Musk vs Bezos: la guerra por una Luna de 170.000 millones

La carrera por la Luna ya no es un poema épico de la Guerra Fría, sino una hoja de cálculo colosal. La NASA prevé gastar 93.000 millones de dólares en el programa Artemis hasta 2025 para volver al satélite y establecer una presencia “sostenible”. Sobre esa inversión pública se montan ahora las ambiciones privadas de Elon Musk y Jeff Bezos, que compiten por capturar el grueso de los contratos y, con ellos, el control de la futura economía lunar. Varios estudios sitúan el valor acumulado de ese mercado en más de 150.000 millones de aquí a 2040, con el transporte y los recursos in situ como grandes nichos de negocio.

Imagen ilustrativa que muestra la superficie lunar con cohetes de SpaceX y Blue Origin en representación de la competencia espacial.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Musk vs Bezos: la guerra por una Luna de 170.000 millones

Una Luna convertida en mercado estratégico

La Luna ha pasado de ser un símbolo de prestigio científico a activo geoestratégico. El cambio de narrativa es radical: ya no se trata solo de plantar banderas, sino de construir cadenas de valor completas en torno al transporte, la energía, la extracción de recursos y los datos que se generen en la superficie y en órbita. PwC estima que la actividad lunar directa podría superar los 142.000 millones de euros en 2040, con el transporte como principal motor y la utilización de recursos —minería, fabricación, infraestructuras— como segundo gran bloque.

Ese volumen de negocio se apoya en una premisa: todo lo que se lance desde la Tierra es carísimo; todo lo que se produzca allí arriba abaratará misiones futuras y abrirá nuevos modelos de negocio. De ahí la obsesión por el hielo de agua en los polos, por los regolitos capaces de transformarse en cemento lunar y por sistemas energéticos que funcionen durante las largas noches de catorce días.

Sin embargo, lo más grave para los Estados no es solo el coste, sino el riesgo de dependencia tecnológica. Si un puñado de compañías privadas controla los medios de acceso y la infraestructura básica, la política espacial del siglo XXI puede quedar tan condicionada por sus decisiones como hoy lo está la economía digital por las grandes plataformas.

SpaceX y la ciudad autosuficiente que Elon Musk promete

La propuesta de Elon Musk va varios pasos más allá de los objetivos oficiales de la NASA. SpaceX no se conforma con transportar astronautas: visualiza una ciudad lunar autosuficiente, alimentada por energía local, abastecida con recursos extraídos in situ y conectada a la Tierra mediante una flota de Starship reutilizables. El contrato de 2.890 millones de dólares que la agencia otorgó a la compañía para desarrollar el sistema de alunizaje de Artemis III es solo la primera piedra de esa estrategia.

En términos económicos, una base permanente bajo control de un proveedor dominante significaría algo muy parecido a un puerto franco orbital. SpaceX podría fijar tarifas de transporte, priorizar determinadas cargas, empaquetar servicios de comunicaciones y datos científicos, e incluso ofrecer “llave en mano” la presencia lunar a terceros países sin capacidad propia.

Este hecho revela un matiz clave: Musk no compite solo por contratos, sino por convertirse en infraestructura crítica del sistema espacial occidental. Si Starship logra cumplir sus promesas de coste por kilo sensiblemente inferior al de sus rivales, la tentación de los gobiernos de externalizar buena parte de su logística lunar a SpaceX será enorme. El contraste con los programas tradicionales, plagados de sobrecostes y retrasos, resulta demoledor.

La fábrica lunar de Bezos: la apuesta industrial de Blue Origin

Jeff Bezos, en cambio, ha optado por un relato menos épico, pero no menos ambicioso. Blue Origin quiere convertir la Luna en parque industrial de baja gravedad. Su lander Blue Moon y la arquitectura asociada están pensados para transportar carga, desplegar equipos científicos y, sobre todo, habilitar procesos productivos que sería inviable o antieconómico desarrollar en la Tierra. La NASA ha seleccionado a la compañía como segundo proveedor de sistema de alunizaje para Artemis V, con un contrato de alrededor de 3.400 millones de dólares.

La lógica de Bezos es empresarial: usar la inyección de dinero público para construir capacidades reutilizables que luego puedan venderse en el mercado comercial. Fabricación de componentes de alta precisión en microgravedad, impresión 3D de estructuras con regolito, depósitos de propulsante en órbita lunar o estaciones de datos son algunas de las líneas que se barajan. Un reciente encargo de la NASA para diseñar la entrega del rover VIPER con el lander Blue Moon va en esa dirección, reactivando de facto la confianza en su arquitectura.

“No necesitamos una ciudad de ciencia ficción mañana, sino un polígono industrial viable pasado mañana”, resume un ejecutivo del sector a este medio. La frase captura bien la diferencia de narrativa: Musk vende colonias, Bezos vende cadenas de suministro.

Artemis: el árbitro público en una pugna privada

En el centro de esta batalla se encuentra Artemis, el programa con el que la NASA quiere establecer una presencia humana sostenida en la Luna a finales de esta década. Es el paraguas institucional que legitima y financia buena parte de los planes de Musk y Bezos. La agencia ha apostado por un modelo híbrido: programas propios de alto coste —como el cohete SLS— y, en paralelo, contratos “comerciales” a empresas que asumen parte del riesgo.

La elección de SpaceX y Blue Origin como proveedores de los sistemas de alunizaje para misiones clave —Artemis III y V— configura un duopolio de facto en el acceso estadounidense a la superficie lunar. El diseño es deliberado: tras la polémica por el primer contrato único a SpaceX, la NASA se vio presionada por el Congreso para introducir competencia y reducir la dependencia de un solo proveedor.

Sin embargo, la consecuencia a medio plazo puede ser otra: consolidar aún más el peso de los dos grandes magnates tecnológicos en un programa que ya concentra decenas de miles de millones de dinero público. En paralelo, informes sobre sobrecostes y retrasos en otros contratistas tradicionales refuerzan la narrativa de que solo las “big tech espaciales” pueden entregar resultados en plazo.

Los números de una economía lunar de 170.000 millones

Más allá de las imágenes icónicas, la pregunta clave es cuánto dinero hay realmente en juego. Distintos análisis de consultoras y agencias sitúan el valor acumulado de la economía lunar —incluyendo transporte, recursos y servicios de datos— en torno a 170.000 millones de dólares hasta 2040. El transporte entre Tierra y Luna podría representar hasta 100.000 millones, con otros 60.000 millones ligados a la utilización de recursos (minería de agua y metales, manufactura y exportación) y el resto asociado a servicios de información.

En paralelo, estudios específicos de transporte lunar estiman que la cadena de valor vinculada solo al movimiento de cargas y personas podría superar el billón de dólares en el horizonte 2040 si se abaratan significativamente los costes de lanzamiento. El diagnóstico es inequívoco: quien controle los vectores de acceso y la infraestructura básica capturará una porción desproporcionada de esa riqueza.

Lo más grave, desde la óptica de la gobernanza global, es la ausencia de un marco regulatorio económico robusto. Los Tratados del Espacio Exterior hablan de no apropiación soberana, pero dicen muy poco sobre propiedad de recursos, competencia o fiscalidad. El riesgo es replicar en la Luna el “salvaje oeste” regulatorio que acompañó el nacimiento de internet, pero esta vez con activos físicos y estratégicos en juego.

Riesgos de monopolio y dependencia tecnológica

El patrón se repite: gran contrato público, desarrollo tecnológico concentrado y, después, expansión comercial sobre infraestructura ya amortizada con dinero del contribuyente. Es el modelo con el que SpaceX ha dominado el mercado de lanzamientos comerciales tras años de programas de la NASA y el Pentágono. Ahora amenaza con reproducirse a escala lunar.

Si Starship se convierte en el estándar de facto para misiones de carga pesada y SpaceX opera además módulos, comunicaciones y logística en superficie, la compañía podría situarse en posición de puerta de peaje universal hacia la Luna. Blue Origin aspira a un papel similar, aunque más centrado en la infraestructura industrial y el transporte selectivo de clientes institucionales y corporativos.

“La combinación de contratos a precio fijo, dependencia logística y activos estratégicos fuera de la Tierra crea condiciones ideales para un oligopolio difícil de revertir”, advierte otro analista consultado. En ausencia de reglas claras de acceso abierto, transparencia tarifaria y separación de actividades —por ejemplo, distinguir entre operador de infraestructura y proveedor de servicios—, los incentivos a bloquear competidores serán elevados. La historia de las telecomunicaciones y de la economía digital ofrece precedentes que no invitan precisamente al optimismo.

China, Europa y el resto: el tablero geopolítico

La pugna Musk-Bezos no se desarrolla en el vacío. China avanza con su propio programa lunar, con planes para una base internacional en el polo sur hacia la década de 2030 y una narrativa de “bienes públicos globales” que pretende contrarrestar la percepción de dominio estadounidense. Europa, por su parte, oscila entre apoyar el liderazgo de la NASA y reivindicar proyectos propios a través de la ESA, pero sin un equivalente claro a SpaceX o Blue Origin en capacidad de ejecución.

El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Estados Unidos discute si confía la logística lunar a dos multimillonarios, muchos países apenas empiezan a definir una estrategia espacial coherente. El riesgo para estos actores es quedar reducidos a clientes cautivos, comprando billetes y espacio de carga en infraestructuras que no controlan, con poca capacidad para influir en estándares técnicos o reglas de uso de recursos.

Para la Unión Europea, la cuestión no es solo tecnológica, sino industrial. Si el grueso de la cadena de valor lunar se captura desde Estados Unidos y, en menor medida, desde China, la industria espacial europea corre el riesgo de repetir el guion de los gigantes digitales: excelente capacidad científica, pero escaso peso en los grandes centros de decisión y monetización.

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