La aeronave, un Bombardier Challenger 600, se estrelló al despegar de Bangor en plena tormenta de invierno

Se estrella en Maine un jet privado con ocho personas a bordo

La noche del domingo, un jet privado Bombardier Challenger 600 con ocho personas a bordo se estrelló durante la carrera de despegue en el aeropuerto internacional de Bangor, en el estado de Maine. El siniestro se produjo alrededor de las 19:45 horas locales, en plena tormenta invernal que azotaba buena parte de la costa este de Estados Unidos. De momento, las autoridades no han difundido el estado de los ocupantes ni sus identidades, en un contexto de información fragmentaria y prudencia oficial. La pista fue cerrada de inmediato, se activó un amplio dispositivo de emergencias y el tráfico aéreo se vio alterado en una instalación clave para el norte de Nueva Inglaterra. La gran incógnita ahora es doble: qué papel jugaron las condiciones meteorológicas extremas y si se tomaron las decisiones adecuadas antes de autorizar el despegue.

EPA/NORD-WEST-MEDIA TV
EPA/NORD-WEST-MEDIA TV

Un despegue en plena tormenta

Según la Federal Aviation Administration (FAA), el aparato siniestrado era un Bombardier Challenger 600, un reactor ejecutivo de cabina ancha capaz de transportar habitualmente entre 9 y 11 pasajeros, configurado en este caso para ocho ocupantes. La aeronave comenzó su carrera por la única pista de Bangor —de 11.440 pies de longitud— cuando la zona ya sufría nevadas intensas, bajas temperaturas y visibilidad reducida por la tormenta de invierno que atravesaba el noreste de Estados Unidos.

Lo que ocurrió en los segundos posteriores sigue sin estar claro. Las autoridades locales solo han confirmado que se produjo un “incidente” con un único avión en fase de salida, que los servicios de emergencia llegaron en cuestión de minutos y que el aeropuerto quedó cerrado al tráfico tras el accidente. La imagen que se desprende de los primeros testimonios y del despliegue de vehículos de rescate apunta a un impacto violento en las inmediaciones de la pista, seguido de un fuego que tuvo que ser sofocado por los equipos de extinción de la propia instalación. La ausencia de información sobre víctimas revela hasta qué punto la prioridad ha sido estabilizar la situación y asegurar el perímetro antes de dar más detalles.

El peso de la meteorología extrema

El accidente se produce en el peor momento posible desde el punto de vista operativo. El mismo sistema frontal que castigaba Maine durante el siniestro ha provocado, en todo el país, cerca de 12.000 vuelos cancelados y casi 20.000 retrasos en un solo fin de semana, además de cortes de luz que han afectado a cientos de miles de hogares en el sureste de Estados Unidos.

En Bangor, las autoridades ya habían informado de nevadas persistentes y acumulación de hielo durante la jornada del domingo, un escenario que complica tanto las operaciones de vuelo como las maniobras de despegue y aterrizaje de aeronaves de cierto tamaño. En este contexto, la gestión del hielo en las alas y superficies de control, el cálculo de las distancias de despegue en pista contaminada y la evaluación de los vientos cruzados son elementos críticos. Un fallo en cualquiera de estos parámetros puede traducirse en pérdida de control en los instantes más delicados de la operación: la rotación y el primer tramo de ascenso.

La consecuencia es clara: cada vez que un jet corporativo decide despegar en condiciones marginales, el margen de error se estrecha. Y cuando el sistema aéreo ya está tensionado por miles de incidencias simultáneas, el riesgo de que un eslabón falle —en la cabina, en la torre o en tierra— aumenta de forma preocupante.

 

Un jet corporativo veterano, bajo escrutinio

El modelo implicado en el siniestro, el Bombardier Challenger 600, es un veterano del segmento de la aviación corporativa. Entró en servicio a comienzos de los años 80 como uno de los primeros reactores de negocios con cabina suficientemente amplia para permitir al pasajero moverse con comodidad durante el vuelo. Desde entonces, la familia Challenger ha evolucionado hasta variantes más modernas, como el 604 o el 650, pero conserva una presencia significativa en el mercado de vuelos chárter y operaciones corporativas.

El historial de seguridad de estos aparatos es razonablemente sólido, pero no está exento de episodios graves. En febrero de 2024, por ejemplo, un Challenger 604 operado por la compañía Hop-A-Jet se estrelló en las inmediaciones del aeropuerto de Naples, en Florida, tras un problema de motor en aproximación, causando dos fallecidos y varios heridos. Ese accidente, todavía bajo análisis detallado, puso el foco en la combinación de aviones con cierta antigüedad, operaciones intensivas de chárter y entornos meteorológicos complejos.

Que un aparato de la misma familia haya sufrido ahora un siniestro grave en despegue, en plena tormenta invernal, reabre el debate sobre cómo se evalúan los riesgos en la aviación de negocios y hasta qué punto se ajustan los protocolos de mantenimiento, formación de tripulaciones y toma de decisiones operativas a estándares comparables a los de la aviación comercial regular.

Bangor, un pequeño hub con ambición global

Aunque Bangor no figura entre los grandes aeropuertos de Estados Unidos, su papel en la red aérea es mucho más relevante de lo que su tamaño sugiere. Situado a unos 320 kilómetros al norte de Boston, el aeropuerto funciona como escala técnica para vuelos transatlánticos, plataforma de entrada para tráfico militar y puerta de acceso para el turismo y los negocios en el norte de Nueva Inglaterra y partes del Canadá atlántico.

La instalación, de carácter civil-militar y con una única pista muy larga, registró en 2024 alrededor de 735.000 pasajeros, con un crecimiento notable en los últimos años y cifras récord tanto en 2023 como en 2025, cuando superó los 550.000 viajeros solo hasta agosto, cerca de un 20 % más que en el mismo periodo del año anterior. Bangor se financia como un “enterprise fund”: sus costes de operación se cubren con ingresos propios, fundamentalmente tasas a aerolíneas comerciales, vuelos chárter internacionales, aviación corporativa y servicios a carga.

En este contexto, un cierre total de la pista por un accidente grave no solo tiene un impacto inmediato sobre los pasajeros y las compañías que operan allí, sino también sobre los ingresos de una infraestructura que depende directamente de cada aterrizaje y cada despegue. Cuanto más prolongado sea el bloqueo, más presiones habrá para restablecer la normalidad sin comprometer las exigencias de la investigación técnica.

Un historial reciente de incidentes que preocupa

El siniestro del Challenger no es el primer golpe que sufre Bangor en los últimos meses. En agosto de 2025, un monomotor Cessna A185F se estrelló durante un intento de aterrizaje con vientos cruzados, tras golpear una luz de aproximación y la valla perimetral del aeropuerto. El piloto —único ocupante— falleció en el acto.

Que una infraestructura con un volumen de pasajeros relativamente modesto acumule en poco más de un año un accidente mortal de aviación general y un siniestro grave con jet corporativo, ambos en condiciones meteorológicas adversas, no implica un problema sistémico por sí solo. La aviación sigue siendo un medio de transporte con tasas de siniestralidad muy bajas. Sin embargo, este hecho revela que la combinación de clima duro, operaciones complejas y alta rotación de tráfico corporativo exige una atención especial en materia de gestión de riesgos.

Los analistas consultados por medios locales recuerdan que Bangor es, además, un aeropuerto de referencia para desviaciones de vuelos internacionales y militares. Una cultura de seguridad robusta no solo se mide por la respuesta a los siniestros, sino por la capacidad de aprender rápidamente de cada incidente, revisar procedimientos y ajustar la formación de tripulaciones y controladores.

Protocolos de seguridad bajo la lupa

La NTSB (National Transportation Safety Board) ha asumido, junto con la FAA, la investigación del accidente. En los próximos días, los expertos analizarán los restos del fuselaje, la trayectoria en pista, los sistemas de la aeronave y las grabaciones de voz y datos de vuelo, si están disponibles. El foco inevitable será la interacción entre la tripulación, el control de tráfico aéreo y las condiciones de pista en el momento del despegue.

En informaciones preliminares difundidas por medios estadounidenses se apunta a comunicaciones previas al despegue sobre preocupaciones de deshielo y baja visibilidad, así como a la rapidez con la que todo se torció tras la autorización para la salida. En una de las transmisiones citadas por la prensa, los controladores describen que el aparato estaba “upside down”, boca abajo, apenas minutos después de iniciar la carrera.

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