El Dow Jones aguanta el pulso mientras el oro marca nuevos máximos
Los mercados digieren con una calma inusual el terremoto político en Venezuela mientras los activos refugio vuelven a encender las alarmas
¿Quién hubiera dicho que, tras la captura de Nicolás Maduro y el despliegue militar de Estados Unidos en Venezuela, los mercados responderían con semejante serenidad? El arranque de la semana llega con un Dow Jones prácticamente plano, sin rastro de pánico vendedor, mientras Asia firma un balance en verde y los inversores parecen optar por el cálculo frío antes que por el sobresalto. El equilibrio, ese bien escaso en tiempos convulsos, se ha impuesto de momento en los índices, aunque el mercado de materias primas lanza un mensaje distinto: el oro sube en torno a un 2,5% y se aproxima a nuevos máximos históricos, seguido de cerca por una plata que avanza más de un 3%. El petróleo, en cambio, apenas cede unas décimas. Bajo esta aparente calma, las curvas de tipos y el dólar empiezan a dibujar el verdadero mapa de poder: la presión de la Casa Blanca sobre la Reserva Federal crece, y la figura de Donald Trump se convierte, otra vez, en el eje que conecta política y mercados.
Un arranque de semana desconcertantemente tranquilo
La jornada se abre con una fotografía que desafía la intuición: Dow Jones, S&P 500 y Nasdaq se mueven en rangos estrechos, con variaciones inferiores al 0,5%, como si el mercado hubiera decidido conceder el beneficio de la duda a Washington tras el movimiento más agresivo en América Latina en décadas. No hay ventas masivas, ni huida desordenada hacia la liquidez, ni ampliaciones abruptas en los spreads de crédito.
Este hecho revela que los inversores descuentan, de momento, un escenario de control: operación contundente, pero acotada; cambio político en Caracas, pero sin contagio inmediato al resto de la región; hegemonía estadounidense intacta, sin respuesta equivalente de China o Rusia. “No es calma, es gestión del riesgo: el mercado asume que Estados Unidos sabe hasta dónde quiere llegar”, resume un gestor de renta variable.
Sin embargo, bajo la superficie, empiezan a apreciarse grietas: los flujos se inclinan hacia sectores defensivos, los seguros de crédito repuntan suavemente y los activos refugio retoman protagonismo. La paradoja es clara: la pantalla de índices transmite tranquilidad, pero el capital más sofisticado ya se está moviendo.
Asia mira a Washington y apuesta por la estabilidad
En el frente asiático, el mensaje ha sido nítido: más confianza que miedo. La bolsa de Japón se ha erguido con fuerza, con un Nikkei 225 sumando en torno a un 2%-3% y consolidando su racha como uno de los grandes ganadores del ciclo de reapertura y de la ola de inversión en tecnología. La lectura es doble: por un lado, el país se percibe como refugio institucional en una región inestable; por otro, sus grandes conglomerados industriales y tecnológicos se benefician del reposicionamiento global de cadenas de suministro.
En contraste, Hong Kong cotiza con ligeros descensos, atrapado entre la debilidad estructural de su sector inmobiliario y la incertidumbre regulatoria sobre algunas grandes tecnológicas chinas. La China continental, sin embargo, logra cerrar en positivo, con avances moderados que reflejan más un rebote táctico que un cambio de tendencia, pero que envían un mensaje relevante: Pekín no parece dispuesto, al menos por ahora, a convertir el episodio venezolano en un pulso abierto con Washington.
Lo más significativo es que, pese al ruido político, no se aprecia un patrón de ventas indiscriminadas en Asia. Los inversores actúan como si el terremoto en Caracas fuera un capítulo más de un mundo acostumbrado a la fricción permanente, no el inicio de una nueva crisis sistémica.
Oro y plata en modo alarma, petróleo sorprendentemente dócil
Donde sí ha habido una reacción clásica es en los metales preciosos. El oro escala alrededor de un 2,5%, acercándose de nuevo a su techo histórico, y la plata avanza más de un 3% en pocas horas. No se trata solo de cobertura táctica: la velocidad del movimiento apunta a que muchos inversores tenían la mano en el gatillo a la espera de un detonante geopolítico para aumentar posiciones en refugio.
La lectura es clara: en un contexto de tipos de interés que podrían empezar a bajar en los próximos trimestres y de tensiones cruzadas en varios frentes —Ucrania, Oriente Medio, ahora Venezuela—, el coste de oportunidad de mantener oro en cartera se percibe como asumible. La plata, más volátil y ligada también al ciclo industrial, se beneficia por partida doble: refugio y apuesta por la continuidad de la demanda tecnológica.
El petróleo, en cambio, cede menos de un 1%, en una muestra de aparente indiferencia. El mercado parece confiar en la capacidad de Estados Unidos para garantizar el suministro y compensar posibles interrupciones desde Venezuela. Es, en esencia, un voto de confianza en el paraguas energético norteamericano. Pero también encierra un riesgo: si la crisis se alarga o se extiende a otros productores, esa complacencia puede volverse contra quienes hoy dan por descontado que el crudo seguirá bajo control.
Bonos en Estados Unidos y Japón: el nuevo tablero de tipos
Si la renta variable transmite calma, el mercado de deuda cuenta otra historia. En Estados Unidos, las rentabilidades caen en todos los tramos: el bono a 2 años retrocede varios puntos básicos, el 10 años se aleja de recientes máximos y el 30 años acompaña el movimiento. Los inversores anticipan un recorte agresivo de tipos de interés por parte de la Reserva Federal, ya sea para apuntalar el ciclo o para absorber mejor futuras sacudidas geopolíticas.
En el extremo opuesto, la deuda japonesa vive una sesión de signo contrario: las rentabilidades repuntan hasta niveles no vistos en años, elevando el riesgo de un ajuste brusco en las estrategias de carry trade. Durante la última década, muchos fondos se han financiado barato en yenes para invertir en activos de mayor rentabilidad. Si el coste de ese dinero sube, las posiciones apalancadas pueden verse obligadas a deshacerse a toda prisa.
Lo más grave, señalan varios analistas, es que este doble movimiento dibuja un mundo a dos velocidades: Estados Unidos avanzando hacia tipos más bajos y Japón tanteando una normalización. El resultado es un entorno más complejo para la asignación global de activos, en el que la política monetaria vuelve a cruzarse con la geopolítica.
El dólar se fortalece y Europa queda descolocada
El dólar refuerza su papel de moneda hegemónica. Gana terreno frente al euro, que vuelve a coquetear con niveles por debajo de 1,08 dólares, y también frente a varias divisas emergentes expuestas a materias primas. El mensaje es inequívoco: en momentos de incertidumbre, el mercado sigue viendo en Estados Unidos el centro de gravedad financiero y político.
Esta fortaleza del billete verde no es solo un fenómeno técnico ligado a tipos; está íntimamente relacionada con la percepción —poco discutida— de que Washington marca la agenda global sin oposición real. Europa, mientras tanto, observa desde la barrera, atrapada entre una economía débil, una inflación que todavía no ha terminado de ceder y una política exterior que depende en exceso del paraguas estadounidense.
Para las empresas europeas, el movimiento tiene consecuencias tangibles: mayor factura energética en dólares, presión sobre márgenes exportadores y encarecimiento de la financiación en mercados internacionales. La divergencia entre un dólar fuerte, un euro titubeante y un Dow Jones estable subraya la asimetría: la crisis se origina en el patio trasero de Estados Unidos, pero el coste puede acabar repartiéndose de forma muy desigual.
Trump, hegemonía sin contrapesos y el silencio de China y Rusia
En el centro del tablero aparece, de nuevo, Donald Trump. La operación en Venezuela y la captura de Maduro evidencian hasta qué punto la Casa Blanca se siente con margen para actuar sin una respuesta contundente de otras potencias. La ausencia de una reacción fuerte de China o Rusia no hace sino reforzar la sensación de hegemonía incontestada.
Para los mercados, esta realidad tiene un doble filo. Por un lado, la percepción de que Estados Unidos “manda” reduce el miedo a conflictos descontrolados: si solo hay un jugador con capacidad de imponer reglas, el riesgo de sorpresas imprevisibles parece menor. Por otro, cuanto más amplia es la barra libre de poder, mayor es la tentación de usarla. Y cada nueva operación militar, sanción o cambio de régimen potencial añade capas de incertidumbre a medio plazo.
“Trump se ha convertido en un factor de mercado en sí mismo, una variable que hay que modelizar en cualquier escenario de inversión”, apuntan desde una firma de análisis. Que el Dow Jones aguante el tipo mientras se redefine el mapa político de América Latina dice menos de la calma del mercado que de la confianza en que la maquinaria estadounidense saldrá indemne de otra vuelta de tuerca geopolítica.
Powell entre la Casa Blanca y los mercados
En este contexto aparece la figura de Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal. La presión desde la Casa Blanca para abaratar el precio del dinero crece a medida que se acumulan los frentes abiertos: enfriamiento industrial, tensiones exteriores y un ciclo electoral siempre a la vuelta de la esquina. Powell se mueve en un terreno minado: si recorta tipos demasiado rápido, alimentará la percepción de sumisión política; si se resiste, corre el riesgo de ser acusado de lastrar el crecimiento y los mercados.
Los movimientos recientes en los bonos estadounidenses —con descensos simultáneos en la parte corta, media y larga de la curva— indican que el mercado ya descuenta un giro más agresivo de la Fed en los próximos trimestres. La clave será comprobar si ese cambio responde a datos económicos —inflación controlada, actividad moderándose— o a presiones explícitas desde la Casa Blanca.
La independencia formal de la Reserva Federal sigue intacta, pero la independencia percibida es la que pesa en las decisiones de inversión. Si los agentes empiezan a creer que el banco central se ha convertido en un brazo más de la estrategia política, la confianza en el dólar, en la deuda estadounidense y en el propio Dow Jones puede verse erosionada en el medio plazo.

