De Castro: “La bomba atómica de Irán es el Estrecho de Ormuz y no lo van a soltar”

Análisis profundo con Juan Antonio de Castro sobre la escalada bélica entre Estados Unidos e Irán, la importancia estratégica del Estrecho de Ormuz, la efectividad de las tácticas de Trump en Oriente Medio, la propuesta del escudo de misiles europeo y los impactos económicos de la guerra en Ucrania en Europa.
Vista aérea del Estrecho de Ormuz, zona clave en la rivalidad geopolítica entre Irán y Estados Unidos, con el Golfo Pérsico al este y el Golfo de Omán al oeste.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Vista aérea del Estrecho de Ormuz, zona clave en la rivalidad geopolítica entre Irán y Estados Unidos, con el Golfo Pérsico al este y el Golfo de Omán al oeste.

El Estrecho de Ormuz ha dejado de ser únicamente una arteria energética. Es también un instrumento de presión militar, diplomática y económica capaz de alterar en cuestión de horas la inflación mundial.

«La bomba atómica de Irán es el estrecho de Ormuz y no lo van a soltar», sostiene Juan Antonio de Castro, exfuncionario de Naciones Unidas.

La comparación no alude a su capacidad destructiva inmediata, sino al poder de disuasión que concede a Teherán. Para ejercerlo, Irán no necesita cerrar completamente el paso: basta con elevar el riesgo, reducir el tráfico y disparar el coste de asegurar cada petrolero.

El arma que no necesita detonarse

El valor de Ormuz reside en una geografía difícilmente sustituible. El estrecho conecta el golfo Pérsico con el mar Arábigo y canaliza las exportaciones de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Catar e Irán.

Durante 2024 y el primer trimestre de 2025, por esta vía circuló más de una cuarta parte del petróleo transportado por mar y aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de crudo y derivados. También atravesó la zona cerca del 20% del comercio internacional de gas natural licuado, principalmente procedente de Catar.

Este hecho revela la auténtica dimensión de la amenaza. Ormuz no necesita permanecer bloqueado durante meses para provocar daños. Un ataque aislado, una mina naval o una advertencia de los Guardianes de la Revolución pueden paralizar decisiones de inversión y transporte.

Veinte millones de barriles en juego

Los datos explican por qué ningún Gobierno puede tratar el estrecho como un conflicto regional. En el primer trimestre de 2025 atravesaban Ormuz unos 20,4 millones de barriles diarios de crudo, condensados y productos petrolíferos.

La tensión militar redujo ese volumen hasta 14,6 millones de barriles diarios durante el primer trimestre de 2026. La caída supone cerca de un 28% en apenas un año, aunque las estimaciones están sometidas a revisión por el apagado o manipulación de los sistemas de identificación de los buques.

Para Irán, esa vulnerabilidad constituye una póliza de supervivencia. Renunciar a su influencia sobre el estrecho equivaldría a perder su principal mecanismo de negociación frente a Estados Unidos.

La guerra ya ha probado su efecto

La nueva escalada entre Washington y Teherán ha convertido la advertencia de De Castro en una realidad económica. Tras los ataques contra petroleros y la reanudación de las hostilidades, el nivel de riesgo marítimo fue elevado a «severo» y el tráfico comercial volvió a desplomarse.

En uno de los momentos de mayor tensión solo cruzaron Ormuz 14 embarcaciones en una jornada, frente a unas 130 diarias antes del conflicto. Estados Unidos e Irán mantienen además posiciones enfrentadas sobre quién puede regular la navegación y exigir garantías para el tránsito.

La consecuencia es clara: el control formal importa menos que la capacidad efectiva para interrumpir la circulación.

Washington responde con máxima presión

Donald Trump ha recuperado una estrategia basada en sanciones, operaciones militares y bloqueo económico. Washington pretende impedir que Irán convierta Ormuz en una aduana política y exige garantías públicas de libre navegación.

Sin embargo, la presión también puede reforzar la lógica defensiva iraní. Cuanto mayor es el aislamiento económico, mayor resulta el incentivo de Teherán para conservar una herramienta que afecta directamente al precio del petróleo, al transporte marítimo y a las economías occidentales.

El barril de Brent ha llegado a situarse cerca de los 85 dólares, acumulando una subida aproximada del 40% durante 2026 en medio de las interrupciones y amenazas sobre la ruta.

Europa paga la factura energética

Europa no participa directamente en la pugna por Ormuz, pero recibe buena parte de sus consecuencias. El encarecimiento del petróleo eleva los costes del transporte, la producción agrícola, la industria química y la distribución de mercancías.

La dependencia del gas natural licuado añade otra vulnerabilidad. Catar es uno de los grandes proveedores internacionales y sus cargamentos deben atravesar obligatoriamente el estrecho. Una interrupción prolongada obligaría a competir por suministros alternativos con compradores asiáticos.

El riesgo no se limita a una subida de la gasolina. También puede traducirse en inflación persistente, menor crecimiento, presión sobre los tipos de interés y pérdida de competitividad para la industria europea.

Del multilateralismo a la geoeconomía

La crisis coincide con un deterioro más amplio del sistema comercial. Estados Unidos ha impuesto un arancel del 25% a determinadas importaciones brasileñas, utilizando la política comercial como instrumento de presión estratégica.

Al mismo tiempo, la Unión Europea acelera su cooperación militar con Ucrania. Bruselas y Kiev han firmado un acuerdo para producir drones conjuntamente e integrar la experiencia ucraniana en la base industrial europea de defensa.

Energía, comercio y seguridad ya no funcionan como ámbitos separados. La economía mundial ha entrado en una etapa de geoeconomía coercitiva, donde aranceles, rutas marítimas y materias primas sustituyen parcialmente a la diplomacia tradicional.

Teherán difícilmente abandonará la capacidad de condicionar Ormuz mientras continúen las sanciones y la amenaza militar. El estrecho compensa su inferioridad tecnológica y convierte cualquier ataque contra Irán en un problema para consumidores y empresas de todo el mundo.

No es una bomba atómica en sentido literal. Pero posee una característica semejante: su mayor utilidad reside en la amenaza de emplearla.

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