las capitales de la eurozona tendrán menos excusas para retrasar reformas y recortes de déficit. El dato del 2,4% no es solo una cifra americana: es un espejo que Bruselas y Madrid ya están mirando.

Tres caminos posibles para la inflación estadounidense

Con el dato de febrero sobre la mesa, el horizonte se abre en tres direcciones. El primer escenario, el deseado por la Fed, es el del “aterrizaje suave perfecto”: la inflación se desliza desde el 2,4% hasta el entorno del 2% en los próximos trimestres, impulsada por una normalización adicional de vivienda y servicios, mientras el paro sube solo ligeramente y el crecimiento se mantiene en positivo. En ese mundo, el banco central podría recortar tipos de forma gradual sin perder credibilidad.

El segundo escenario es el de la meseta incómoda. La inflación se queda atascada entre el 2,4% y el 2,8%, los salarios no bajan del 3,5%-3,8% y el mercado laboral sigue enfriándose. La Fed se ve obligada a aceptar, de facto, una inflación algo por encima del objetivo durante más tiempo, con tipos reales altos y un riesgo creciente de debilidad en sectores sensibles al crédito: vivienda, automóvil, inversión empresarial.

El tercer escenario, el más inquietante, es el del bumerán inflacionista. Un shock adicional —energético, geopolítico o de política fiscal interna— podría empujar de nuevo la inflación por encima del 3%, justo cuando el empleo muestra grietas. En ese caso, el banco central se enfrentaría a la peor combinación posible: precios al alza y economía en desaceleración, una mezcla que recuerda demasiado a los fantasmas de la estanflación.

Por ahora, el dato de febrero compra tiempo. Pero también envía un mensaje sobrio: la batalla contra la inflación se ha ganado a medias. El 2,4% es un terreno mucho más habitable que el 9%, pero está lo bastante lejos del 2% como para mantener a la Fed en guardia, a los mercados en vilo y al resto del mundo haciendo cálculos.

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