El miedo de los jóvenes universitarios a la revolución algorítmica

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Un discurso que nunca llegó a ser escuchado

El pasado día 15 de mayo, Eric Schmidt, antiguo consejero delegado de Google, subió al escenario de la ceremonia de graduación de la Universidad de Arizona. Su intervención, como cabía esperar de quien durante años pilotó una de las compañías más influyentes del planeta, versó sobre tecnología y sobre el papel que la inteligencia artificial está llamada a desempeñar en las vidas de los nuevos titulados. Apenas hubo pronunciado las primeras frases cuando los abucheos estallaron entre el auditorio. No fueron un murmullo pasajero, ni una protesta aislada de un pequeño grupo, sino una desaprobación sostenida que acompañó al orador hasta el final de su alocución. La escena, captada por varios medios, tenía la fuerza simbólica de un termómetro clavado en el cuerpo social.

Schmidt intentó la empatía. Reconoció que los jóvenes sienten temor ante un futuro que se les presenta como ya escrito, donde los empleos se evaporan, el clima se deteriora y la política se fractura, y donde heredan un desastre que no han creado. Pero sus palabras no lograron atravesar la coraza de desconfianza de un público que ha escuchado demasiadas veces el relato de la inevitabilidad de la inteligencia artificial. Cuando afirmó que los graduados iban a ayudar a dar forma a esa tecnología, o cuando comparó la adopción de la inteligencia artificial con la oferta de un asiento en una nave espacial —«no preguntas qué asiento, sino que te subes y te sientas donde sea»—, la multitud no vio una oportunidad, sino una amenaza. La nave espacial, para ellos, se dirige directamente hacia el sol.

II. Los datos que sostienen el abucheo

La reacción de los universitarios de Arizona no es un episodio aislado, sino la manifestación en un recinto académico de un estado de ánimo que las encuestas vienen registrando con una consistencia que debería alarmar a los promotores de la revolución algorítmica. Según un sondeo de NBC News de marzo de 2026, apenas uno de cada cuatro estadounidenses alberga una opinión positiva de la inteligencia artificial. El 57 por ciento considera que los riesgos superan a los beneficios, y el 64 por ciento espera que la tecnología elimine puestos de trabajo en las próximas dos décadas. La inteligencia artificial, como concepto, tiene peor valoración que el presidente Trump, que el servicio de inmigración y control de aduanas, que casi cualquier institución o figura que los encuestadores hayan medido; solo la superan en impopularidad el Partido Demócrata e Irán.

Estos números son, a la vez, un retrato y un presagio. Once estados de la Unión están considerando moratorias a la construcción de centros de datos, y figuras como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez han presentado legislación para una moratoria federal. Maine podría convertirse en el primero en aprobarla. Lo que los datos sugieren es que el mayor obstáculo para la adopción masiva de la inteligencia artificial no será una limitación técnica, ni un bloqueo regulatorio tradicional, sino un movimiento social de rechazo que encuentra en los jóvenes su vanguardia más articulada.

III. El barómetro de las ceremonias de graduación

Las ceremonias de graduación universitaria han sido, históricamente, un barómetro fiable de las corrientes que están a punto de irrumpir en la vida política. En 2001, a dos meses de los atentados del 11 de septiembre, la editora periodística Janis Besler Heaphy fue abucheada en la Universidad Estatal de California en Sacramento por preguntar hasta qué punto estaban dispuestos los ciudadanos a negociar sus libertades civiles en nombre de la seguridad. En 2016, la periodista María Elena Salinas fue recibida con hostilidad en Cal State Fullerton por invocar el nombre de Donald Trump durante una oleada de sentimiento anti-prensa. En ambos casos, la reacción de los graduados anticipó las líneas maestras del debate público de los años siguientes: la tensión entre seguridad y libertad, la polarización mediática, la desconfianza hacia las élites.

El abucheo a Eric Schmidt —un multimillonario tecnólogo que dice a los jóvenes que no se preocupen y que se suban a la nave— se inscribe en esa misma tradición. Lo que los estudiantes le estaban diciendo, a su manera, es que no creen en el relato que les ofrece. Han pasado cuatro años leyendo, debatiendo e informándose, y no necesitan que un ex consejero delegado de Google les explique qué es la inteligencia artificial. Saben lo que es, y saben que, en buena medida, ha sido diseñada por personas como él para un mundo en el que a ellos les tocará competir contra millones de agentes automatizados por unos pocos puestos de trabajo decentes.

IV. Las raíces del miedo: empleo, dignidad y control

El miedo que expresaron los universitarios de Arizona no es un miedo difuso ni irracional. Es un miedo con causas concretas que los datos de las encuestas confirman y que la experiencia cotidiana alimenta. La primera causa es el empleo. Los graduados de 2026 se incorporan a un mercado laboral en el que los sistemas de inteligencia artificial generativa ya pueden redactar informes jurídicos, programar aplicaciones, diseñar campañas de marketing, traducir documentos y componer música. Las profesiones que hace una década se consideraban refugios seguros para los titulados universitarios —el derecho, la consultoría, el periodismo, la docencia— están entre las más expuestas. El mensaje de que la inteligencia artificial no destruirá empleos sino que los transformará suena, para quien está a punto de buscar su primer contrato, como una promesa cuyo cumplimiento nadie garantiza.

La segunda causa es la percepción de que la inteligencia artificial está controlada por unas pocas élites tecnológicas que la desarrollan sin consultar a la sociedad y que la imponen con la arrogancia de quien se considera dueño del futuro. La metáfora de la nave espacial de Schmidt es elocuente: no se pregunta al pasajero adónde quiere ir, ni se le informa de los riesgos del viaje, ni se le permite elegir si prefiere quedarse en tierra. Se le conmina a subir y a sentarse donde pueda. Esa actitud, que probablemente Schmidt no pretendía transmitir pero que su auditorio captó con agudeza, es la que alimenta la desconfianza hacia los heraldos de la revolución algorítmica.

La tercera causa es la sensación de pérdida de control sobre las propias decisiones vitales. Los jóvenes que abuchearon a Schmidt no rechazan la tecnología en abstracto —son nativos digitales, utilizan aplicaciones, consumen contenidos en línea—, pero sí rechazan un modelo de desarrollo tecnológico que perciben como extractivo, desigual e impuesto. El periodista Brian Merchant ha definido este momento como «un programa de rechazo a la inteligencia artificial generativa en circunstancias extractivas y de explotación, de proteger el empleo, evitar la degradación de los salarios, de vigilancia y de negarse a que la inteligencia artificial invada las esferas de la vida pública que Silicon Valley quiere colonizar para obtener ganancias». La definición es certera y captura el espíritu que animó los abucheos de Arizona.

V. El populismo tecnológico como horizonte político

El rechazo a la inteligencia artificial reúne todos los ingredientes para convertirse en un potente combustible político. Es una tecnología invisible, que opera en servidores remotos y que el ciudadano no comprende del todo, pero cuyos efectos siente en su vida cotidiana. Es una tecnología percibida como amenazante para el empleo, la privacidad y la autonomía personal. Está controlada por unas pocas empresas de un sector geográficamente concentrado —Silicon Valley— que acumulan beneficios astronómicos mientras la desigualdad se ensancha. Y sus principales valedores son políticos y empresarios que a menudo emplean un lenguaje de inevitabilidad que suena a desprecio hacia quienes se resisten.

La combinación es explosiva, y los políticos ya empiezan a advertirlo. Las moratorias estatales a la construcción de centros de datos, las propuestas legislativas federales de Sanders y Ocasio-Cortez, y la creciente hostilidad de la opinión pública están configurando un escenario en el que la inteligencia artificial podría convertirse en el chivo expiatorio de un populismo de nuevo cuño, transversal, que una a votantes de izquierda y de derecha en torno a la defensa del empleo, la comunidad y la dignidad frente a la deshumanización algorítmica. El hecho de que la inteligencia artificial tenga peor valoración que Trump indica que el fenómeno es genuinamente transversal: no es un rechazo de un sector ideológico, sino un malestar difuso que atraviesa todas las capas sociales.

VI. La generación que no se cree el cuento

Los universitarios que abuchearon a Schmidt y, una semana antes, a la ejecutiva inmobiliaria Gloria Caulfield por un discurso similar, no son una generación apocalíptica ni ludita. Son la primera generación que ha llegado a la edad adulta sabiendo que tendrá que competir con máquinas que no se cansan, no enferman y no exigen salario. Han visto a sus hermanos mayores luchar por contratos precarios, han leído sobre los despidos masivos en las tecnológicas, han usado ChatGPT para hacer trabajos académicos y saben, por experiencia propia, que la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil y, al mismo tiempo, una amenaza existencial para sus aspiraciones profesionales.

A diferencia de generaciones anteriores, no necesitan que nadie les cuente lo que la inteligencia artificial puede hacer: lo han visto con sus propios ojos. Y quizá por eso la reacción más llamativa no fue la intensidad de los abucheos, sino su carácter premeditado y colectivo. No fue un estallido de ira, sino un rechazo razonado, contenido pero firme, de quienes han llegado a la conclusión de que no quieren subir a la nave que les ofrecen, al menos no en las condiciones que les ofrecen. Fue, en cierto modo, un acto de afirmación generacional: nosotros no hemos creado este desastre, parecían decir, pero tampoco vamos a aceptarlo sin más.

VII. Reflexiones finales

Eric Schmidt terminó su discurso con una frase que probablemente pretendía ser inspiradora: «La cuestión no es si la inteligencia artificial dará forma al mundo. Lo hará. La cuestión es si ustedes habrán dado forma a la inteligencia artificial». Nadie aplaudió. El silencio que siguió a sus palabras fue tan elocuente como los abucheos que las precedieron. Porque lo que los estudiantes estaban diciendo, sin necesidad de subir al escenario, es que no les basta con que les digan que ellos darán forma a la inteligencia artificial. Quieren decidir si quieren vivir en un mundo moldeado por ella, y en qué condiciones.

El miedo de los jóvenes universitarios a la revolución algorítmica no es un capricho, ni una moda pasajera, ni un síntoma de ignorancia. Es el resultado de un cálculo racional sobre los riesgos y los beneficios de una tecnología que se está desplegando a una velocidad que la deliberación democrática no alcanza a seguir. Quienes pretenden liderar la transición harían bien en escuchar antes de sermonear, y en preguntar antes de responder. Porque si no lo hacen, el abucheo de Arizona no será el último, sino el primero de una larga serie que terminará manifestándose en las urnas. Y entonces, como ya ocurrió con otras revoluciones que prometieron el paraíso y entregaron el desconcierto, será demasiado tarde para preguntar por qué nadie quiso subir a la nave.

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