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Un sistema en jaque: aseguradoras, talleres y el futuro de la seguridad vial en España

Talleres contra aseguradoras: rentabilidades al límite, presión de costes y un modelo que amenaza la calidad de las reparaciones en España

urante años, el conflicto entre talleres de carrocería y aseguradoras ha sido un asunto casi invisible para el gran público. Hoy, sin embargo, empieza a emerger como lo que realmente es: un problema de seguridad vial, no solo de márgenes empresariales. Mientras el coste de los recambios y materiales se dispara, los baremos que pagan las compañías siguen casi congelados, empujando a los talleres a trabajar por debajo de su coste real.

En este contexto, voces como la de Juan Antonio Ausín, director general de Aprotalleres, alertan de un sistema “maduro y obsoleto” que ahoga la rentabilidad y erosiona la calidad. España registra en torno a 3,5 millones de siniestros de autos al año, y una parte creciente de esas reparaciones se hace bajo una presión económica difícilmente compatible con la excelencia técnica. El riesgo no es teórico: reparaciones más baratas pueden acabar siendo reparaciones menos seguras. La pregunta ya no es si el modelo es rentable, sino si es sostenible sin poner en juego la integridad de los vehículos y de quienes los conducen.

Un modelo obsoleto que salta por los aires

El diagnóstico que se repite en el sector es demoledor: llevamos cuatro décadas trabajando igual en un negocio que ya no se parece en nada al de los años 80. Vehículos más complejos, más electrónica, más sensores, más materiales compuestos… y, sin embargo, un esquema de relación talleres–aseguradoras que apenas ha cambiado. Aprotalleres, que agrupa a decenas de empresas y entre 300.000 y 400.000 reparaciones anuales, habla abiertamente de un modelo agotado.

La ecuación es sencilla y, a la vez, letal: los tres grandes ejes de ingresos del taller —mano de obra, margen de recambio y margen de pintura— se estrechan, mientras los costes fijos, energéticos y laborales escalan año tras año. El resultado es un negocio que, en muchas ocasiones, roza la rentabilidad cero cuando trabaja para determinadas pólizas.

En paralelo, las aseguradoras se escudan en un ratio combinado cercano al 96,5% y resultados técnicos en torno al 6% para demostrar que el ramo de autos está “ajustado”. La consecuencia es clara: si la cadena no da más de sí, la presión baja al último eslabón, el taller, que es quien finalmente asume el riesgo de que un trabajo mal pagado acabe siendo también un trabajo peor hecho.

Baremos congelados frente a costes disparados

El corazón del conflicto está en los baremos y tarifas. Según las patronales, los precios de mano de obra abonados por muchas compañías llevan una década prácticamente congelados, con diferencias medias de 4 euros por hora respecto al coste real de producción. Aprotalleres ha llegado a cifrar en 500 millones de euros anuales el agujero agregado que esta desactualización genera en el conjunto de los negocios de carrocería, poniendo en peligro hasta 3.000 empleos.

Mientras tanto, la inflación de los últimos años, el encarecimiento de la energía y el salto tecnológico en los vehículos han inflado la factura del taller. Pinturas de alta gama, procesos de calibración, bancos de enderezado avanzados, formación específica en carrocerías de aluminio o fibra… todo suma. Pero esa factura no siempre se reconoce en las peritaciones.

El resultado es un desfase estructural: se exige al taller que trabaje con estándares de fabricante, pero se le remunera con esquemas de hace quince años. “El taller no puede seguir asumiendo cargas económicas que no le corresponden”, repite Ausín. La frase resume una realidad incómoda: alguien está financiando la foto final de rentabilidad del seguro de autos, y no suele ser el accionista.

Seguridad en juego: cuando el ahorro compromete los frenos y el chasis

El aspecto más inquietante del conflicto no está en el Excel, sino en la carretera. Los talleres de carrocería no son una pieza decorativa del ecosistema del seguro: son la última barrera para garantizar que un coche siniestrado vuelve a circular en condiciones de seguridad óptimas. Cada reparación mal medida, cada pieza de calidad inferior, cada hora de trabajo recortada puede acabar trasladándose al comportamiento del vehículo en un choque posterior.

Cuando el mensaje implícito es “hay que hacerlo más barato”, el riesgo evidente es que se acabe haciendo más rápido, con menos medios o con peores materiales. El conductor, que confía en que su aseguradora le devuelva un coche “como nuevo”, raramente tiene visibilidad sobre el tipo de piezas montadas, los tiempos reales dedicados o la formación del técnico que ha intervenido sobre elementos clave de la estructura.

El conflicto talleres–aseguradoras, leído desde esta óptica, deja de ser una pugna corporativa para convertirse en una cuestión de seguridad activa y pasiva. Un chasis mal reparado, un sistema ADAS mal calibrado o un airbag sustituido sin seguir las especificaciones del fabricante no son detalles menores: son factores que pueden marcar la diferencia entre un susto y una tragedia.

Opacidad, piezas y el poder de las aseguradoras

Otra de las grandes quejas del sector es la falta de transparencia. La elección de piezas —originales, equivalentes, reconstruidas— suele venir condicionada por la aseguradora, no por el criterio técnico del taller. En muchas reparaciones, la presión para montar recambios más baratos o aplicar descuentos agresivos sobre el material de pintura se ha convertido en la norma, no en la excepción.

Los baremos de materiales y tiempos, además, se consideran poco trazables. Aprotalleres insiste en que deben ser “transparentes, dinámicos y consensuados”, de forma que el taller pueda saber por qué se le reconoce un número determinado de horas o una cantidad concreta de producto. Hoy, una parte relevante de esas reglas se decide entre compañías y plataformas periciales, con el taller como mero invitado de piedra.

Este desbalance de poder se traduce en un mensaje tácito: o aceptas estas condiciones, o quedas fuera de la red concertada. Y para un taller que depende en más de un 60% de los encargos canalizados por aseguradoras, la capacidad de decir “no” es limitada. El resultado es un ecosistema donde la voz técnica pesa menos que la financiera, con consecuencias directas sobre la calidad del resultado final.

Sin relevo generacional: talleres envejecidos y al límite

El conflicto económico tiene también una derivada laboral. La edad media de los profesionales de carrocería ronda ya los 50 años, según datos manejados por las patronales. La falta de relevo generacional es un síntoma claro de un sector percibido como poco atractivo, mal pagado y con alto nivel de exigencia física y técnica.

Si las tarifas no permiten retribuciones competitivas ni invertir en formación y equipamiento, el círculo vicioso se acelera: los talleres tienen más dificultades para contratar, reducen equipos, amplían plazos y, en ocasiones, se ven forzados a rechazar trabajos complejos. El cliente lo percibe como lentitud o mala organización; el origen real está en un modelo económico que no cubre ni los costes directos ni los indirectos del negocio.

El problema no es solo de los talleres. Una red de reparación envejecida, con menos manos y menos capacidad de reciclarse tecnológicamente, es una vulnerabilidad sistémica para un parque móvil que incorpora cada vez más electrónica, más baterías de alta tensión y más sistemas avanzados de ayuda a la conducción. Si no se corrige, el resultado será doble: menos seguridad y más tiempo de inmovilización de los vehículos.

El plan de Aprotalleres: trazabilidad, nuevos baremos y mesas de trabajo

Lejos de limitarse a la denuncia, Aprotalleres ha puesto sobre la mesa un Memorándum de propuestas dirigido a las aseguradoras. Entre los puntos clave, la asociación reclama baremos de materiales trazables y auditables, la inclusión de un fee específico para la gestión de residuos en cada reparación, el reconocimiento de precios de mano de obra superiores para vehículos electrificados y la profesionalización de la propia valoración, reconociendo que “valorar cuesta dinero”.

La patronal insiste en la necesidad de articular mesas de trabajo estables, donde se sienten de verdad talleres y compañías, sin intermediarios que encarezcan el sistema sin aportar valor. El objetivo no es otro que construir un modelo de rentabilidad compartida, donde el asegurado reciba calidad y servicio, la compañía preserve su solvencia y el taller deje de ser la “válvula de escape” a la que se traslada cualquier tensión de costes.

La sombra de la Comisión Europea, ante la que ya se han presentado denuncias por prácticas potencialmente abusivas, planea sobre el debate. Pero el sector tiene claro que una solución exclusivamente judicial llegaría tarde. Lo que se reclama es un cambio de cultura: pasar de la lógica de la imposición a la de la colaboración real, donde la seguridad del vehículo sea el punto de partida, no el daño colateral.

Lo que se juega el conductor en esta batalla

Al final, el gran ausente del debate es el asegurado, que paga su póliza, confía en su compañía y entrega su coche a un taller concertado pensando que el sistema vela por él. La realidad, sin embargo, es más incómoda: no todos los modelos de relación entre aseguradora y taller garantizan el mismo nivel de calidad ni de seguridad.

Las próximas campañas de información y presión pública anunciadas por asociaciones sectoriales pretenden precisamente eso: explicar al conductor qué hay detrás de una reparación, por qué importa que el taller trabaje con márgenes sanos y qué derechos tiene a la hora de elegir quién repara su vehículo. La transparencia, hoy inexistente, puede convertirse en el gran catalizador del cambio.

Porque la pregunta de fondo no es si las aseguradoras deben ganar un 5% o un 7% en autos, ni si el taller factura 2 euros más o menos por hora. La cuestión esencial es otra, mucho más sencilla y a la vez más exigente: ¿estamos dispuestos a abaratar la seguridad en carretera para cuadrar un baremo? Si la respuesta es no, el modelo actual ya no sirve.

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