Wall Street arranca una rebaja del 4,8% en capital

Los supervisores de Estados Unidos han abierto un giro regulatorio de gran calado: la gran banca podría operar con menos capital exigido justo cuando el debate sobre la estabilidad financiera volvía a endurecerse.

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Foto de David Vives en Unsplash
Wall Street Foto de David Vives en Unsplash

El paquete presentado por la Reserva Federal, la FDIC y la OCC no solo corrige el endurecimiento impulsado tras las turbulencias bancarias de 2023, sino que cambia el tono de fondo: de reforzar colchones a aliviar cargas para reactivar crédito, hipotecas y actividad de mercado. La batalla, sin embargo, no está cerrada. Porque detrás del titular favorable a Wall Street late una pregunta incómoda: cuánto riesgo adicional está dispuesto a asumir Washington para ganar competitividad.

El giro de Washington

El movimiento se produjo este 19 de marzo de 2026, cuando la Reserva Federal llevó a su consejo abierto un paquete de propuestas para revisar los requisitos de capital de los bancos más grandes, ajustar el recargo a las entidades sistémicas globales y rediseñar las reglas aplicables al resto del sistema. No es un detalle técnico menor. Es, en la práctica, el reconocimiento de que la ofensiva regulatoria lanzada tras la crisis bancaria regional de marzo de 2023 ha perdido fuerza política y ha sido sustituida por otra prioridad: evitar que la banca regulada ceda aún más terreno a fondos privados, crédito no bancario y operadores menos vigilados. La nueva vicepresidenta de supervisión, Michelle Bowman, ya había anticipado hace una semana que el objetivo era “modernizar” el marco y corregir efectos no deseados sobre la economía real.

La letra pequeña del 4,8%

El dato que ha monopolizado los titulares es contundente: el impacto acumulado de todas las reformas propuestas rebajaría en un 4,8% los requerimientos agregados de capital CET1 de los bancos de categoría I y II, es decir, las entidades más grandes y con mayor actividad internacional. Pero la letra pequeña importa. La rebaja derivada del paquete regulatorio puro —Basel III revisado más ajuste del recargo GSIB— sería en realidad del 2,4%: un +1,4% por la nueva propuesta de Basel III y un -3,8% por el rediseño del recargo sistémico. El resto del alivio sale del rediseño previo de los test de estrés. Para bancos de categoría III y IV, la propuesta estándar reduciría el CET1 en un 3%, y para entidades más pequeñas el ajuste llegaría al 7,8%. Lo más grave para los defensores de un marco duro es que el recorte ya no afecta solo a Wall Street, sino a buena parte del sistema.

Del endurecimiento al volantazo

El contraste con los últimos tres años resulta demoledor. En julio de 2023, los reguladores presentaron una propuesta que buscaba reforzar la resiliencia del sistema tras el estrés bancario de ese mismo año. Aquella iniciativa, ligada al llamado Basel III endgame, estimaba un aumento agregado del 16% en los requerimientos de capital CET1 para los bancos afectados. Un año después, el entonces vicepresidente de supervisión Michael Barr ya había suavizado parte del diseño, pero aun así defendía un incremento del 9% para los G-SIB. Hoy el péndulo se ha ido al extremo contrario: de discutir cuánto más capital debía inmovilizar la gran banca a debatir cuánto puede liberarse sin comprometer la estabilidad. El diagnóstico es inequívoco: la resistencia del lobby financiero, el cambio político en Washington y la obsesión por la competitividad han acabado imponiendo una relectura completa del marco postcrisis.

Más margen para hipotecas y mercados

Los supervisores no presentan la reforma como una concesión a Wall Street, sino como una corrección de distorsiones. El memorando de la Fed sostiene que algunas exigencias actuales penalizan actividades tradicionales de bajo riesgo, como la originación y gestión de hipotecas, y pueden haber acelerado el trasvase de negocio hacia el sector no bancario. La propuesta también busca alinear mejor el capital con el riesgo real: elimina duplicidades en los grandes bancos, introduce métricas más sensibles para crédito y mercado y retira la deducción de ciertos activos vinculados al servicing hipotecario. En paralelo, la reforma del apalancamiento aprobada en 2025 ya perseguía otro objetivo complementario: que la banca no reduzca su papel en la intermediación del mercado de Treasuries por exigencias mal calibradas. La consecuencia es clara: Washington quiere bancos con más margen para prestar y hacer mercado, aunque ello implique aflojar algunas de las barreras levantadas después de 2008.

El debate que vuelve desde 2008

El problema es que cada punto decimal de capital que se rebaja reabre una discusión que parecía cerrada desde la gran crisis financiera. La propia Fed recuerda en su documentación que, desde 2007-2009, los grandes bancos estadounidenses han más que duplicado sus niveles de capital, con un aumento superior a 1 billón de dólares. Ese refuerzo es, precisamente, el que permitió vender durante años la idea de un sistema mucho más robusto. Por eso la oposición interna ha sido inmediata. Barr calificó los recortes de “innecesarios e imprudentes” y advirtió de que, si se aprueban, erosionarán la capacidad de resistencia del sistema. En la otra orilla, Bowman insiste en que unas exigencias excesivas “can harm bank competitiveness and the ability to serve customers”. El choque revela algo más profundo: la regulación bancaria estadounidense ya no está discutiendo solo solvencia, sino modelo económico. Más colchón implica menos rentabilidad; menos colchón, más negocio hoy pero también más vulnerabilidad mañana.

Europa mira de reojo

Estados Unidos no se mueve en el vacío. La relajación regulatoria en Washington está actuando como referencia para otras jurisdicciones que temen dejar a sus bancos en desventaja. Reuters ya advertía a comienzos de año de una desaceleración global en la aplicación de los estándares de capital, con Estados Unidos liderando la flexibilización y Europa y Reino Unido moviéndose con más cautela para evitar una carrera abierta hacia abajo. De hecho, la Comisión Europea se disponía esta misma semana a retrasar el impacto de nuevas exigencias de mercado del marco Basel III para no penalizar a sus entidades frente a sus competidores estadounidenses. Este hecho revela una paradoja incómoda: las reglas diseñadas tras 2008 para homogeneizar la seguridad financiera internacional vuelven a fragmentarse por presión competitiva. El riesgo no es solo regulatorio. También es estratégico. Si cada bloque empieza a calibrar el capital en función de la presión de su industria, la arquitectura global pierde coherencia y la disciplina se convierte en negociación permanente.

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