Morato: Trump reorganiza dos guerras sin pisar Irán
Las reuniones entre Donald Trump, Benjamin Netanyahu y Volodímir Zelenski revelan un reajuste estratégico que afecta simultáneamente a dos grandes frentes de guerra: Oriente Medio y Europa oriental.
No se trata de simples encuentros diplomáticos ni de fotografías destinadas al consumo interno.
Según el coronel del Ejército de Tierra Manuel Morato, Washington pretende conservar su capacidad de influencia sin quedar atrapado en conflictos terrestres prolongados.
La prioridad es contener a Irán, sostener a Israel y administrar la guerra de Ucrania.
Todo ello sin provocar un shock energético ni comprometer tropas en operaciones de resultado incierto.
Trump, Netanyahu y Zelenski componen un triángulo político unido por la dependencia de Estados Unidos, pero separado por prioridades muy diferentes. Israel busca reducir la capacidad militar iraní. Ucrania reclama más armamento occidental. Washington intenta evitar que ambos escenarios consuman recursos ilimitados.
La coincidencia temporal de las reuniones evidencia que la Casa Blanca está revisando su posición en dos regiones estratégicas. Sin embargo, apoyar a sus aliados no implica aceptar todas sus exigencias.
Netanyahu necesita respaldo para mantener la presión sobre Teherán. Zelenski pretende garantías militares y sistemas defensivos adicionales. Trump, por su parte, trata de preservar margen de negociación y proyectar autoridad sin asumir el coste político de otra gran guerra.
La alianza existe, pero no elimina las divergencias. Cada dirigente persigue objetivos propios y espera que Estados Unidos financie, proteja o legitime una parte sustancial de su estrategia.
Irán no admite una invasión convencional
Morato descarta una incursión terrestre estadounidense en Irán por razones militares y geográficas. El país dispone de una gran extensión territorial, una población numerosa, áreas montañosas y unas Fuerzas Armadas preparadas para responder mediante tácticas convencionales y asimétricas.
Una campaña terrestre exigiría desplegar decenas de miles de soldados, asegurar largas líneas logísticas y controlar un territorio mucho más complejo que otros escenarios recientes. El coste humano, presupuestario y político sería difícilmente asumible.
Washington conserva capacidad para realizar ataques aéreos, navales o cibernéticos. Otra cuestión muy distinta sería ocupar posiciones, derribar al Gobierno iraní y garantizar después la estabilidad. Golpear objetivos resulta posible; controlar Irán, no. Una invasión podría abrir una guerra regional sin ofrecer una salida clara.
El petróleo limita la respuesta
La capacidad militar no es el único factor. Irán ocupa una posición central en el equilibrio energético de Oriente Medio y puede influir sobre rutas marítimas esenciales para el comercio internacional.
Una confrontación directa podría disparar el precio del petróleo, elevar los costes de transporte y devolver presión a la inflación. El efecto alcanzaría a Europa, Asia y Estados Unidos, pero también alteraría los ingresos de países productores como Rusia.
Este hecho explica parte de la cautela estadounidense. Cada ataque debe medirse también en barriles, inflación y tipos de interés. Un encarecimiento prolongado de la energía reduciría el margen de los bancos centrales para relajar su política monetaria. Washington puede buscar debilitar a Teherán, pero no le interesa provocar un desorden energético capaz de perjudicar a su propia economía.
Ucrania reclama una industria imposible
El segundo eje del análisis se encuentra en Ucrania. Zelenski necesita reforzar la defensa aérea frente a drones, misiles de crucero y proyectiles balísticos, por lo que los sistemas Patriot se han convertido en una de sus principales reivindicaciones.
Sin embargo, Morato cuestiona que Kiev pueda fabricar estos equipos en territorio ucraniano a corto plazo. Un Patriot no es únicamente un lanzador. Requiere radares, centros de mando, software, interceptores, comunicaciones seguras y una cadena industrial altamente especializada.
Establecer una producción completa exigiría años de inversión, personal técnico y fábricas protegidas frente a los ataques rusos. Incluso el mantenimiento depende de proveedores, licencias y componentes estadounidenses.
La aspiración política choca con la realidad industrial. Ucrania puede participar en determinadas fases, pero no reproducir rápidamente todo el sistema.
Trump quiere influencia sin ocupación
La estrategia de Trump parece orientarse hacia una combinación de presión militar, negociación bilateral y reparto de costes entre aliados. Su objetivo no sería retirarse del tablero internacional, sino intervenir de manera más selectiva.
En Oriente Medio, eso supone respaldar a Israel sin comprometerse con una ocupación de Irán. En Ucrania, implica utilizar la ayuda militar como instrumento para condicionar tanto a Kiev como a Moscú.
Lo más grave para los aliados es la incertidumbre. Trump puede aumentar el apoyo en un momento concreto y reducirlo después para forzar concesiones. La imprevisibilidad se convierte así en una herramienta diplomática.
Ese método permite a Washington conservar protagonismo, aunque también obliga a Israel, Ucrania y Europa a prepararse para decisiones rápidas y potencialmente contradictorias.
Europa aparece como el actor más expuesto a las consecuencias y con menor capacidad para controlar los acontecimientos. Depende de Estados Unidos para una parte esencial de su seguridad, importa energía y debe financiar un esfuerzo defensivo creciente.
Si aumenta la tensión con Irán, las economías europeas sufrirán el impacto energético. Si disminuye el apoyo estadounidense a Ucrania, los gobiernos comunitarios tendrán que asumir una mayor carga militar y presupuestaria. Estados Unidos administra los tiempos, mientras Europa absorbe buena parte de los costes. Las reuniones de alto nivel anticipan, por tanto, algo más que una coordinación entre aliados.
Detrás de ellas se perfila un nuevo reparto de responsabilidades. Trump quiere mantener la iniciativa, pero pretende que sean otros quienes soporten una proporción mayor del riesgo económico y militar.