Trump promete un Dow Jones en 100.000 puntos antes de 2029
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a elegir la bolsa como escaparate político. En un mensaje publicado en Truth Social, el mandatario ha pronosticado que el Dow Jones alcanzará 100.000 puntos antes de que termine su mandato. «REMEMBER, TRUMP WAS RIGHT ABOUT EVERYTHING! I hope the United States Supreme Court is watching», escribió, en alusión al inminente pronunciamiento de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre la legalidad de sus aranceles generalizados a terceros países.
El mensaje llega justo cuando el índice ha cerrado por primera vez por encima de los 50.000 puntos, tras un salto de más de 1.200 puntos y un alza en torno al 2,5% en la sesión del 6 de febrero. La consecuencia es clara: Trump intenta apropiarse políticamente del rally y transformar un hito bursátil en un plebiscito sobre su agenda económica. La gran incógnita es qué condiciones —y qué riesgos— exige realmente un Dow en 100.000 puntos en menos de cuatro años.
Un mensaje para el Supremo con la bolsa como altavoz
El propio texto del presidente deja poco margen a la interpretación: la referencia explícita a la Corte Suprema convierte el récord del Dow en un argumento político de primer orden. Trump no solo celebra el máximo histórico; lo presenta como prueba de que sus aranceles masivos y su estrategia de presión comercial sobre aliados y rivales funcionan, precisamente cuando los jueces deben pronunciarse sobre la legalidad de esas medidas.
El cálculo político es evidente. Si la economía aguanta y Wall Street marca máximos, el presidente pretende colocar al tribunal ante una disyuntiva incómoda: avalar su arquitectura arancelaria o asumir el coste de «poner en riesgo» la bonanza bursátil. En su narrativa, una corrección del mercado tras un fallo adverso sería atribuida inmediatamente al Supremo, no a una sobrevaloración previa ni a los desequilibrios acumulados.
Este hecho revela hasta qué punto la Casa Blanca ha convertido la evolución de los índices en un termómetro político diario. Trump ya utilizó el Dow como barómetro de éxito durante su primer mandato, y ahora redobla la apuesta con una cifra icónica: 100.000 puntos, el doble del nivel actual. La presión sobre los jueces se envuelve así en euforia financiera y titulares fáciles, pero el diagnóstico económico real es mucho más complejo.
Un Dow en máximos históricos: de los 40.000 a los 50.000 puntos
La promesa llega en un momento especialmente dulce para la renta variable estadounidense. El Dow Jones Industrial Average cerró el 6 de febrero por encima de los 50.000 puntos por primera vez en su historia, con un avance de 1.206 puntos en una sola sesión y una subida acumulada en torno al 4,3% en lo que va de año. La escalada actual se suma al hito de los 40.000 puntos alcanzado en mayo de 2024, cuando el índice cruzó ese umbral en medio de una combinación de recortes de tipos, beneficios empresariales robustos y el tirón de los valores ligados a la inteligencia artificial.
El contraste con otros periodos resulta llamativo. El Dow tardó casi dos décadas en pasar del entorno de los 10.000 puntos en 1999 a superar de forma sostenible los 20.000, algo que no sucedió hasta enero de 2017. Posteriormente, el salto a los 30.000 se produjo en 2020, en plena salida de la crisis del Covid y con un estímulo monetario y fiscal sin precedentes. Sin embargo, el tramo de 40.000 a 50.000 ha sido el más rápido de la serie: apenas año y medio, impulsado por la rotación hacia valores cíclicos, los gigantes industriales y el relato de la «economía de la IA».
La consecuencia es clara: el mercado llega al «punto de partida» de la promesa de Trump tras un ciclo ya exuberante, no desde niveles deprimidos. Eso hace mucho más exigente la meta de duplicar el índice en tan poco tiempo.
Lo que supone doblar el índice en un solo mandato
Pasar de 50.000 a 100.000 puntos en el Dow en lo que resta de mandato implicaría, a grandes rasgos, que el índice duplicase su valor en unos tres años. Traducido a tasas anuales, hablamos de revalorizaciones cercanas al 24-25% compuesto cada año, muy por encima de la media histórica de la bolsa estadounidense, que se sitúa en torno al 7-8% real a largo plazo.
Incluso en periodos de euforia, como el boom de finales de los noventa, los retornos anuales rara vez se sostienen a esos niveles durante tanto tiempo sin que medie una corrección severa posterior. Entre 2009 y 2019, uno de los mayores ciclos alcistas de la historia reciente, el S&P 500 —un índice más representativo que el Dow— ofreció rentabilidades de alrededor del 13-14% anual, partiendo desde los mínimos de la crisis financiera. Para que el Dow alcance los 100.000 puntos en 2029, tendría que casi duplicar esa dinámica partiendo, además, de máximos históricos.
Este hecho revela la naturaleza política, más que técnica, del objetivo. No es una previsión basada en modelos de beneficios, tipos de interés y productividad, sino un número redondo diseñado para enviar un mensaje de confianza absoluta en la «economía Trump». El riesgo es que una promesa de ese calibre eleve todavía más las expectativas del inversor minorista, alimentando comportamientos de complacencia que ya se han visto antes… y que suelen terminar mal.
La palanca de los aranceles y la ‘economía Trump’
En su mensaje, Trump vuelve a insistir en que el rally bursátil es consecuencia directa de su política comercial. El presidente defiende que los aranceles amplios sobre «naciones extranjeras» han protegido a la industria estadounidense, reforzado el empleo manufacturero y mejorado la balanza comercial, y que la reacción de la bolsa validaría esa estrategia.
Sin embargo, el diagnóstico es mucho menos inequívoco. Los beneficios empresariales que empujan hoy al Dow vienen en buena medida de grandes multinacionales con cadenas de suministro globales, que sufren el aumento de costes derivado de la guerra arancelaria. Al mismo tiempo, el repunte del índice refleja expectativas de recortes de tipos por parte de la Reserva Federal, el efecto de programas masivos de gasto público y la explosión de beneficios en sectores ligados a la IA y a la automatización industrial.
Lo más grave, desde la perspectiva macroeconómica, es que el uso político de los aranceles introduce una capa adicional de incertidumbre regulatoria. Un fallo adverso del Supremo podría obligar a replantear buena parte del entramado jurídico que sostiene esa estrategia, con implicaciones directas para empresas exportadoras, importadores de bienes intermedios y consumidores, que ya soportan parte del coste vía precios más altos.
Riesgos de un rally sin descanso: inflación, tipos y burbujas
La promesa de un Dow en 100.000 puntos se formula en un contexto de tipos de interés todavía relativamente altos, inflación moderada pero no completamente controlada y una deuda pública estadounidense que roza el 120% del PIB. Forzar, desde el discurso político, un escenario de subida casi parabólica de los activos financieros podría alimentar desequilibrios difíciles de gestionar.
Un mercado que descontara de forma acrítica ese objetivo tendería a inflar múltiplos de valoración ya exigentes, especialmente en sectores que concentran el peso del índice. Buena parte del impulso reciente procede de compañías industriales y tecnológicas de gran capitalización cuyo PER se ha estirado de forma notable tras el boom de la IA y la reconstrucción de cadenas de valor.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: Europa y parte de Asia aún no han recuperado, en términos reales, los máximos previos a la crisis financiera, mientras Estados Unidos encadena récord tras récord. Esa divergencia plantea dudas sobre la sostenibilidad de un modelo en el que la riqueza financiera se concentra en una parte del electorado y el resto de la población apenas percibe mejoras en salarios reales o acceso a vivienda. Un Dow en 100.000 puntos podría agrandar esa brecha si no va acompañado de mejoras tangibles en la economía real.
Lecciones de otros ciclos: de 10.000 a 30.000 puntos
La historia del propio Dow ofrece lecciones incómodas para cualquier relato triunfalista. El índice superó los 10.000 puntos por primera vez en marzo de 1999, en pleno auge de la burbuja puntocom. Sin embargo, una década después, seguía moviéndose en niveles similares tras dos desplomes severos: el pinchazo tecnológico y la crisis financiera de 2008. Para muchos inversores, aquella fue literalmente la «década perdida».
El salto a los 20.000 puntos en enero de 2017 llegó tras años de expansión monetaria y fiscal, y ya entonces se presentó como un aval a la agenda de desregulación y rebajas fiscales asociada a Trump. La ruptura de los 30.000 puntos en noviembre de 2020, en plena pandemia, se apoyó en expectativas de vacunas, estímulos masivos y tipos cero, no en un aumento súbito de la productividad.
El diagnóstico es claro: los grandes hitos del Dow suelen coincidir con momentos de euforia política y financiera que, a posteriori, se observan con mucha más cautela. Las cifras redondas tienen un fuerte componente psicológico —facilitan titulares, discursos y gestos simbólicos—, pero dicen poco por sí mismas sobre la salud de la economía subyacente. Recordarlo es esencial cuando se proyectan objetivos tan ambiciosos como los 100.000 puntos.
