Japón lleva su bono a 10 años al mayor nivel desde 1999

El salto de las rentabilidades refleja que el shock del petróleo y el riesgo en Ormuz ya se están filtrando a la inflación, al yen y a las apuestas sobre una nueva subida del Banco de Japón.

Japón 

Foto de Colton Jones en Unsplash
Japón Foto de Colton Jones en Unsplash

Más del 2,4% en el bono japonés a diez años, cerca del 3,8% en el tramo a 30 años y en torno al 1,4% en el dos años. La fotografía del mercado ya no es la de un país anclado en la deflación, sino la de una economía que vuelve a pagar un precio real por el dinero. Lo más grave es que el movimiento no nace de una mejora estructural del crecimiento, sino del encarecimiento de la energía y de una prima geopolítica que ha devuelto el estrecho de Ormuz al centro del sistema financiero. En paralelo, Donald Trump fijó para el 6 de abril a las 20.00 horas ET —madrugada del 7 de abril en Europa continental— su nuevo ultimátum a Irán para reabrir la ruta marítima.  

Un salto que cambia el precio del dinero

El movimiento de la curva japonesa no es un matiz técnico. Es una señal de régimen. El 10 años cotizaba en el 2,41% en la mañana del 6 de abril, mientras el 2 años rondaba el 1,40% y el 30 años se movía en el 3,68% tras haber marcado un máximo histórico de 3,89% en enero. El contraste con la era de tipos ultrabajos resulta demoledor: el mercado ya exige una compensación mucho más alta por mantener deuda soberana japonesa, tanto a corto como a muy largo plazo. Este hecho revela dos miedos simultáneos. Primero, que el Banco de Japón no haya terminado de endurecer su política. Segundo, que la inflación importada tarde más en disiparse de lo previsto. Cuando el tramo largo sube más deprisa que el corto, el mensaje suele ser claro: no solo sube el precio del dinero; también sube la incertidumbre sobre cuánto durará.

El petróleo vuelve a mandar

La causa inmediata está lejos de Tokio. La Agencia Internacional de la Energía describió en marzo una perturbación extraordinaria: los flujos de crudo y productos a través de Ormuz pasaron de unos 20 millones de barriles diarios antes de la guerra a un simple goteo, mientras el Brent llegó a situarse en torno a 92 dólares por barril, unos 20 dólares más que un mes antes. Ese encarecimiento altera el cálculo de inflación global, pero en Japón el golpe es más violento porque la energía sigue siendo una fuente central de inflación importada. La consecuencia es clara: el mercado no espera una recesión desinflacionista inmediata, sino un episodio de precios altos con mayor presión sobre los bancos centrales. En ese marco, cada nuevo titular sobre Irán, Ormuz o los plazos fijados por Washington se traduce en más volatilidad en renta fija. La deuda japonesa, por su sensibilidad a la energía y por el cambio de ciclo del BOJ, ha sido la primera en reaccionar.

Japón sigue atado a Oriente Medio

El problema japonés no es solo monetario. Es físico. Japón importa casi todos sus combustibles fósiles y mantiene una dependencia de Oriente Medio de aproximadamente el 90% en crudo, según documentos del propio Ministerio de Economía. El dato impresiona aún más cuando se descompone: en el ejercicio fiscal 2023, Arabia Saudí aportó el 40,8%, Emiratos Árabes Unidos el 39,6%, Kuwait el 9% y Qatar el 4,7% del crudo que entró en el país, con un volumen total de 2,54 millones de barriles diarios. El diagnóstico es inequívoco: Japón no necesita un corte total del suministro para sufrir; le basta con una subida sostenida de precios y con una percepción de riesgo sobre la ruta marítima. Ahí reside la gravedad del episodio actual. El encarecimiento del crudo no es una molestia coyuntural, sino una amenaza directa sobre costes industriales, factura energética, balanza comercial y expectativas de inflación.

El Banco de Japón pierde margen

Hasta hace apenas unos trimestres, el Banco de Japón podía defender que el país seguía lejos de una inflación verdaderamente consolidada. Ahora el argumento se estrecha. La institución mantiene el tipo oficial en torno al 0,75% desde diciembre y tiene su próxima reunión los días 27 y 28 de abril. Pero lo relevante no es solo el calendario, sino el lenguaje. En el resumen de opiniones de marzo, el propio banco central admitió que “debe prestarse atención al impacto del alza del crudo sobre la inflación subyacente”. En enero, además, seguía sosteniendo que el IPC podía moderarse temporalmente por debajo del 2% en la primera mitad del año, aunque la inflación subyacente seguiría aumentando de forma moderada. Esa combinación ya no tranquiliza al mercado. A finales de marzo, las permutas overnight llegaban a descontar una probabilidad del 64% de una subida en abril y del 89% para junio. El mensaje es simple: la energía está empujando al BOJ hacia una decisión más incómoda y más rápida.

Del yen al crédito: el contagio interno

La subida de las rentabilidades no se queda en la mesa de negociación. El bono a diez años japonés importa porque funciona como referencia para el coste del crédito doméstico, desde la financiación empresarial hasta parte del mercado hipotecario. Y el problema se multiplica cuando coincide con un yen débil, porque una divisa depreciada abarata exportaciones, sí, pero encarece todavía más la energía importada. Ese círculo vicioso —petróleo más caro, yen frágil, inflación importada y deuda al alza— complica la vida a un país que llevaba décadas acostumbrado a financiarse barato. Lo más inquietante es el cambio psicológico: Japón ha dejado de ser únicamente el laboratorio del dinero gratis para convertirse en un mercado donde el precio del riesgo vuelve a importar. El contraste con otras fases de tensión es evidente. Antes, un shock externo solía reforzar el sesgo acomodaticio del BOJ; hoy puede precipitar justo lo contrario.

Una advertencia para el resto del mundo

El movimiento japonés tampoco es un asunto local. Japón sigue siendo una pieza central del ahorro global y cualquier repunte sostenido de sus rendimientos cambia el mapa de flujos internacionales. Wall Street Journal ya advertía a finales de 2025 de que las subidas del BOJ podían encarecer incluso la financiación en Estados Unidos, y Bloomberg había subrayado que el sell-off japonés se estaba derramando sobre otros mercados soberanos. La lógica es conocida: cuanto más atractiva sea la deuda doméstica japonesa, menos incentivo habrá para que parte de ese capital siga fuera comprando Treasuries, deuda europea o activos de mayor riesgo. Este hecho revela una amenaza adicional para los inversores occidentales. Si Japón deja de exportar ahorro barato al ritmo habitual, el mundo tendrá que acostumbrarse a un coste del capital estructuralmente más alto. La deuda nipona ya no actúa como excepción; empieza a comportarse como termómetro adelantado del nuevo ciclo.

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