Alfredo Jalife advierte al Dow Jones: ¿Realmente habrá acuerdo de paz entre EE.UU. e Irán?

El experto Alfredo Jalife analiza el delicado proceso de acercamiento entre Estados Unidos e Irán, cuestionando la viabilidad de un acuerdo de paz definitivo y resaltando el papel clave de Pakistán y el estrecho de Ormuz en la actual dinámica geopolítica.
Alfredo Jalife en entrevista para Negocios TV con fondo de gráfica geopolítica y mapa del estrecho de Ormuz.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Alfredo Jalife advierte al Dow Jones: ¿Realmente habrá acuerdo de paz entre EE.UU. e Irán?

60 días. Ese es el plazo real que separa la desescalada de una nueva crisis en Oriente Medio.
El supuesto acuerdo entre Estados Unidos e Irán no sería, según Alfredo Jalife, una paz definitiva, sino un memorándum de entendimiento sometido a una enorme presión política, militar y energética.
La Casa Blanca habla de avance histórico; Teherán matiza los términos; Pakistán emerge como mediador inesperado.
La visión, la tregua existe, pero la paz sigue sin estar garantizada.

Un acuerdo sin arquitectura definitiva

La clave del análisis de Jalife está en rebajar la euforia. No se estaría ante un tratado de paz cerrado, sino ante una estructura provisional diseñada para ganar tiempo. El borrador contempla una extensión del alto el fuego durante 60 días, la reapertura del estrecho de Ormuz y una negociación posterior sobre el programa nuclear iraní, todavía sin mecanismos plenamente definidos.

Lo más grave es que ese plazo no resuelve el conflicto: lo aplaza. Washington busca presentar el entendimiento como victoria diplomática, mientras Irán intenta evitar una cesión visible de soberanía. En ese espacio ambiguo se mueve Jalife: no hay paz estable si las partes interpretan de forma distinta lo que han firmado.

Trump, la variable más inestable

El factor Donald Trump introduce una volatilidad añadida. En pocas horas, el presidente estadounidense puede pasar de amenazar con controlar infraestructuras energéticas iraníes a defender una firma inminente del acuerdo. Esa oscilación convierte cualquier compromiso en una pieza frágil, dependiente no solo de la diplomacia, sino también del cálculo político interno en Washington.

Este hecho revela una debilidad estructural: los pactos de seguridad no pueden descansar sobre impulsos tácticos. Si el acuerdo se utiliza como herramienta electoral o como gesto de fuerza, su credibilidad disminuye. La consecuencia es clara: Teherán gana incentivos para esperar, medir y explotar cada contradicción estadounidense.

Pakistán entra en el tablero

La participación de Pakistán es uno de los elementos más relevantes y menos comentados. Islamabad aparece como puente entre Washington y Teherán, junto a otros mediadores regionales, en un momento en el que la diplomacia tradicional occidental ha perdido capacidad de penetración en Irán. Algunas informaciones apuntan incluso a que el acuerdo podría conocerse como el “Acuerdo de Islamabad”.

El contraste con etapas anteriores resulta demoledor. Ya no son solo Estados Unidos, Europa o Naciones Unidas quienes ordenan el proceso. Potencias intermedias, con vínculos militares, religiosos y energéticos propios, ganan peso. Pakistán no actúa por altruismo: busca influencia, estabilidad regional y margen frente a India, China y Arabia Saudí.

Ormuz, el verdadero campo de batalla

Jalife sitúa el núcleo de la crisis donde corresponde: el estrecho de Ormuz. Por ese corredor pasó en 2025 cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo, alrededor del 34% del comercio mundial de petróleo crudo, con China e India recibiendo juntas el 44% de esas exportaciones.

No se trata solo de una vía marítima. Es una palanca de presión global. Quien tensiona Ormuz no solo amenaza a petroleros; amenaza precios, inflación, bolsas, divisas, cadenas logísticas y reservas estratégicas. La jugada iraní consiste en recordar a Occidente que su vulnerabilidad no está únicamente en los misiles, sino en su dependencia energética.

La guerra invisible

La crisis confirma una transformación profunda del conflicto moderno. La presión ya no se ejerce únicamente con tropas, drones o ataques selectivos. También se ejerce sobre cables submarinos, flujos financieros, seguros marítimos, reservas petroleras y rutas de datos. La guerra se ha vuelto económica, tecnológica y psicológica.

Irán ha entendido que sus puntos fuertes no siempre están en la superioridad militar, sino en la capacidad de dañar sistemas interconectados. Una interrupción parcial de Ormuz puede tener más impacto inmediato que una ofensiva convencional. Una subida sostenida del Brent puede castigar más a Occidente que un comunicado de la Guardia Revolucionaria.

Israel y la presión sobre Washington

Netanyahu sigue siendo la gran incógnita. Israel queda formalmente fuera del diseño del acuerdo, pero no fuera de sus consecuencias. Si el pacto no incluye garantías estrictas sobre el uranio iraní, el Gobierno israelí puede interpretarlo como una amenaza directa. Si las incluye, Teherán puede venderlo como imposición exterior.

El margen es estrecho. Estados Unidos necesita frenar la escalada; Israel necesita impedir que Irán conserve capacidad nuclear latente; Irán necesita salvar el relato de resistencia. Tres objetivos difícilmente compatibles. Por eso Jalife apunta a una tregua bajo vigilancia, no a una paz sólida.

La nueva geometría del poder

China, Rusia, Arabia Saudí, Turquía, India y Pakistán forman la segunda capa del conflicto. No siempre aparecen en el titular, pero condicionan el desenlace. La energía que cruza Ormuz se dirige mayoritariamente a Asia, y cualquier alteración castiga con especial fuerza a las economías que sostienen buena parte del crecimiento mundial.

El acuerdo, por tanto, no es bilateral. Es una pieza dentro de una reorganización mayor del poder global. Washington intenta conservar iniciativa; Teherán busca reconocimiento; Pekín observa el precio de la energía; Moscú calcula oportunidades; Riad mide riesgos. Oriente Medio vuelve a ser el tablero donde se cruzan petróleo, armas, deuda y hegemonía.

El coste de una tregua débil

El riesgo no es que el memorándum fracase de inmediato. El riesgo es que nazca lo bastante ambiguo como para permitir que cada actor lo utilice contra el otro. Un alto el fuego de 60 días puede ser una ventana diplomática o una cuenta atrás. Todo dependerá de la verificación nuclear, la reapertura real de Ormuz y el alivio de sanciones.

La paz, en este caso, no se medirá por una firma. Se medirá por barriles circulando, buques asegurados, fondos desbloqueados y centrifugadoras controladas. Hasta entonces, el acuerdo será exactamente lo que Jalife advierte: una tregua bajo presión en el punto más sensible del sistema energético mundial.

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