Las redes hablan de explosiones, pero los científicos describen grietas por helada

La verdad de los árboles que “explotan” por el frío

La imagen es poderosa: una mañana gélida en Estados Unidos, un tronco rajado de arriba abajo y un estampido seco que muchos comparan con un disparo. En cuestión de horas, el concepto de “árboles que explotan por el frío” se viraliza en redes sociales, acompañado de vídeos, memes y advertencias apocalípticas aprovechando la última tormenta invernal que azota a más de medio país. Sin embargo, detrás de ese lenguaje inflamado hay un fenómeno muy real, pero mucho más prosaico: las llamadas grietas por helada. Lejos de ser un estallido violento, se trata de una respuesta física del árbol a descensos bruscos de temperatura que provocan tensiones extremas en la madera. El resultado puede sonar espectacular, sí, pero la ciencia insiste en que lo importante no es el ruido, sino entender qué está ocurriendo realmente y qué riesgos son los que de verdad importan.

La verdad de los árboles que “explotan” por el frío
La verdad de los árboles que “explotan” por el frío

El mito viral de los “árboles explosivos”

El arranque de la última gran tormenta invernal en Estados Unidos ha sido el caldo de cultivo perfecto para un nuevo mito climático. Varios meteorólogos activos en redes y usuarios anónimos comenzaron a compartir mensajes alertando de que los árboles podían “explotar” por el frío extremo, acompañados de imágenes de troncos abiertos y audios con fuertes crujidos. El término se propagó con rapidez: encaja con la lógica de las redes, donde la exageración se convierte en combustible para clics y reproducciones.

Sin embargo, los expertos consultados por medios locales y nacionales son claros: los árboles no explotan como si fueran pequeñas bombas naturales. Ocurre algo menos cinematográfico, aunque igualmente interesante desde el punto de vista científico. El lenguaje no es inocente. Hablar de explosiones sugiere fragmentos de madera volando a alta velocidad y un peligro inmediato para cualquiera que pase cerca. La realidad es que, en la mayoría de los casos, la corteza se abre, suena un estruendo y ahí termina el episodio.

Este fenómeno, puntual pero recurrente en olas de frío extremo, se conoce desde hace décadas. Lo nuevo no son las grietas, sino la manera en que la conversación pública se deforma cuando pasa por el filtro de la viralidad. El resultado es una mezcla de miedo, fascinación y desinformación que nada ayuda a gestionar mejor los riesgos reales del invierno.

 

Qué es realmente una grieta por helada

Lo que las redes llaman explosiones, la ciencia lo denomina “frost cracks” o grietas por helada. El mecanismo es más sencillo de lo que parece. Durante el otoño, los árboles de zonas templadas y frías entran en un proceso de adaptación: reducen su actividad, ajustan la circulación de savia y modifican su fisiología interna para soportar temperaturas bajo cero. El problema surge cuando el termómetro cae demasiado deprisa.

Si en pocas horas se pasa, por ejemplo, de 5 ºC a -15 ºC, la madera y la corteza no tienen margen suficiente para adaptarse gradualmente. La savia y el agua contenidas en los tejidos comienzan a congelarse de forma desigual. La parte exterior del tronco se enfría antes que el interior, lo que genera una tensión brutal entre capas. Cuando esa tensión supera la resistencia mecánica de la madera, el tronco se abre siguiendo líneas de debilidad, normalmente en sentido vertical.

El resultado visible es una cicatriz larga y dentada, a menudo acompañada de un sonido seco y muy intenso. En algunos casos, la grieta puede alcanzar varios centímetros de ancho y extenderse a lo largo de buena parte del tronco. Con el tiempo, si el árbol sobrevive, esa herida tenderá a cerrar parcialmente y quedará como una marca permanente de ese episodio extremo de frío.

La física del agua que se expande al congelarse

En el origen de todo está una propiedad bien conocida: el agua se expande alrededor de un 9% cuando pasa de estado líquido a sólido. En el interior de un árbol, esa expansión no ocurre en un recipiente vacío, sino en un sistema complejo de conductos, vasos y células vivas rodeadas de paredes rígidas. Cuando la temperatura se desploma, esa red hidráulica se ve sometida a presiones extraordinarias.

En la práctica, la savia no es agua pura, sino una mezcla de azúcares y otros solutos que rebajan el punto de congelación. Eso explica por qué muchos árboles soportan sin daños aparentes temperaturas de -10 ºC o -15 ºC. El problema aparece cuando los descensos son muy bruscos o se alcanzan valores más extremos, por ejemplo por debajo de -20 ºC en determinadas especies sensibles.

Los expertos comparan este proceso con lo que ocurre cuando una lata de refresco olvidada en el congelador termina reventando. La presión interna aumenta hasta que el envase cede por el punto más débil. En el caso del árbol, ese “envase” es la combinación de corteza y madera interna. No hay fuego, no hay combustión, no hay onda expansiva: solo un material rígido incapaz de acomodar el volumen extra generado por el hielo.

Este hecho revela hasta qué punto pequeñas propiedades físicas pueden traducirse en escenas espectaculares cuando se combinan con episodios de clima extremo, cada vez más frecuentes y mediáticos.

Cuándo y dónde es más probable que ocurra

Las grietas por helada no aparecen de forma aleatoria. Se concentran en situaciones muy concretas: descensos rápidos de más de 10 ºC en unas pocas horas, noches especialmente despejadas que favorecen la pérdida de calor y ondas de aire ártico que empujan el termómetro muy por debajo de los valores normales de la región. En la reciente tormenta invernal, amplias zonas del Medio Oeste y la costa Este de EE.UU. registraron estas condiciones.

No todas las especies reaccionan igual. Cerezos, tilos, arces y ciertas coníferas parecen especialmente propensos a desarrollar este tipo de grietas, mientras que otras especies muestran una mayor capacidad para redistribuir la tensión interna sin romperse. La edad y el tamaño del árbol también cuentan: los ejemplares adultos, con troncos más gruesos y tejidos menos flexibles, tienen más probabilidades de sufrir aperturas visibles.

El contexto urbano puede agravar el problema. Árboles aislados en parques, avenidas o campus universitarios están más expuestos a las variaciones bruscas de temperatura que los ejemplares de un bosque denso, donde el efecto masa actúa como escudo térmico. En zonas donde el termómetro se mantiene de forma crónica entre -5 ºC y -10 ºC durante semanas, pero sin grandes sobresaltos, las grietas por helada son paradójicamente menos frecuentes que en lugares con oscilaciones extremas en periodos cortos.

¿Peligro real o ruido espectacular?

La pregunta que muchos se hacen al ver estos vídeos es sencilla: ¿es peligroso estar cerca cuando un árbol “se abre” por el frío? Los especialistas son bastante claros. El estampido puede ser tan fuerte que asuste a cualquiera que pase por allí, pero en la mayoría de los casos no hay fragmentos de madera saliendo despedidos ni troncos que “explosionen” hacia el entorno.

Lo habitual es que la corteza se separe bruscamente, generando la grieta y el sonido, y que el árbol permanezca en pie. Las escenas de destrucción que sugiere la palabra explosión rara vez se corresponden con la realidad del fenómeno. No obstante, sí pueden existir riesgos indirectos. Un tronco debilitado por varias grietas sucesivas podría volverse más vulnerable a futuras tormentas de viento o a cargas excepcionales de nieve.

Para el viandante, la principal recomendación no es huir de los árboles por miedo a que estallen, sino evitar refugiarse bajo ramas pesadas durante episodios de hielo o nieve húmeda. El contraste con el relato de las redes resulta demoledor: mientras se viralizan los “árboles explosivos”, pasan más desapercasdos los avisos sobre la caída de ramas y copas, responsable cada año de daños materiales y de un número pequeño pero constante de víctimas.

El impacto en la salud del árbol a medio plazo

Que el árbol no “explote” no significa que el fenómeno sea inocuo para su salud. Una grieta por helada es, en esencia, una herida abierta que rompe la barrera protectora de la corteza y deja expuesta la madera interna. A partir de ese momento, el riesgo de ataque por insectos, hongos y bacterias se dispara. La herida se convierte en vía de entrada para patógenos que, con el tiempo, pueden provocar pudriciones internas.

La consecuencia es un debilitamiento estructural gradual. Incluso si el árbol sigue brotando y aparenta buena salud en primavera, su resistencia mecánica puede verse comprometida. En zonas urbanas, esto obliga a los servicios de jardinería a revisar periódicamente los ejemplares con cicatrices antiguas: en algunos casos, la única opción segura es una poda drástica o incluso el apeo controlado.

No obstante, el diagnóstico no es necesariamente fatalista. Muchas especies tienen una notable capacidad de compartimentación: generan nuevo tejido alrededor de la grieta, formando rebordes que intentan “sellar” la herida con los años. En árboles jóvenes y vigorosos, una sola grieta por helada no suele suponer una sentencia de muerte. En ejemplares muy viejos o ya debilitados por sequías, plagas u otras tensiones, puede ser el factor que incline la balanza.

El verdadero riesgo: ramas y copas cargadas de hielo

Mientras la conversación pública se distrae con los supuestos estallidos de troncos, los expertos subrayan otro peligro mucho más tangible: el peso del hielo y la nieve húmeda sobre ramas y copas. En una tormenta invernal intensa, una capa de apenas unos centímetros de hielo puede añadir varias toneladas de carga a un árbol de gran porte.

Los pinos de hoja larga, por ejemplo, son especialmente vulnerables: sus agujas actúan como pequeñas superficies de captura de hielo, acumulando más peso que otras coníferas de acículas cortas. Lo mismo ocurre con árboles aislados de copa amplia que crecen en jardines o junto a viviendas: al no compartir espacio con otros ejemplares, desarrollan ramas más largas y horizontales, con mayor área de exposición.

Aquí sí hablamos de un riesgo directo y bien documentado: ramas que se parten y caen sobre coches, tejados, líneas eléctricas o zonas de paso. Cada gran tormenta invernal en Norteamérica deja un reguero de incidentes de este tipo, con interrupciones de suministro, daños económicos y, en casos extremos, heridos o fallecidos. La consecuencia es clara: desde el punto de vista de la seguridad ciudadana, importa más vigilar las copas que escuchar los troncos.

Comentarios