La primera vuelta tripulada a la Luna en más de 50 años se apoyará en el cohete más caro del mundo

NASA apunta al 6 de marzo para su misión Artemis II

La NASA ha puesto ya fecha —aunque todavía provisional— a su gran retorno tripulado al entorno lunar. Si nada vuelve a fallar, la misión Artemis II despegará no antes del 6 de marzo de 2026 desde el Centro Kennedy, en Florida, con cuatro astronautas a bordo y un objetivo claro: rodear la Luna y regresar a la Tierra tras unos diez días de vuelo, el viaje humano más lejano jamás intentado. La agencia ha dado este paso después de un “wet dress rehearsal” —un ensayo general de cuenta atrás con más de 700.000 galones de hidrógeno y oxígeno líquidos cargados en el cohete— que, esta vez sí, ha concluido dentro de los márgenes de seguridad tras semanas de fugas y reparaciones. Sin embargo, el reloj técnico y político corre: el programa Artemis acumula años de retrasos, una factura estimada de 93.000 millones de dólares hasta 2025 y un coste por lanzamiento del sistema SLS/Orion en torno a los 4.100 millones por vuelo, cifras que la propia oficina del inspector general de la NASA considera difíciles de sostener.

EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH
EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH

El regreso a la órbita lunar medio siglo después

Artemis II será la primera misión tripulada más allá de la órbita baja terrestre desde el Apolo 17, en 1972. Su perfil de vuelo es una trayectoria de retorno libre: el cohete Space Launch System (SLS) colocará la cápsula Orion en una órbita altamente elíptica alrededor de la Tierra y, desde ahí, la enviará hacia la Luna, rodeando su cara oculta antes de regresar sin entrar en órbita lunar estable.

La tripulación también es un mensaje político. La comandará Reid Wiseman, acompañado del piloto Victor Glover, de la especialista de misión Christina Koch y del canadiense Jeremy Hansen. Si todo sale según lo previsto, Glover será el primer astronauta negro, Koch la primera mujer y Hansen el primer no estadounidense en viajar más allá de la órbita baja y acercarse a la Luna.

Durante los aproximadamente 10 días de misión, la Orion volará a más de 380.000 kilómetros de la Tierra y se espera que en algunos momentos supere la distancia máxima alcanzada por las misiones Apolo, lo que la convertiría en el viaje tripulado más lejano de la historia.
Este hecho revela el carácter de ensayo general a escala real: se probarán los sistemas de soporte vital, navegación y comunicaciones en un entorno de radiación y aislamiento mucho más exigente que el de la Estación Espacial Internacional, pero todavía sin asumir el riesgo añadido de un alunizaje.

Una fecha marcada por las fugas de hidrógeno

El 6 de marzo no es una fecha cualquiera en el calendario. Es, de momento, el primer día de una ventana de cinco oportunidades de lanzamiento en marzo (6–9 y 11) que los ingenieros han identificado como compatibles con la trayectoria hacia la Luna y las restricciones de iluminación solar.
Si Artemis II no logra despegar en ese margen, el plan se desplaza de inmediato a nuevas ventanas en abril, con impactos en cadena sobre el calendario de todo el programa.

La razón de tanta cautela está en el historial reciente. Los primeros ensayos de carga de combustible del SLS se interrumpieron por fugas peligrosas de hidrógeno líquido, un problema que ya había castigado a Artemis I y que obligó a sustituir varios sellos y filtros críticos en la infraestructura del lanzador.
En el segundo “wet dress rehearsal”, los técnicos de la NASA lograron llenar por completo los tanques —más de 2,6 millones de litros entre combustible y oxidante— y llevar la cuenta atrás hasta los T-29 segundos, deteniéndola justo antes del encendido simulado de los motores principales.

El diagnóstico es inequívoco: Artemis II solo obtendrá luz verde definitiva cuando todos los datos de este ensayo confirmen que las fugas están bajo control. Si la agencia detecta nuevas anomalías, el 6 de marzo volverá a ser un horizonte móvil y no un compromiso firme.

Un programa de 93.000 millones bajo presión

Más allá del simbolismo, Artemis II es la pieza visible de una maquinaria presupuestaria gigantesca. El inspector general de la NASA calcula que la agencia habrá dedicado 93.000 millones de dólares al programa Artemis entre 2012 y 2025, incluyendo cohete, cápsula, sistemas de tierra y tecnologías asociadas.

Solo el coste de producción y operaciones de cada combinación SLS/Orion se sitúa en torno a los 4.100 millones de dólares por vuelo para las primeras cuatro misiones (Artemis I–IV).
Son cifras que contrastan con las promesas iniciales de una “nueva era” de exploración más eficiente y que han llevado tanto a la GAO como a la propia oficina del inspector general a advertir de que la estructura de costes del programa es, en la práctica, “insostenible” si no se racionaliza el número de lanzamientos o se reducen drásticamente los gastos fijos.

En este contexto, Artemis II funciona también como prueba de estrés reputacional. Un retraso adicional, o un fallo grave vinculado a problemas ya identificados en el escudo térmico o el soporte vital de Orion, alimentaría el argumento de quienes consideran que el modelo de gran programa público, con contratos cost-plus a grandes contratistas tradicionales, ha quedado superado por la agilidad de los operadores comerciales.

El cohete más caro del mundo frente a la nueva carrera espacial

El SLS es, hoy por hoy, el cohete más caro del planeta. Los informes independientes sitúan el coste de producción en al menos 2.500 millones por lanzamiento, cifra que escala hasta los 4.000 millones cuando se añaden el módulo tripulado y los sistemas de tierra.
Frente a ello, los lanzadores reutilizables de SpaceX operan en el rango de los decenas de millones por vuelo, y la propia compañía asegura que un lanzamiento de Starship podría bajar de los 10 millones de dólares cuando el sistema esté maduro.

El contraste resulta demoledor. Mientras la NASA defiende que el SLS ofrece una capacidad probada y control institucional sobre un vector crítico, el mercado y buena parte de la comunidad espacial interpretan Artemis como una “última generación” de cohetes totalmente desechables financiados a precio de oro.
La consecuencia es doble: por un lado, aumenta la presión para externalizar más fases del programa lunar a proveedores comerciales; por otro, se acrecienta el escrutinio sobre Boeing y el resto de contratistas principales, responsables de un desarrollo que lleva años de retraso y miles de millones por encima del presupuesto inicial.

En paralelo, China y Rusia avanzan en su propia arquitectura lunar, articulada en torno a la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), con fases de construcción entre 2026 y 2035 y una presencia científica estable prevista a partir de 2036.
El mensaje implícito de Artemis II es que Estados Unidos no renuncia a liderar la explotación científica y económica de la Luna, aunque el modelo financiero elegido esté siendo cada vez más cuestionado.

Una tripulación histórica y un mensaje geopolítico

La elección de la tripulación responde a una narrativa cuidadosamente diseñada. Glover, piloto de la misión, se convertirá en el primer afroamericano en volar hacia la Luna; Koch, que ya batió el récord femenino de estancia continua en la ISS, será la primera mujer en viajar al entorno lunar; Hansen representa el peso político de Canadá dentro del programa, a cambio de su contribución al futuro brazo robótico Canadarm3 para la estación Gateway.

El propio administrador de la NASA lo ha resumido en términos inequívocos: «Artemis II será un paso de gigante para el regreso humano a la Luna y para los futuros viajes a Marte; es progreso hacia una presencia lunar duradera y el envío de estadounidenses al planeta rojo».

La composición diversa de la tripulación funciona también como herramienta diplomática. Frente a la ILRS china, que agrupa a una veintena de países en torno a una futura base en el polo sur lunar, Washington impulsa los Artemis Accords, mecanismo de adhesión política y regulatoria que ya han firmado más de treinta naciones y que busca establecer reglas comunes sobre minería, zonas de seguridad y uso de recursos in situ.
Artemis II, aunque “solo” dé la vuelta a la Luna, enviará la señal de que esa coalición no es un mero marco jurídico, sino una alianza respaldada por capacidades reales.

Tecnología crítica: escudo térmico, soporte vital y comunicaciones láser

En términos técnicos, Artemis II servirá para validar tres bloques clave. El primero es el sistema de soporte vital de largo alcance de Orion, cuyo diseño obligó a retrasar la misión tras detectarse problemas en los controles de atmósfera y en la monitorización de CO₂ durante las pruebas de integración.

El segundo es el escudo térmico, que deberá soportar una reentrada a velocidades de hasta 40.000 km/h, superiores a las de cualquier vuelo tripulado desde el Apolo. Los ingenieros han ajustado el perfil de reentrada a un esquema de “salto” o skip re-entry para reducir la carga térmica y mecánica sobre la nave, pero solo una misión con tripulación permitirá validar definitivamente los modelos.

El tercer bloque es la comunicación óptica. Artemis II integrará el sistema Orion Artemis II Optical Communications System (O2O), capaz de transmitir datos a velocidades de hasta 260 megabits por segundo mediante láser hacia estaciones en California y Nuevo México.
Junto a ello, la misión llevará experimentos biomédicos —como los proyectos AVATAR y ARCHAR— destinados a monitorizar el impacto de la radiación, el sueño y el estrés en los astronautas durante el viaje, información crítica para futuras estancias prolongadas en la superficie lunar y, más adelante, en Marte.

Qué pasa si Artemis II vuelve a retrasarse

La gran incógnita ahora no es tanto si Artemis II volará, sino cuándo y con qué consecuencias. Cada mes de retraso desplaza hacia la derecha el calendario de Artemis III, la misión llamada a realizar el primer alunizaje tripulado del programa, que ya se sitúa “no antes” de 2028 y depende a su vez de la madurez del sistema de alunizaje de SpaceX y de los nuevos trajes lunares.

Un deslizamiento adicional encarecería aún más un programa donde los costes fijos de los sistemas de tierra y de la cadena industrial se cuentan en miles de millones a cinco años vista, según las últimas estimaciones de la GAO.
La consecuencia es clara: cuanto más tarde despeguen Artemis II y III, más difícil será justificar ante el Congreso seguir financiando un vector tan caro y tan poco reutilizable en un entorno donde los lanzadores comerciales reducen el precio por kilo a órbita año tras año.

Además, un fallo grave en esta fase —ya sea un nuevo problema de combustible o una anomalía en vuelo— reabriría el debate sobre si la NASA debe seguir diseñando y operando sus propios cohetes pesados, o si debe limitarse a fijar objetivos y estándares, dejando la ingeniería a consorcios privados en régimen de competencia.
En ese escenario, Artemis II podría pasar de símbolo del regreso a la Luna a emblema de un modelo de gestión que el propio mercado ha dejado atrás.

La economía lunar que se juega en esta misión

En el trasfondo de todo el programa late una apuesta económica: la idea de que, de aquí a mediados de siglo, la “economía lunar” —energía, comunicaciones, minería de recursos y servicios científicos— puede convertirse en un segmento clave de una industria espacial que muchos analistas sitúan por encima del billón de dólares global.
Artemis y la ILRS representan, en realidad, dos modelos rivales de gobernanza y explotación de esos recursos: uno liderado por Estados Unidos a través de los Artemis Accords, y otro impulsado por China y Rusia con una base científica permanente en el polo sur lunar prevista para la década de 2030.

En este tablero, Artemis II es un movimiento imprescindible. Si la misión demuestra que la NASA puede volar con seguridad, cumplir plazos razonables y contener —al menos parcialmente— los costes, reforzará el mensaje de que el espacio profundo sigue siendo una palanca legítima de inversión pública e industrial para las democracias occidentales.
Si, por el contrario, se convierte en otro capítulo de retrasos y sobrecostes, dará munición a quienes abogan por un giro completo hacia consorcios comerciales internacionales, donde las agencias espaciales actúen más como reguladores y clientes que como arquitectos de sistemas.

Lo más grave, desde la óptica económica, es que el margen de error se estrecha. Artemis II concentra en un único lanzamiento el peso de una década de inversión y de ambiciones estratégicas. El resultado no solo decidirá cuándo volverá un ser humano a ver la Luna de cerca, sino también qué modelo de exploración —y de gasto público— prevalecerá en la próxima fase de la carrera espacial.

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