Thrive compra OpenAI con un 65% de descuento
La firma de Joshua Kushner invierte más de 1.000 millones a una valoración de 285.000 millones, muy por debajo de los 830.000 millones que la compañía persigue en su nueva megarronda
La máquina de la inteligencia artificial más valiosa del planeta se ha vendido, en parte, a precio de saldo. Según adelantó el Wall Street Journal, Thrive Capital, el fondo del inversor estadounidense Joshua Kushner, ha inyectado al menos 1.000 millones de dólares en OpenAI a una valoración de 285.000 millones, aproximadamente un tercio de los 830.000 millones que la compañía estaría buscando en su nueva ronda de hasta 100.000 millones.
El acuerdo se cerró en diciembre, pero se apoyaba en un pacto negociado a comienzos de 2025 —y originado en 2023— que daba a Thrive el derecho exclusivo a comprar más acciones a precio preferente durante un tiempo.
Varios de los implicados describen ese mecanismo como una opción de compra que el fondo ha decidido ejercer ahora, cuando el apetito por la IA es máximo.
El resultado es una plusvalía latente casi instantánea y una pregunta incómoda para el resto de inversores: ¿quién está realmente capturando el valor explosivo de OpenAI y en qué condiciones?
Un precio de derribo en plena fiebre de la IA
El dato clave es el diferencial de valoración. Mientras OpenAI sondea el mercado para captar alrededor de 100.000 millones de dólares a una valoración teórica de hasta 830.000 millones, Thrive ha entrado —o más bien ha aumentado con fuerza su posición— a 285.000 millones.
La aritmética es demoledora: el fondo de Kushner compra con un descuento cercano al 66% sobre el precio que se está planteando al resto de candidatos a la megarronda.
Si la operación de 830.000 millones se concreta, los más de 1.000 millones invertidos por Thrive se revalorizarían en cuestión de meses casi por tres, con una plusvalía potencial superior a 1.800 millones de dólares sobre el papel. Y eso sin contar la posición que ya acumulaba el fondo en rondas anteriores. Para una firma que gestiona del orden de decenas de miles de millones en activos y opera con vehículos de crecimiento de unos 6.000 millones, el movimiento supone un golpe de efecto: una sola apuesta concentrada capaz de explicar buena parte de la rentabilidad del fondo.
En un mercado donde muchos compradores aceptan valoraciones históricas por miedo a quedarse fuera, el acceso de Thrive a un precio tan rebajado subraya hasta qué punto no todos juegan con las mismas cartas.
La opción que Thrive se reservó en 2023
El trato preferente no surge de la nada. Según las filtraciones, el descuento del 65% frente a la nueva valoración objetivo está ligado a una estructura negociada en 2023, cuando OpenAI todavía se movía en niveles muy inferiores —en torno a 29.000 millones de dólares, según distintas informaciones— y el boom de ChatGPT apenas comenzaba.
Aquel acuerdo habría otorgado a Thrive una especie de call option: el derecho, pero no la obligación, de inyectar más capital en la compañía a un precio predeterminado durante un periodo acotado. Es una herramienta habitual en el capital riesgo avanzado, pero rara vez con tanta visibilidad pública y en un activo tan sensible. El fondo habría ido desplegando capital en varias fases, culminando en la inversión de al menos 1.000 millones cerrada en diciembre.
Este diseño tiene una consecuencia clara: mientras otros inversores negocian ahora a contrarreloj condiciones y valoración en un entorno hipercompetitivo, Thrive simplemente ha ejecutado un derecho ya firmado, blindado antes de que la burbuja de la IA alcanzase su punto álgido.
En la práctica, Kushner aseguró hace años un billete barato para el tren de OpenAI y ahora lo está utilizando cuando el resto de pasajeros paga tarifa de última hora.
De 29.000 a 500.000 millones: la escalada de OpenAI
El contexto ayuda a entender la magnitud del movimiento. En apenas tres años, OpenAI habría pasado de rondas a 29.000 millones de dólares a fijar una valoración de 157.000 millones en 2024, en la que el propio Thrive lideró un levantamiento de 6.600 millones.
Un año después, una venta de acciones de empleados y antiguos directivos habría impulsado la valoración hasta los 500.000 millones, convirtiendo a la compañía en la empresa privada más valiosa del mundo, por encima de SpaceX.
La curva es casi vertical: OpenAI habría multiplicado por más de 17 veces su valoración en menos de un trienio, al calor de la adopción masiva de ChatGPT y de los acuerdos con gigantes como Microsoft. En paralelo, su negocio habría alcanzado una facturación anualizada superior a 20.000 millones de dólares en 2025, según reconoció su propia dirección financiera.
Este crecimiento real convive con un fenómeno especulativo evidente. Cuando una compañía multiplica su valor a un ritmo que ni siquiera sus ingresos son capaces de seguir, la frontera entre la expectativa racional y la exuberancia se vuelve difusa. En ese contexto, asegurar derechos de compra a precios previos al gran salto es casi una anomalía.
Un trato asimétrico para el resto de inversores
El contraste entre el trato a Thrive y las condiciones de la nueva ronda es lo que ha encendido las alarmas en el ecosistema. Grandes grupos como SoftBank, Amazon, Microsoft o fondos soberanos estudiarían entrar o ampliar posiciones a valoraciones muy superiores, sin acceso a la misma ventana de descuento.
Para los empleados y antiguos trabajadores que vendieron títulos en operaciones secundarias previas, el panorama es aún más incómodo: muchos se habrían desprendido de acciones a valoraciones inferiores a los actuales 285.000 millones del acuerdo con Thrive, mientras la dirección tejía estructuras que permitían a determinados inversores privilegiados capturar la mayor parte de la revalorización futura.
La consecuencia es clara: la distribución de las ganancias de la revolución de la IA es profundamente desigual incluso dentro de la propia OpenAI. Los que negociaron temprano, con acceso directo a la cúpula y capacidad de firmar cláusulas complejas, han asegurado retornos extraordinarios. El resto —incluidos actores institucionales que ahora pujan en la megarronda— se ven abocados a pagar precios casi tres veces más altos por el mismo activo.
La operación revela hasta qué punto el relato de “IA para beneficio de la humanidad” convive con una sofisticada ingeniería financiera para concentrar el beneficio económico en muy pocas manos.
El riesgo de una burbuja en la inteligencia artificial
La valoración que se explora ahora —hasta 830.000 millones— sitúa a OpenAI en un terreno casi sin precedentes para una compañía no cotizada. Para hacerse una idea, implicaría múltiplos de más de 40 veces ingresos estimados para 2025, muy por encima de lo habitual incluso en grandes tecnológicas consolidadas.
La comparación con la burbuja puntocom es inevitable. Entonces, muchas empresas salieron a bolsa sin apenas ingresos; hoy, al menos, OpenAI cuenta con un negocio real y creciente, pero la velocidad a la que se descuenta valor futuro recuerda peligrosamente a aquella época. Lo más grave es que el entusiasmo no se limita a inversores especializados: grupos industriales y conglomerados asiáticos han comprometido decenas de miles de millones de dólares en el sector, reorientando capital desde otras áreas estratégicas.
Si los modelos de IA generativa no cumplen las expectativas de monetización o aparecen restricciones regulatorias más duras, la corrección podría ser tan rápida como la escalada. En ese escenario, el trato de Thrive no solo sería una ganga, sino también un seguro frente a una eventual normalización de precios.
La apuesta de Kushner: menos compañías, cheques gigantes
La jugada encaja con el ADN de Thrive. El fondo de Joshua Kushner se ha especializado en una estrategia muy concreta: pocas participadas, tickets enormes y presencia prolongada en el capital, desde etapas tempranas hasta rondas de hipercrecimiento. Ya lo hizo con Stripe —donde llegó a invertir cerca de 1.800 millones— y lo está repitiendo ahora con OpenAI.
En los últimos años, la firma ha levantado vehículos de hasta 5.000 y 10.000 millones de dólares, configurando una plataforma con alrededor de 50.000 millones bajo gestión, según distintas fuentes.
La lógica es simple: si se identifica un puñado de ganadores estructurales —IA, infraestructuras digitales, ‘fintech’—, tiene más sentido concentrar recursos y negociar posiciones de influencia que dispersar capital en decenas de apuestas menores.
El acuerdo con OpenAI no solo refuerza el perfil de Kushner como uno de los grandes arquitectos de la nueva élite tecnológica; también muestra cómo el capital riesgo ha evolucionado hacia un modelo cuasi-industrial, donde los fondos operan como conglomerados que compran bloques significativos de poder en unas pocas plataformas globales.
Un nuevo equilibrio de poder en OpenAI
Cada nuevo inversor de gran tamaño altera el tablero interno de OpenAI. Hasta ahora, Microsoft había sido el socio dominante, con un compromiso financiero y en especie (infraestructura en la nube) valorado en decenas de miles de millones. A su alrededor se han ido sumando otros gigantes tecnológicos y financieros, así como fondos especializados.
La irrupción de Thrive con más de 1.000 millones adicionales a precio de descuento y una historia de inversión continuada le otorga una voz difícil de ignorar en las conversaciones estratégicas: desde la estructura de gobierno hasta las futuras salidas a bolsa o nuevas rondas. Además, la reciente entrada de OpenAI en Thrive Holdings, una plataforma impulsada por el propio fondo para desplegar IA en servicios corporativos, refuerza la interdependencia entre ambos grupos.
El diagnóstico es inequívoco: OpenAI ya no es solo una empresa de IA, sino un nodo central de un ecosistema financiero y corporativo cada vez más denso, donde las decisiones tecnológicas están íntimamente ligadas a complejas arquitecturas accionariales.
