Sucesión "fanática" en Teherán, shock energético y Asia al borde del frenazo mientras Ormuz sigue cerrado

EP_Mojtaba_Jameneí
EP_Mojtaba_Jameneí

El mundo amaneció este lunes 9 de marzo de 2026 bajo el peso de una confluencia de crisis de extraordinaria gravedad que redibuja el mapa geopolítico global con una velocidad que no tiene precedentes desde el fin de la Guerra Fría. En el epicentro de todo se halla el conflicto desatado el 28 de febrero por la Operación Epic Fury —la campaña militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra el régimen islamista de Teherán—, cuyas consecuencias en cadena se extienden con una inercia que ningún actor internacional esperaba gestionar de forma simultánea. La muerte del ayatolá Alí Jamenei en las primeras horas del conflicto, la consecuente crisis de sucesión y el caos energético derivado del cierre efectivo del Estrecho de Ormuz constituyen los tres ejes sobre los cuales pivota la inestabilidad global de esta jornada.

No han pasado siquiera diez días desde el inicio de las hostilidades y ya estamos ante un escenario de desbordamiento sistémico: el precio del petróleo ha superado los cien dólares por barril —con picos de ciento diez—, la oligarquía yihadista iraní ha elegido como sucesor de Jamenei a su propio hijo Mojtaba —un fanático de perfil ultraduro, sin credenciales religiosas suficientes y entregado a la Guardia Revolucionaria—, el conflicto entre Pakistán y el Afganistán talibán ha escalado hasta la "guerra abierta" con decenas de miles de desplazados, y los mediadores regionales que en otras circunstancias podrían actuar —Arabia Saudí y Qatar— están demasiado ocupados lamiendo sus propias heridas infligidas por los ataques iraníes sobre su infraestructura energética y civil para atender otros fuegos.

En este contexto, el análisis de hoy parte de las reflexiones desarrolladas en mi artículo publicado en La Razón el pasado 8 de marzo, donde advertía que el dilema de Occidente no es ganar la guerra —la superioridad táctica de Estados Unidos e Israel parece indiscutible—, sino ganar la paz, empresa para la cual no existe hoja de ruta alguna y cuya ausencia constituye la mayor amenaza estratégica del momento. Lo que estamos observando confirma, hora a hora, ese diagnóstico: la victoria militar es posible; la victoria política, el cambio de régimen o una versión edulcorada del mismo es, hoy por hoy, una incógnita que inquieta a todos los analistas serios.

 

II. NOTICIAS MÁS IMPORTANTES DE LAS ÚLTIMAS 24 HORAS

1. Los riesgos y las amenazas que el régimen iraní supone para sus vecinos y el mundo

Hechos:

El régimen de Teherán —o lo que queda de él bajo el mando fracturado de un triunvirato de emergencia o el nuevo Líder de la Revolución— ha mantenido su estrategia de agresión regional con una ferocidad que desmiente cualquier lectura optimista sobre una rendición inminente. Bahréin acusó a Irán de haber atacado deliberadamente una planta desalinizadora de agua potable, golpeando directamente la infraestructura civil de un Estado soberano ajeno al conflicto, lo cual constituye una violación flagrante del Derecho Internacional Humanitario. Qatar Energy se vio obligada a paralizar las operaciones en la mayor instalación de exportación de Gas Natural Licuado (GNL) del mundo tras el impacto de un ataque con drones iraníes, con consecuencias energéticas que se extienden ya desde Europa hasta Asia. Cuatro petroleros han sido alcanzados en aguas del Golfo desde el inicio de las hostilidades, y el tráfico de buques tanque a través del Estrecho de Ormuz —por donde transita el veinte por ciento del petróleo mundial— ha caído de una media de veinticuatro tránsitos diarios a apenas cuatro en los primeros días, con periodos de paralización casi total. El secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth confirmó que Irán ha atacado tropas en Arabia Saudí, causando la muerte de un militar estadounidense.

Implicaciones:

Lo que el régimen iraní está demostrando, incluso desde su posición de debilidad táctica, es precisamente la tesis que he defendido reiteradamente en mis artículos y análisis: que la naturaleza terrorista y yihadista del Estado iraní no es una pose retórica sino una doctrina de conducta que se aplica con toda coherencia incluso bajo fuego. Atacar una planta de agua en Bahréin, destruir la mayor instalación de GNL del mundo, hundir petroleros en aguas internacionales —estas acciones no son respuestas racionales de supervivencia; son la expresión de una ideología que instrumentaliza el sufrimiento civil como arma geopolítica deliberada. La Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, por sus siglas en inglés, Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica), eje vertebral de esta estrategia, demuestra que su capacidad de daño subsiste y subsistirá mientras el aparato físico de proyección de fuerza no sea desmantelado de raíz.

El secretario de la Guerra Pete Hegseth señaló que los ataques iraníes contra sus vecinos del Golfo han reforzado la unidad de la coalición de resistencia en torno a Washington, pero no es menos cierto que esa unidad tiene un coste humano, económico y en infraestructuras para las monarquías del Golfo que ningún seguro ni garantía financiera puede compensar a corto plazo. La amenaza iraní no termina con la muerte de Jamenei padre; se ramifica, se dispersa y encuentra nuevos centros de gravedad en la Guardia Revolucionaria, Hezbolá, las milicias chiíes iraquíes y, potencialmente, los Hutíes yemeníes, que podrían intensificar su presencia en el Golfo de Adén.

Perspectivas y escenarios:

El escenario más preocupante a corto plazo es el de una expansión del conflicto hacia el espacio marítimo del Índico y el Golfo de Adén, en caso de que los Hutíes decidan abrir un segundo frente de apoyo a Teherán atacando rutas comerciales en aguas internacionales. Esto pondría en riesgo la ruta del Canal de Suez-Mar Rojo, que ya fue sacudida severamente en 2024. Los servicios de inteligencia italianos, según informaciones recientes, han alertado sobre el riesgo de que toda la región mediterránea oriental quede afectada por esta inestabilidad en cascada. 

En un segundo escenario, si Washington logra desmantelar la capacidad de ataque iraní sobre el Estrecho de Ormuz en los próximos días —como ha prometido el secretario de Energía Chris Wright—, la lógica del mercado absorbería el shock. 

El peor escenario, el de una guerra prolongada de semanas o meses, el petróleo a ciento cincuenta dólares dejaría de ser una proyección académica para convertirse en una realidad devastadora.

 

2. Escenarios y perspectivas del conflicto Irán-EE. UU.-Israel

Hechos:

El conflicto se encuentra en su décimo día sin que ninguno de sus protagonistas haya alcanzado un objetivo político definido más allá del éxito táctico inicial —la eliminación de Alí Jamenei y la degradación severa del aparato nuclear y de seguridad del régimen—. Estados Unidos, según declaraciones del propio secretario Hegseth, solo contempla la victoria, pero admite que la guerra "se prolongará un tiempo". La Casa Blanca no ha respondido al nombramiento de Mojtaba Jamenei como nuevo Líder Supremo. Trump, por su parte, no busca un acuerdo y ha descartado públicamente un alto el fuego, mientras el Parlamento iraní, por boca de su presidente Mohammad Bagher Qalibaf, ha reiterado que Teherán tampoco busca un cese de hostilidades. El Tribunal Revolucionario de Teherán fue destruido en ataques aéreos; la infraestructura de seguridad interna del régimen ha sufrido golpes severos, pero el aparato de represión y respuesta sigue funcionando.

Implicaciones:

Como señalé en mi artículo de La Razón del pasado 8 de marzo, ganar la guerra no garantiza ganar la paz. Esta advertencia —que algunos podrían leer como retórica pesimista— tiene ahora una confirmación empírica cotidiana. El general de brigada israelí (retirado) Eran Ortal ha reconocido públicamente que "no hay precedentes para el cambio de régimen a través de una campaña aérea". El exdiplomático estadounidense Philip H. Gordon ha señalado que Washington no tiene actualmente una salida clara ni un desenlace natural para la campaña. Y el analista político Sharan Grewal advierte —con sólida base histórica— que la presión militar externa tiende a reforzar a los sectores más radicales de cualquier régimen y a marginar a los moderados, que son precisamente quienes podrían facilitar una transición negociada.

La dinámica interna iraní —con un triunvirato de emergencia desgarrado entre la señal conciliadora del presidente Pezeshkian el sábado y su inmediata rectificación bajo presión de los sectores duros el domingo— ilustra con precisión este fenómeno. El propio nombramiento de Mojtaba Jamenei, sobre el que volveré en la Noticia 3, es la demostración más contundente de que los halcones del régimen han ganado la batalla interna y que cualquier perspectiva de rendición incondicional —la exigencia de Trump— es, por el momento, una quimera.

Perspectivas y escenarios:

El horizonte estratégico contempla tres escenarios principales. 

El primero —el más favorable para la coalición occidental— sería un colapso interno del régimen precipitado por la confluencia del castigo militar, el colapso económico acelerado por las sanciones y la explosión de la rabia popular iraní acumulada en años de represión, protestas de mujeres, corrupción y miseria. Este escenario es posible pero incierto, y requeriría un levantamiento popular que el IRGC trataría de ahogar con violencia extrema, planteando a Washington el dilema moral y estratégico si utilizase poder aéreo para disuadir esa represión.

El segundo escenario —el más probable a corto plazo— es el de un conflicto prolongado de baja a media intensidad, en el que Irán mantiene la capacidad de daño regional mientras resiste el cambio de régimen, consolidando a Mojtaba Jamenei y al IRGC en el poder bajo condiciones de guerra total que refuerza su determinación internamente su autoritarismo. 

El tercer escenario, el más peligroso, es el de una escalada accidental o deliberada hacia el uso de armas de destrucción masiva o un ataque sobre infraestructura crítica de una gran potencia, lo que podría arrastrar a actores hasta ahora secundarios —China, Rusia, Turquía— a posiciones que podrían complicar irreversiblemente el orden internacional.

 

3. Mojtaba Jamenei, nuevo líder supremo de Irán: los duros ganan la batalla interna

Hechos:

La televisión estatal iraní confirmó en la madrugada del domingo 8 de marzo de 2026 que la Asamblea de Expertos —el órgano clerical de ochenta y ocho miembros, todos ellos muy radicales, con capacidad exclusiva para elegir al Líder Supremo— había designado, "por voto decisivo", a Mojtaba Hosseini Jamenei como tercer líder de la República Islámica de Irán. Mojtaba, de cincuenta y seis años, es el hijo varón del ayatolá Alí Jamenei, eliminado en los primeros ataques de la Operación Epic Fury el 28 de febrero. Minutos después de su confirmación, el IRGC emitió un comunicado declarando su "obediencia total y autosacrificio" al nuevo líder. Trump afirmó que Mojtaba "no durará mucho" sin aprobación estadounidense. Israel, antes del anuncio, había amenazado con atacar a quien fuese elegido.

El perfil de Mojtaba Jamenei es tan revelador como inquietante. Nunca ha ocupado un cargo público ni fue elegido para ninguna función gubernamental. Su rango clerical es el de Ayatoleslam —el nivel básico de la jerarquía chií—, muy por debajo del umbral de legitimidad religiosa requerida para el cargo de Líder Supremo, que debería ostentarse al menos a nivel de Gran Ayatolá y, para gozar de plena autoridad doctrinal, de Gran Ayatolá con Maryya (referencia doctrinal). Le falta en puridad tres escalones en la jerarquía religiosa chií: Ayatolá, Gran Ayatolá y Gran Ayatolá con Maryya. Esto no es un detalle menor: es una fractura de legitimidad teológica de enorme calado que el establishment clerical moderado no pasará por alto. El propio régimen que durante décadas criticó la monarquía hereditaria del Shah acaba de institucionalizar su propia versión dinástica del poder sacro-político. La ironía histórica sería admirable si no fuera tan peligrosa.

Hay en Mojtaba elementos biográficos que explican la profundidad de su odio y su radicalismo: la muerte de su madre Zahra Haddad Adel y su padre en el mismo ataque israelí, y el hecho de que varios de sus allegados históricos de la Guardia Revolucionaria hayan caído en el conflicto. La rabia personal se suma aquí a la ideología para construir un perfil que, en las circunstancias actuales, es la garantía de una continuidad maximalista y agresiva del proyecto terrorista del régimen. El sábado, el presidente Pezeshkian había pedido disculpas a los vecinos del Golfo por los ataques sobre objetivos civiles —una señal conciliadora sin precedentes en la retórica del régimen—; el domingo, bajo la presión inmediata del ala dura, se desdijo públicamente, declarando: "Cuanta más presión nos impongan, más fuerte será nuestra respuesta". A continuación, la Guardia Revolucionaria lanzo otra oleada de ataques de misiles y drones contra objetivos civiles de sus vecinos.

Implicaciones:

El nombramiento de Mojtaba Jamenei es la señal más clara posible de que la facción ultra del régimen —con el IRGC como columna vertebral— ha ganado la batalla interna de la sucesión y no contempla ningún escenario de negociación o capitulación. La elección de un candidato al que el propio Trump calificó de "inaceptable" y que fue sancionado en 2019 por Washington, bajo el argumento de que era el elegido por ser "odiado por el enemigo", es una declaración de guerra ideológica tanto como política. Hezbollah, el proxy libanés del régimen ya publicó una imagen de Mojtaba presentándolo como "jefe de la bendita revolución islámica": el mensaje al mundo chií es de continuidad absoluta en la agenda de exportación del terrorismo y de hostilidad hacia Occidente e Israel.

La fractura entre el ala pragmática del régimen —Pezeshkian, algunos sectores del clero moderado— y el ala dura del IRGC y los nuevos jameneístas es real, pero, por el momento, políticamente irrelevante: los duros controlan las armas, el dinero de los bonyads (fundaciones estatales) y ahora el poder supremo formal. No hay condiciones para que esa fractura se convierta en palanca de cambio sin una escalada del colapso militar o económico que aún no se ha producido.

Perspectivas y escenarios:

El nombramiento de Mojtaba como tercer Líder Supremo —solo la segunda transición de poder desde 1979— cierra a corto plazo la puerta a cualquier proceso de negociación. Trump ha hecho de la rendición incondicional su demanda pública y no contempla un acuerdo; Teherán, con Mojtaba al frente, tampoco. El período que se abre es, por tanto, de guerra prolongada con continuidad del proyecto jihadista iraní bajo nueva que los una parte de los analistas occidentales consideran, equivocadamente, una gestión familiar-dinástica.

La conclusión más importante que podemos sacar de esta “elección” es que los Pasdarán (IRGC) han impuesto su candidato como en su día hizo el entorno de Jomeinio con su padre Alí Jamenei, pero por razones bien distintas. Alí Jamenei era el albacea del legado y testamento ideológico del Imam Jomeini por lo que, a pesar de su falta de credenciales de jerarquía eclesial (por falta de una mejor expresión) fue respetado y reverenciado. Su hijo MOJTABA JAMENEI NO ES UN LÍDER, ES LA MARIONETA EN LAS MANOS DE LOS PASDARÁN Y DE LOS SECTORES ULTRA RADICALES DEL RE´GIMEN. ES EL INSTRUMENTO, LA CARA EL EJECUTOR DEL PLAN DE ACCIÓN DE LOS ULTRA-RADICALES. 

 

4. Petróleo por encima de los 100 dólares: el shock energético y el riesgo de estanflación global

Hechos:

Los futuros del petróleo crudo WTI (West Texas Intermediate, referencia estadounidense) alcanzaron los ciento ocho dólares por barril este domingo —con un pico breve de ciento diez— en su nivel más alto desde julio de 2022, mientras el Brent, referencia global, subía un dieciséis por ciento hasta la misma franja de los ciento ocho dólares. Desde el inicio de las hostilidades el 28 de febrero, el petróleo se ha encarecido más de un veinticinco por ciento. El precio medio de la gasolina en Estados Unidos alcanzó los 3,45 dólares por galón, una subida del dieciséis por ciento en una sola semana según la Asociación Americana del Automóvil (AAA, por sus siglas en inglés). El Estrecho de Ormuz, por donde transitan veinte millones de barriles diarios —el veinte por ciento de la producción mundial—, se ha convertido en zona de exclusión de facto: la media de tránsitos cayó de veinticuatro buques diarios a apenas cuatro en los primeros días. Qatar Energy paralizó exportaciones desde la mayor terminal de GNL (Gas Natural Licuado) del mundo. Arabia Saudí, los Emiratos, Kuwait e Iraq se han visto forzados a reducir producción ante la incapacidad de exportar los barriles extraídos.

Implicaciones:

Las implicaciones económicas de este shock energético son de primer orden y de alcance global, con especial severidad para Europa y Asia. Goldman Sachs ya había advertido que un cierre del Estrecho de Ormuz durante cinco semanas podría llevar el Brent hasta los cien dólares —ya superados en apenas 10 días no 5 semanas—, y proyecciones de Kpler apuntan a ciento cincuenta dólares por barril antes de que termine marzo si la situación no se normaliza. El banco de inversión Nomura ha señalado que el conflicto " hará que muchos bancos centrales mantengan los tipos de interés por ahora", enterrando las expectativas de bajada de tipos de la Reserva Federal que se esperaba en su reunión de marzo o como tarde, en verano. El aterrador término estanflación (stagflation en inglés: combinación de estancamiento económico e inflación elevada) reaparece en el vocabulario de economistas y analistas con una insistencia que no se veía desde la crisis del petróleo de los años setenta.

La analista Ipek Ozkardeskaya de Swissquote ha sintetizado el diagnóstico con precisión: "Dado que el crecimiento en la mayoría de las regiones sigue recuperándose de la pandemia, las tensiones comerciales y geopolíticas, los riesgos de estanflación pueden reaparecer dependiendo de cuánto duren las tensiones en Oriente Medio". El economista de Barclays Emmanuel Cau matiza que el shock se produce "sobre un fondo de mix crecimiento-política favorable y beneficios empresariales resilientes", lo que ofrece cierta amortiguación, pero no elimina la amenaza. Asia es el flanco más expuesto: China, India, Japón y Corea del Sur reciben el setenta y cinco por ciento del petróleo y el cincuenta y nueve por ciento del GNL que transita por el Estrecho, y sus bancos centrales afrontan el mismo dilema que el resto: subir tipos para combatir la inflación energética o mantenerlos para no ahogar el crecimiento.

Perspectivas y escenarios:

La pregunta central es de duración, no de dirección. Si el Estrecho de Ormuz se reabre en los próximos días —como prometió el secretario de Energía Wright— el shock sería severo pero absorbible, dado que las reservas estratégicas mundiales se encuentran en niveles razonables, especialmente en China. 

Si el cierre se prolonga durante semanas o meses, estaríamos ante un reordenamiento del paisaje energético global con consecuencias inflacionarias permanentes: la vuelta de la inflación acabaría con cualquier posibilidad de bajada de tipos en 2026, erosionando el consumo, el empleo y el crecimiento en la mayor parte del mundo desarrollado. El FMI estimaba que el conflicto podría añadir entre 0,7 y 0,8 puntos porcentuales de inflación en Asia; en Europa, donde los almacenes de gas natural están ya sensiblemente casi agotados (vaciados) tras el invierno, el impacto podría ser más severo aún. La paradoja es que Estados Unidos, como exportador neto de petróleo, podría beneficiarse de precios altos en sus cuentas energéticas mientras sufre en sus cuentas inflacionarias domésticas —una tensión que Trump deberá gestionar de cara a las elecciones de medio mandato (midterm elections).

 

5. Pakistán-Afganistán: guerra abierta sin perspectivas de paz

Hechos:

El conflicto entre Pakistán y el Afganistán talibán —eclipsado mediáticamente por la guerra en Irán, pero de gravedad análoga en su escala regional— no muestra señal alguna de desescalada. Islamabad lanzó la Operación Ghazab Lil Haq a finales de febrero en respuesta a ataques de las autoridades afganas sobre bases militares pakistaníes a lo largo de la Línea Durand, la frontera de 2.640 kilómetros de longitud trazada en 1893 que Kabul nunca ha reconocido como legítima. Los bombardeos pakistaníes han alcanzado Kabul, Kandahar, Paktika y bases militares en veintitrés zonas de Afganistán —por primera vez desde que los talibanes recuperaron el poder en 2021, la fuerza aérea pakistaní ataca la capital afgana—. El número de afganos desplazados supera los sesenta y seis mil según la OIM (Organización Internacional para las Migraciones), con al menos cincuenta y seis civiles muertos —veinticuatro de ellos niños— según ACNUR (la Agencia de la ONU para los Refugiados). El Ministro de Defensa pakistaní Khawaja Asif declaró formalmente el estado de "guerra abierta" el 27 de febrero, afirmando que "la paciencia de Islamabad se ha agotado".

El trasfondo del conflicto es estructural: Islamabad acusa al régimen talibán de albergar en territorio afgano al Tehrik-e-Taliban Pakistán (TTP, la facción pakistaní de los talibanes) y a Daesh/ISIS-K (Estado Islámico Provincia Khorasan), responsables de una escalada de atentados dentro de Pakistán en 2025 y 2026 que incluye una bomba suicida en una mezquita chií en Islamabad con treinta y seis muertos. Los talibanes niegan sistemáticamente ese refugio, pero su alianza histórica con el TTP hace la negación poco creíble. La pregunta de por qué Islamabad creó y alentó al talibán afgano en los años noventa para verse hoy en "guerra abierta" con él es una de las más amargas lecciones de geopolítica de la última generación.

Implicaciones:

El Atlantic Council ha publicado un análisis de Michael Kugelman fechado el 5 de marzo que concluye con una sentencia sin eufemismos: "Es difícil imaginar cualquier resultado que sea estabilizador". Los mediadores naturales del conflicto —Arabia Saudí y Qatar— están ahora demasiado absorbidos por las consecuencias de la guerra en Irán para intervenir con la dedicación necesaria, según confirma un análisis reciente que enfatiza que la probabilidad de encontrar una solución duradera es "remota, en el mejor de los casos". La India, que comercia con Afganistán a través del puerto iraní de Chabahar —donde también tiene intereses estratégicos— ve ese corredor amenazado por la inestabilidad en Irán, lo que añade una dimensión geopolítica indo-pakistaní a un conflicto ya de por sí explosivo. China ha intentado mediar, con el embajador en Kabul reunido el 4 de marzo con el canciller talibán, pero Pekín carece de palancas suficientes sobre Islamabad para imponer una solución.

Conviene no olvidar que Pakistán es una potencia nuclear con tensión permanente en su frontera oriental con India —los dos países libraron su peor conflicto desde 1971 en mayo de 2025— y que ahora afronta simultáneamente inestabilidad en su frontera occidental afgana y riesgo de contagio en Baluchistán desde la crisis iraní. Un escenario de colapso del Estado pakistaní o de guerra en dos frentes simultáneos sería una catástrofe geopolítica de proporciones incalculables dado el arsenal nuclear del país.

Perspectivas y escenarios:

El mejor escenario posible es la firma de un nuevo alto el fuego mediado internacionalmente, que los analistas del Atlantic Council consideran, en el mejor de los casos, un "parche (band-aid) provisional" que no atacaría ninguna de las causas estructurales del conflicto: la disputa sobre la Línea Durand, el refugio del TTP en suelo afgano, la expulsión forzosa de casi un millón de afganos desde Pakistán en 2025, y la instrumentalización del conflicto por parte del estamento militar pakistaní para consolidar su control sobre la política interior. El peor escenario es el de una guerra prolongada que combine con el contagio de la inestabilidad iraní en Baluchistán, la activación del flanco indo-pakistaní y la proliferación del terrorismo jihadista en toda la región, convirtiendo el corazón de Asia del Sur en un segundo arco de inestabilidad global.

 

III. RACK DE MEDIOS

La cobertura global de las últimas veinticuatro horas confirma la preeminencia del conflicto iraní y sus ramificaciones como eje central de la agenda mediática internacional, con notables diferencias de enfoque según los bloques geopolíticos de referencia.

Medios anglosajones:

The New York Times y The Washington Post mantienen una cobertura de enorme intensidad sobre el conflicto iraní, con el NYT destacando las señales de apertura frustrada de Pezeshkian —"operadores iraníes contactaron para discutir términos de fin del conflicto", según un informe que sacudió brevemente los mercados de gas europeos— y el WashPost poniendo el foco en el dilema estratégico de Washington: la ausencia de una hoja de ruta posconflicto y el peligro de repetir los errores de Irak en 2003. The Times de Londres y The Telegraph insisten en la vulnerabilidad energética europea ante la crisis del Estrecho de Ormuz y el riesgo de que la guerra iraní desencadene una nueva oleada inflacionaria que dinamite la frágil recuperación económica del continente. The Guardian adopta un tono más crítico hacia la operación, subrayando el costo humanitario en Irán y el Líbano y cuestionando la legalidad del cambio de régimen mediante campaña aérea. El Financial Times centra su análisis en las implicaciones para los bancos centrales y la posible estanflación, mientras que el Wall Street Journal equilibra la cobertura bélica con análisis de las oportunidades para el sector energético estadounidense. The Economist avanza la hipótesis de que la crisis iraní podría acelerar una reconfiguración del orden energético global a largo plazo, con el petróleo americano y árabe llenando el vacío dejado por Teherán.

Medios franceses y alemanes:

Le Monde dedica su portada a la "cuestión de legitimidad" del nombramiento de Mojtaba Jamenei, señalando la paradoja histórica de que la República Islámica —nacida contra la monarquía hereditaria— reproduzca ahora su propia lógica de sucesión dinástica. Le Figaro aplaude la firmeza de la coalición occidental y subraya la necesidad de que Francia y Europa asuman un papel más activo en la gestión del día después. Libération mantiene su escepticismo respecto a la estrategia estadounidense. Die Welt y Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ) lideran la cobertura alemana con análisis centrados en el impacto energético —Alemania depende de los mercados europeos de GNL ahora perturbados— y en las implicaciones para la política de defensa europea. Die Zeit ofrece un análisis de largo aliento sobre la reconfiguración del orden internacional que el conflicto iraní está acelerando.

Medios del Golfo y árabes:

Arab News y Asharq Al-Awsat, con las perspectivas saudí y panárabe respectivamente, documentan con evidente alarma los ataques iraníes sobre infraestructura civil del Golfo —especialmente el ataque a la desalinizadora de Bahréin— y expresan apoyo implícito a la coalición liderada por Washington, aunque con la cautela que impone la proximidad geográfica al teatro de operaciones. Al Jazeera mantiene una cobertura más crítica hacia la coalición occidental, con especial énfasis en las bajas civiles iraníes y libanesas. Gulf News UAE y Khaleej Times subrayan la necesidad de restaurar la estabilidad en el Estrecho de Ormuz como prioridad económica absoluta para los emiratos.

Medios israelíes y asiáticos:

Jerusalem Post e Israel Hayom ofrecen una cobertura triunfalista de los éxitos militares iniciales, aunque con creciente preocupación por la ausencia de un horizonte político claro. Haaretz mantiene su línea crítica respecto a los riesgos de un conflicto sin salida definida. South China Morning Post y China Daily reflejan la posición de Pekín: preocupación por el impacto sobre el suministro energético chino y llamado a la negociación, sin condena explícita a ninguna de las partes. The Times of India y Hindustan Times se centran en las amenazas al corredor comercial iraní-afgano que India utiliza para acceder a Asia Central. The Yomiuri Shimbun japonés destaca el riesgo para la seguridad energética del arco asiático ante el cierre del Estrecho.

Medios rusos y ucranianos:

Russia Today y TASS adoptan el marco narrativo de la agresión imperialista occidental, sin el menor análisis crítico del terrorismo estatal iraní. Las publicaciones ucranianas —Kyiv Post, Kyiv Independent, Ukrinform— ven con una mezcla de alivio estratégico y preocupación logística cómo el centro de gravedad de la atención mundial se desplaza momentáneamente hacia Oriente Medio, aliviando la presión sobre el frente ucraniano pero absorbiendo recursos y atención occidental que Kiev necesita.

 

IV. SEMÁFORO DE RIESGOS

🔴 ROJO — RIESGO CRÍTICO INMEDIATO

Cierre prolongado del Estrecho de Ormuz y shock energético global con derivación hacia estanflación. Escalada del conflicto iraní hacia uso de armas no convencionales o ataque sobre infraestructura saudí de alta capacidad. Extensión del conflicto Pakistán-Afganistán con riesgo de desbordamiento nuclear indirecto.

🟠 NARANJA — RIESGO ELEVADO

Consolidación de Mojtaba Jamenei como Líder Supremo y continuidad maximalmente agresiva del proyecto terrorista y nuclear iraní bajo gestión del IRGC. Activación de los Hutíes como segundo frente en el Golfo de Adén. Efecto contagio del colapso de mediadores regionales (Arabia Saudí, Qatar) que impide la desescalada en otros frentes activos.

🟡 AMARILLO — RIESGO MEDIO A VIGILAR

Posicionamiento de China y Rusia ante el conflicto iraní en foros multilaterales. Impacto inflacionario sobre las economías europeas y asiáticas con riesgo de recesión técnica en el segundo trimestre. Debilitamiento de la credibilidad de la OTAN ante la crisis si los aliados europeos no logran articular una posición común. Spillover (contagio) del terrorismo jihadista desde el arco Pakistán-Afganistán-Irán hacia Asia Central y el Cáucaso.

🟢 VERDE — FACTORES DE ESTABILIZACIÓN RELATIVA

Reservas estratégicas de petróleo mundiales en niveles razonables, especialmente en China, lo que permite absorber un shock de corta duración. Estados Unidos, como exportador neto de crudo, está comparativamente menos expuesto al shock energético. Unidad táctica de la coalición militar en torno a Washington reforzada, paradójicamente, por los ataques iraníes sobre los países del Golfo. Capacidad tecnológica y de inteligencia de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) y del CENTCOM (Comando Central de Estados Unidos) para degradar progresivamente la capacidad de ataque iraní sobre el Estrecho.

 

V. COMENTARIO EDITORIAL

Hay un momento en toda gran crisis geopolítica en que la retórica de la victoria táctica empieza a chocar con la crudeza de la realidad estratégica, y ese momento, para la Operación Epic Fury, ha llegado con inusual rapidez. Diez días después de que las bombas estadounidenses e israelíes liquidaran a Alí Jamenei en pleno Teherán, el régimen no solo sigue en pie: acaba de elegir a su sucesor más belicoso, su propio hijo, en lo que constituye una provocación deliberada tanto a Washington como al estamento clerical moderado que podría haber alumbrado una salida negociada.

El nombramiento de Mojtaba Jamenei merece ser analizado con la frialdad del analista, pero con la firmeza del demócrata que no se permite la equidistancia ante regímenes de naturaleza terrorista. Este hombre no es simplemente un clérigo de turno elevado por circunstancias excepcionales: es la encarnación del proyecto más radical del islamismo político chií, sancionado por Washington en 2019, identificado por el Tesoro estadounidense como ejecutor de las "ambiciones regionales desestabilizadoras" del régimen, señalado como responsable de la manipulación electoral de 2009 que desató el Movimiento Verde —ahogado en sangre—, vinculado operativamente al IRGC, a la Fuerza Quds y al Basij, y ahora poseedor, según todos los indicios, de depósitos de uranio altamente enriquecido que podrían destinarse al desarrollo de armamento nuclear. Que este individuo haya sido elegido porque es "odiado por el enemigo" —según explicó un miembro de la muy radical Asamblea de Expertos, el verdadero Senadeo-Interventor-Inspector del Régimen— dice todo lo que hay que saber sobre la naturaleza del régimen que Occidente tiene delante.

El error de quienes en la izquierda occidental, tanto la otrora moderada como la ultraradical —sin olvidar algunos sectores completamente disparatados de la ultraderecha paleo-aislacionista— pretenden humanizar o comprender el régimen de Teherán como si fuera un gobierno normal sometido a presiones normales es el mismo error que se cometió con la Alemania nazi en los años treinta y con la Unión Soviética en los cincuenta: confundir la racionalidad táctica del interlocutor. En efecto, el régimen iraní negocia cuando le conviene, firma acuerdos que viola con frialdad, envía señales de distensión que retira a los cinco minutos bajo presión de los radicales— con una moderación impostada que simplemente no existe. Irán no es una teocracia —definición que concede al clero una legitimidad que no se ha ganado—: es una oligarquía yihadista que utiliza el ropaje religioso como herramienta de dominación, exactamente como Daesh/ISIS o Al Qaeda, solo que, con un aparato de Estado, una economía del petróleo y una red de proxies articulada a escala regional.

En este contexto, la advertencia central de mi artículo en La Razón del pasado 8 de marzo adquiere mayor vigencia que cuando la escribí: ganar la guerra —si es que se gana, lo cual es tácticamente probable— no garantiza ganar la paz. La historia reciente de Irak, Libia y Siria debería ser suficiente para que nadie en Washington o Tel Aviv se permita el lujo del triunfalismo prematuro. El general Ortal acierta cuando afirma que “no hay precedentes para el cambio de régimen a través de una campaña aérea”. Y la advertencia de Sharan Grewal —que la presión militar externa refuerza a los sectores duros y reduce el espacio de los “moderados” (que no son otra cosa que “menos bestiales”) se confirma en tiempo real con la elección del ultra radical Mojtaba Jamenei, marioneta de los Pasdarán.

Lo que Occidente necesita construir, con urgencia, es una estrategia de transición postconflicto que involucre a la diáspora iraní, a los sectores democráticos internos aplastados durante cuarenta y cinco años de represión, a los países árabes del Golfo que tienen tanto interés como Occidente en la liquidación definitiva del proyecto yihadista de Teherán y a las instituciones multilaterales capaces de acompañar una transición democrática iraní —la primera en la historia de ese gran pueblo de civilización milenaria que merece algo infinitamente mejor que la tiranía que padece desde 1979. Sin esa estrategia, la victoria táctica será, como tantas otras veces en la historia, la antesala de un desastre geopolítico de mayor magnitud.

En cuanto al conflicto Pakistán-Afganistán, conviene no caer en la trampa de verlo como un fuego menor absorbido por el incendio mayor de Irán. Dos países nucleares —uno de ellos; Pakistán— en "guerra abierta" en el corazón de Asia del Sur, sin mediadores disponibles, sin solución estructural en el horizonte y con el riesgo de contagio talibán hacia toda la región, constituyen una amenaza geopolítica autónoma de primer orden. El terrorismo yihadista —TTP, Daesh-K, Al Qaeda en sus múltiples formatos— encontrará en esta crisis una ventana de oportunidad que no se le ofrecerá dos veces. La vigilancia sobre este frente, aunque eclipsada hoy por Oriente Medio, debe mantenerse con toda su intensidad.

El mundo que amanece este 9 de marzo de 2026 es, sin ningún eufemismo, más peligroso que el de hace dos semanas. La tarea del análisis —y la responsabilidad del periodismo comprometido con la verdad y los valores del Occidente democrático— es decirlo con claridad, sin servilismo ante las narrativas del miedo ni ante las narrativas del triunfalismo fácil.

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