Los científicos sitúan a la humanidad en su punto de riesgo más alto

El Reloj del Juicio Final cae a 85 segundos

La humanidad nunca había estado tan cerca de su propio colapso. El Reloj del Juicio Final, el símbolo creado en 1947 por el Boletín de Científicos Atómicos, se ha ajustado a 85 segundos para la medianoche, su posición más alarmante desde que existe. En solo doce meses, las manecillas han avanzado cuatro segundos, un movimiento inusualmente brusco que los expertos interpretan como el reflejo de un deterioro acelerado del contexto geopolítico y tecnológico. Detrás del nuevo ajuste se acumulan una carrera armamentística nuclear reactivada, guerras abiertas en varias regiones, emisiones de CO₂ en máximos históricos y el uso masivo de la IA para manipular la opinión pública. El mensaje es inequívoco: el riesgo existencial ya no es una hipótesis remota, sino un escenario compatible con la década que comienza. La pregunta, admiten los científicos, es si los gobiernos reaccionarán antes de que el reloj llegue a cero.

El Reloj del Juicio Final cae a 85 segundos
El Reloj del Juicio Final cae a 85 segundos

Un símbolo extremo de vulnerabilidad global

El Reloj del Juicio Final nunca ha sido un instrumento de predicción, sino un termómetro político y científico. Su nueva marca de 85 segundos para la medianoche condensa, en una imagen simple, la sensación de que el sistema internacional acumula riesgos que ya no se neutralizan entre sí, sino que se retroalimentan.

Los científicos del Boletín apuntan a un cóctel de amenazas: el deterioro de las relaciones entre Estados Unidos, Rusia y China; la erosión de los acuerdos de control armamentístico; las guerras en Ucrania y Oriente Medio; el encallamiento de la gobernanza climática; y la irrupción de la inteligencia artificial generativa como nuevo vector de desinformación y propaganda.

Lo relevante, subrayan, no es solo la lista de riesgos, sino el fracaso sistemático de los mecanismos diseñados para contenerlos. La ONU se muestra impotente ante los vetos cruzados, los foros de desarme llevan años bloqueados y las grandes potencias priorizan agendas nacionalistas a corto plazo. El Reloj funciona así como un espejo incómodo: no mide la malignidad de la tecnología, sino la incapacidad política para gestionarla. Y su último movimiento sugiere que esa incapacidad ya se ha convertido en un riesgo en sí misma.

De los 17 minutos a los 85 segundos

El contraste histórico es demoledor. En 1991, tras el fin de la Guerra Fría y la firma de los primeros grandes acuerdos de desarme, el Reloj del Juicio Final llegó a situarse a 17 minutos de la medianoche, su punto más alejado del desastre. Hoy, tres décadas después, el margen se ha reducido a apenas un minuto y 25 segundos, el dato más apretado jamás registrado.

El recorrido no ha sido lineal. Desde 2017, cuando el reloj se colocó a 2 minutos y medio, las sucesivas crisis –la retirada de tratados clave, los ensayos de Corea del Norte, la invasión rusa de Ucrania, el auge del autoritarismo y el bloqueo de la agenda climática– han ido empujando las manecillas hacia adelante casi cada año. En 2020 se estrenó la unidad de los segundos para reflejar un nivel de riesgo «sin precedentes». En 2023 se fijó en 90 segundos y en 2025 en 89; ahora el salto a 85 segundos certifica un empeoramiento notable en muy poco tiempo.

Este recorrido revela algo más profundo: el periodo de optimismo estratégico posterior a la caída del Muro ha terminado. Donde antes predominaban las narrativas de cooperación y desarme gradual, hoy domina la lógica del rearme preventivo, la desconfianza y el cálculo de fuerza. La consecuencia es clara: el mundo vuelve a parecerse más a los años 50 que a los 90, pero con tecnologías mucho más peligrosas, interdependencias económicas densas y un sistema informativo permanentemente inflamable.

Carrera nuclear y tratados al borde del abismo

La nueva hora del Reloj no se entiende sin la reactivación de la carrera nuclear. Según datos recientes, el mundo acumula en torno a 12.200 armas nucleares, de las que cerca de 9.600 estarían en arsenales militares listos para su eventual uso, y unas 2.100 se mantienen en alerta operativa alta, principalmente en misiles balísticos de Estados Unidos y Rusia.

Lejos de avanzar hacia el desarme, las nueve potencias nucleares modernizan y, en algunos casos, amplían sus arsenales. China, por ejemplo, añade alrededor de 100 cabezas nucleares al año y podría alcanzar una capacidad de misiles intercontinentales similar a la de Washington y Moscú antes de 2030. Mientras, el tratado New START, último gran acuerdo que limita los desplegables estratégicos de EE.UU. y Rusia, se dirige a su expiración sin una vía clara de renovación.

Lo más grave, alertan los expertos, es la combinación de nuevas tecnologías, sistemas automatizados de mando y tiempos de decisión cada vez más cortos. La digitalización del conflicto, el uso de IA en sistemas de alerta temprana y la creciente opacidad en torno a pruebas y doctrinas aumentan el riesgo de un error de cálculo o de una escalada accidental. El proyecto de defensa antimisiles impulsado por la Administración Trump –la llamada ‘Cúpula Dorada’– añade una capa más de tensión, al incentivar a otros actores a desarrollar armas capaces de sortear ese escudo, incluida la militarización del espacio. El diagnóstico es inequívoco: la arquitectura de seguridad nuclear del siglo XX se está desmoronando antes de que exista una alternativa para el XXI.

Clima desbocado y una transición energética tambaleante

El Reloj no solo mira al átomo. El Boletín incorpora desde hace años el cambio climático como amenaza existencial al mismo nivel que la guerra nuclear. En 2023, las emisiones de CO₂ vinculadas a la energía alcanzaron un récord de 37,4 gigatoneladas, tras crecer un 1,1% en un solo año. Y las proyecciones más recientes apuntan a nuevos máximos en 2024 y 2025, situando las emisiones totales –incluida la deforestación– por encima de los 41.000 millones de toneladas anuales.

La consecuencia es conocida: una secuencia de años récord de temperatura, fenómenos meteorológicos extremos encadenados, pérdida acelerada de hielo y estrés hídrico en grandes regiones agrícolas. Pero el Reloj no descuenta solo el impacto físico del calentamiento; también incorpora la incapacidad política para corregir la trayectoria. A pesar de las cumbres climáticas y las promesas de neutralidad en 2050, las grandes economías siguen aprobando nuevos proyectos fósiles, aplazando reformas fiscales verdes y relanzando subsidios al petróleo y al gas cuando sube el precio de la energía.

Para la economía global, el riesgo es doble: un coste físico creciente –infraestructuras dañadas, cadenas de suministro interrumpidas, primas de riesgo al alza– y un coste de transición cada vez mayor si se actúa tarde y a golpe de emergencia. El ajuste del Reloj a 85 segundos incorpora esa idea: el tiempo para una transición ordenada que compatibilice crecimiento y descarbonización se está agotando.

Inteligencia artificial y el “Armagedón informativo”

La gran novedad del último ajuste es el peso explícito otorgado a la inteligencia artificial y al ecosistema digital. Los científicos advierten de que las plataformas de IA generativa y las redes sociales, sin controles efectivos, se han convertido en multiplicadores de desinformación, erosionando la capacidad de las sociedades para distinguir hechos de propaganda.

La periodista filipina y Nobel de la Paz Maria Ressa lo resumió en la presentación del nuevo horario: vivimos en un “Armagedón informativo” donde los modelos de negocio premian la polarización, el odio y la mentira porque generan más tiempo de pantalla. En ese contexto, la IA no es solo una herramienta neutra, sino una palanca que abarata y escala campañas de manipulación política, ataques a procesos electorales y operaciones de guerra psicológica.

Este hecho revela una fragilidad democrática de fondo. Cuando la esfera pública se ve inundada de contenidos falsos, las respuestas racionales a riesgos complejos –como la pandemia, el clima o el desarme– se vuelven casi imposibles. La desconfianza hacia instituciones, científicos y medios se dispara, y los espacios se llenan de narrativas conspirativas o nacionalistas. El Boletín no discute la utilidad de la IA para la ciencia o la economía; lo que subraya es la ausencia de reglas mínimas globales sobre transparencia algorítmica, trazabilidad de contenidos o responsabilidad de las plataformas. Sin ese blindaje, la IA se convierte en un factor más que empuja las manecillas hacia la medianoche.

El coste económico de vivir al borde del colapso

Aunque el Reloj se presenta en clave simbólica, sus implicaciones económicas son muy concretas. Un mundo a 85 segundos de la medianoche es un mundo donde las primas de riesgo geopolítico aumentan, la inversión a largo plazo se encarece y las aseguradoras comienzan a retirar coberturas de zonas enteras por climáticamente inviables o políticamente inestables.

El resurgir de la carrera nuclear implica programas de modernización valorados en cientos de miles de millones de dólares en las próximas dos décadas, recursos que se detraen de infraestructuras civiles, innovación o transición verde. Al mismo tiempo, la falta de estabilidad normativa sobre IA y clima genera un entorno de incertidumbre regulatoria que frena determinadas inversiones y favorece la deslocalización hacia jurisdicciones con estándares más laxos.

Para Europa, y para España en particular, la foto es incómoda: dependencia energética todavía elevada, exposición a eventos climáticos extremos en el Mediterráneo, aumento del gasto en defensa y vulnerabilidad a campañas de desinformación dirigidas contra sus procesos electorales y su política energética. La consecuencia es un escenario donde los riesgos sistémicos dejan de ser fondo de pantalla y empiezan a condicionar decisiones empresariales tan básicas como dónde producir, qué asegurar o cómo valorar activos.

Qué tendría que pasar para alejar las manecillas

El Boletín insiste en que el Reloj no es una profecía inamovible. Cada vez que en el pasado se han retrasado las manecillas ha sido porque se han tomado decisiones políticas concretas: desde tratados de desarme verificables hasta acuerdos climáticos ambiciosos y creíbles.

En este momento, los científicos señalan varios puntos de inflexión posibles. El primero, un acuerdo de emergencia entre Estados Unidos y Rusia para extender o sustituir el New START y reactivar canales de diálogo estratégico, incorporando a China a un marco mínimo de transparencia. El segundo, un giro real en la política climática que implique eliminar subsidios a combustibles fósiles, generalizar precios efectivos al carbono y acelerar la inversión en redes eléctricas, almacenamiento y eficiencia. El tercero, la construcción de una gobernanza global de la IA que obligue a identificar contenidos sintéticos, limite su uso en campañas políticas y exija responsabilidad a las plataformas.

Nada de esto es fácil, pero el Boletín recuerda que el Reloj ya se ha alejado de la medianoche en otras etapas. La diferencia ahora es el tiempo disponible: cada año de inacción reduce el margen para soluciones graduales y aumenta la probabilidad de respuestas abruptas, tanto en seguridad como en clima y regulación tecnológica.

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