Netflix se dispara un 7% tras renunciar a comprar WBD
La decisión más aplaudida por Wall Street este viernes no ha sido cerrar una gran operación, sino romperla. Las acciones de Netflix suben más de un 7% en el ‘premarket’ después de que la compañía haya confirmado que no igualará la oferta de 111.000 millones de dólares presentada por Paramount Skydance para hacerse con Warner Bros. Discovery (WBD), que el consejo de la matriz de HBO y CNN considera ya una “propuesta superior”. La plataforma de ‘streaming’ había pactado previamente una operación valorada en torno a 83.000 millones, centrada solo en los activos de estudio y ‘streaming’, pero ha optado por no entrar en una guerra de chequera que hubiera tensionado su balance durante años. Como compensación, Netflix se asegura un ‘breakup fee’ de 2.800 millones que será cubierto por Paramount si la fusión con WBD se consuma, una suerte de prima por haberse retirado a tiempo.
La reacción inmediata de los inversores funciona como un plebiscito. Netflix avanzaba en la preapertura más de un 7%, hasta rondar los 91 dólares por acción, tras comunicar que no igualaría la oferta de Paramount Skydance y que daba por rota la operación con WBD. La subida llegó a superar el 10% en negociación fuera de horario, según distintas plataformas de mercado.
Lo más relevante no es el porcentaje, sino el mensaje de fondo: el mercado ha decidido que no comprar Warner Bros. Discovery es, en términos financieros, una buena noticia. El temor de muchos analistas pasaba por ver a Netflix asumiendo un apalancamiento muy superior al actual para financiar una operación de más de 80.000 millones, con una integración compleja y un calendario regulatorio largo y lleno de incógnitas. En su lugar, la compañía preserva capacidad de maniobra, evita un choque frontal con los reguladores y se asegura una entrada de caja extraordinaria vía compensación por ruptura de acuerdo.
Este hecho revela que la nueva sensibilidad de los inversores en el sector tecnológico y mediático pasa por priorizar márgenes y retorno sobre el capital, incluso si eso implica renunciar a operaciones que, sobre el papel, podrían reforzar el catálogo de contenidos o la escala global de la compañía.
La batalla por Warner Bros. Discovery
El desenlace llega tras meses de una batalla corporativa que ha puesto a Hollywood patas arriba. Netflix logró primero el acuerdo con WBD para hacerse con los activos de estudio y ‘streaming’, valorados en unos 83.000 millones de dólares, con una oferta de 27,75 dólares por acción.
La jugada parecía encajar con la lógica de la plataforma: reforzar su catálogo con franquicias como Harry Potter, Batman o el universo HBO, sin cargar con la pesada herencia de los canales tradicionales de cable. Sin embargo, Paramount Skydance irrumpió con una propuesta de carácter mucho más agresivo: 31 dólares por acción, todo en efectivo, y por el 100% de WBD, incluyendo cadenas como CNN, Discovery o Cartoon Network.
El consejo de Warner declaró la oferta de Paramount como “superior” y activó un periodo de varios días en el que Netflix tenía derecho a mejorar sus términos. La compañía ha decidido no hacerlo. “Hemos sido siempre disciplinados y, al precio necesario para igualar la oferta de Paramount Skydance, la operación deja de ser atractiva”, resumieron sus co-consejeros delegados, Ted Sarandos y Greg Peters, en un comunicado.
La consecuencia es clara: Netflix cede el terreno de los megafusiones de estudio a un competidor dispuesto a asumir más riesgo, a cambio de reforzar su narrativa de prudencia financiera ante los mercados.
Disciplina financiera frente al riesgo de una megaopa
La clave de la decisión reside en el coste de oportunidad y en el nivel de endeudamiento que habría supuesto igualar o superar los 111.000 millones de Paramount. Incluso para una compañía del tamaño de Netflix, con más de 260 millones de suscriptores globales y un flujo de caja libre creciente, absorber una operación de este calibre habría supuesto multiplicar su ratio de deuda sobre EBITDA y tensionar su calificación crediticia durante años.
El contraste con la etapa previa de tipos de interés ultrabajos es demoledor: hace una década, una operación similar se habría financiado con deuda barata y abundante, confiando en que el crecimiento del ‘streaming’ tapara cualquier exceso. Hoy, con el dinero más caro y los inversores exigiendo rentabilidad y recompras de acciones, el margen para apuestas colosales es menor.
El diagnóstico es inequívoco: la dirección de Netflix ha concluido que desviar decenas de miles de millones a una integración compleja y politizada generaría menos valor para el accionista que seguir reforzando su modelo actual, combinando producciones propias, acuerdos de licencia selectivos y ajustes de precios y suscripciones compartidas.
En paralelo, la compañía evita colocarse en el centro de un huracán regulatorio en Estados Unidos y Europa, donde un gigante integrado verticalmente con estudios, canales y la mayor plataforma global de ‘streaming’ habría sido examinado al milímetro por las autoridades de competencia.
El premio de consolación: 2.800 millones en ‘breakup fee’
Aunque pierde la puja por WBD, Netflix no sale con las manos vacías. El contrato inicial con Warner Bros. Discovery incluía una cláusula de compensación de 2.800 millones de dólares en caso de que el grupo rompiera el acuerdo para aceptar una oferta superior. Paramount Skydance se ha comprometido a asumir esa factura como parte de su propuesta, lo que deja a Netflix en la inusual posición de cobrar miles de millones por una operación que no llegará a ejecutar.
En un entorno en el que la compañía ya había prometido aumentar las recompras de acciones y mantener una política de inversión selectiva en contenidos, este flujo de caja adicional actúa como un amortiguador estratégico. Una parte puede destinarse a reducir deuda, otra a reforzar el presupuesto de producción en mercados clave —Europa y Asia, especialmente— y otra a mejorar la retribución al accionista.
Lo más grave para sus competidores es que Netflix consigue además enviar un mensaje de fortaleza: puede permitirse renunciar a una gran adquisición y, aun así, salir con más liquidez y una narrativa favorable en los mercados. La operación, que pretendía ser el gran golpe de efecto de Paramount, termina dando también aire financiero al rival que abandona la mesa.
Qué gana y qué pierde Netflix al retirarse
La renuncia tiene un coste evidente: Netflix no tendrá bajo su paraguas catálogos tan valiosos como el de Warner Bros. ni el ecosistema HBO. Tampoco controlará marcas de enorme tracción en linear y cable, como CNN, que podrían haber sido palanca para acuerdos publicitarios y de noticias dentro de la plataforma.
Sin embargo, la compañía evita integrar una estructura pesada, con negocios en declive y plantillas globales que habrían obligado a sinergias dolorosas y recortes laborales masivos. El contraste con otras grandes operaciones de medios —como la compra de Fox por Disney o la fusión de Warner y Discovery—, que han requerido años de ajustes y deterioros contables multimillonarios, resulta elocuente.
Netflix preserva así su modelo relativamente ligero: una plataforma global, una marca única y un equilibrio entre producción propia y contenidos licenciados. En lugar de asumir una transformación corporativa que podría haber distraído a la dirección durante varias temporadas, se mantiene centrada en su ventaja competitiva principal: la escala de sus datos y su capacidad para convertirlos en contenido globalizable.
En términos estratégicos, la compañía asume que no necesita poseer todos los estudios para seguir liderando el ‘streaming’ y que el acceso a contenidos podrá seguir negociándose, incluso con un WBD controlado por Paramount, si las condiciones económicas tienen sentido.
El nuevo gigante de Hollywood que diseña Ellison
La retirada de Netflix despeja la pista para que Paramount Skydance, controlada por David Ellison y respaldada por el capital de Larry Ellison, cierre una de las mayores operaciones de la historia de los medios. Con 111.000 millones de dólares sobre la mesa, el nuevo conglomerado agrupará bajo un mismo techo CBS, Paramount Pictures, los activos de WBD (Warner Bros. Studios, HBO, Discovery, CNN) y plataformas de ‘streaming’ como Paramount+ y Max.
El efecto dominó que viene es evidente: si la operación supera el examen de los reguladores estadounidenses y europeos, el resultado será un macroestudio con una cartera de contenidos sin precedentes, desde los superhéroes de DC hasta sagas como ‘Misión imposible’, pasando por las grandes series de prestigio de HBO.
No obstante, el riesgo también es elevado. Paramount asume una deuda gigantesca, promete miles de millones en sinergias de costes y se compromete a pagar un ‘breakup fee’ adicional de 7.000 millones si los reguladores tumban el acuerdo, una señal de confianza, pero también de vulnerabilidad potencial.
En comparación, Netflix se mantiene al margen de esa apuesta y deja que sea otro quien se juegue el tipo en un tablero político en el que ya han empezado a sonar críticas de senadores y fiscales generales sobre el riesgo de concentración de medios.
Impacto en el tablero del ‘streaming’ global
La pregunta de fondo es cómo altera este movimiento la guerra del ‘streaming’. A corto plazo, la operación refuerza a Paramount en el lado del contenido y las marcas, pero no cambia el hecho de que Netflix sigue liderando en suscriptores globales y tiempo de visionado.
En términos competitivos, el contraste con otras regiones resulta revelador. Mientras en Estados Unidos se avanza hacia la consolidación de grandes conglomerados mediáticos para ganar escala frente a Netflix, en Europa se multiplican las alianzas parciales —coproducciones, acuerdos de distribución, agregadores locales— sin que aparezca un actor claramente dominante que pueda contrapesar al gigante californiano.
La consecuencia es clara: incluso aunque Paramount-WBD salga adelante, el mercado seguirá midiendo a Netflix no por los estudios que posee, sino por su capacidad para retener usuarios, subir precios sin destruir demanda y generar beneficios recurrentes. En ese terreno, renunciar a una megaopa que habría puesto en peligro sus márgenes puede acabar siendo una ventaja competitiva frente a rivales más endeudados y complejos de gestionar.
Para los consumidores, el riesgo es otro: menos actores de gran tamaño puede traducirse en mayores precios, menos competencia y más concentración de derechos en manos de un puñado de conglomerados globales.
