La promesa abre un nuevo frente en la carrera por dominar la economía espacial

Musk promete llevar Starlink “fuera de la Tierra” en esta década

La última frase lanzada por Elon Musk en su red social, X, es corta pero cargada de intención: “Starlink es increíble… y pronto también fuera de la Tierra”. El mensaje llega cuando la constelación de satélites de banda ancha supera ya los 9.600 aparatos activos en órbita baja y se ha convertido en el mayor proyecto de comunicaciones comerciales del planeta. No se trata solo de un guiño a sus seguidores: encaja con la estrategia de fondo de SpaceX de tejer una infraestructura de comunicaciones que acompañe a sus ambiciones lunares y marcianas. La consecuencia es clara: si Starlink extiende sus servicios más allá de la órbita terrestre, nacerá un nuevo negocio de conectividad “in situ” para bases lunares, estaciones privadas y, a medio plazo, misiones tripuladas de larga duración. Lo más relevante, sin embargo, es el punto de partida: una constelación que ya supone alrededor del 65% de todos los satélites operativos del mundo y que ha superado los 10 millones de suscriptores a comienzos de 2026, repartidos en más de 150 países y mercados.

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Un tuit que apunta al siguiente salto

El mensaje publicado por Musk en X –“Great bandwidth and low latency anywhere on Earth. And soon off Earth”– no es el primero en el que el empresario vincula Starlink con futuros asentamientos en la Luna o en Marte. Pero llega en un momento en el que la infraestructura ya ha alcanzado una escala crítica y en el que la compañía presume de poder ofrecer latencias por debajo de los 40 milisegundos incluso en zonas remotas, acercándose a prestaciones de fibra óptica.

Hasta ahora, el relato oficial de Starlink se centraba en cerrar la brecha digital terrestre: conectar islas del Pacífico, desiertos africanos o territorios rurales de América Latina donde desplegar fibra no es rentable. La nueva frase desplaza el foco: la verdadera ventaja de una constelación propia no está solo en “cubrir” el planeta, sino en servir como columna vertebral de comunicaciones de cualquier actividad económica más allá de la órbita baja.

El contraste con otros actores resulta demoledor. Mientras los rivales europeos y estadounidenses aún luchan por desplegar sus primeras tandas de satélites, Musk ya puede permitirse anunciar la siguiente fase desde una base instalada que genera miles de millones en ingresos recurrentes y un flujo constante de datos y experiencia operativa.

 

 

Un negocio de 10.000 satélites y 10 millones de clientes

Para entender el alcance del anuncio, conviene mirar las cifras. Desde 2019, Starlink ha lanzado más de 11.000 satélites, de los cuales cerca de 9.700 permanecen operativos en distintas órbitas bajas. El proyecto ya ha consumido al menos 10.000 millones de dólares en diseño, fabricación y despliegue, según las estimaciones iniciales de la propia empresa.

En el lado de la demanda, la constelación cerró 2025 con unos 9 millones de usuarios activos y ha superado la barrera de los 10 millones en los primeros meses de 2026, con presencia en más de 155 países, territorios y mercados. Solo en 2025, el sistema sumó 4,6 millones de nuevos clientes y expandió el servicio a 35 mercados adicionales, un ritmo de crecimiento que ningún operador tradicional de banda ancha puede replicar.

En ingresos, las previsiones internas situaban la facturación anual de Starlink en torno a los 7.700 millones de dólares en 2024, con una senda de crecimiento que podría superar los 11.000 millones en 2025, según documentos financieros presentados en Europa. El diagnóstico es inequívoco: Starlink ya no es un experimento tecnológico, sino la principal palanca de crecimiento de SpaceX y la pieza que hace verosímil su ambición de financiar misiones a la Luna y Marte con recursos propios.

Con esta base, el giro hacia servicios “off Earth” no es un salto al vacío, sino la extensión lógica de un modelo que ya domina el tramo de la órbita baja.

La infraestructura que prepara la economía lunar

El primer terreno natural para ese “off Earth” es la Luna. Programas como Artemis, que prevén misiones tripuladas y una presencia más o menos estable en el polo sur lunar a lo largo de la próxima década, necesitarán redes de comunicaciones de alta capacidad entre la superficie, las órbitas lunares y la Tierra.

Hasta ahora, esa función se confiaba a satélites puntuales o a enlaces directos con estaciones de seguimiento. Un sistema de tipo Starlink adaptado al entorno lunar –con un pequeño número de satélites en órbitas elípticas y relés en puntos de Lagrange– permitiría algo que hoy no existe: banda ancha continua entre bases lunares, módulos de hábitat y vehículos.

Lo más grave para los competidores es que Musk posee ya todos los elementos de la cadena: lanzadores reutilizables de gran capacidad, una fábrica de satélites estandarizada y una constelación operativa que le ha obligado a resolver problemas de navegación, colisiones y gestión de tráfico a una escala sin precedentes. Si se replica ese modelo alrededor de la Luna con unas pocas decenas de satélites, el coste marginal será muy inferior al de cualquier sistema diseñado desde cero por agencias públicas.

En este escenario, Starlink podría convertirse en el “operador incumbente” de la economía lunar: quien controle la red de datos controlará la facturación de servicios, la seguridad de las misiones y, en última instancia, la posición de negociación de cualquier actor que quiera operar más allá de la órbita terrestre.

De Marte a las estaciones privadas: los primeros clientes potenciales

Aunque el imaginario de Musk apunta a Marte, los primeros clientes reales de un Starlink “off Earth” serán previsiblemente más prosaicos: estaciones espaciales privadas, plataformas turísticas en órbita baja, naves de carga y misiones robóticas a asteroides o Lagrange.

Varios consorcios trabajan ya en estaciones comerciales que sustituirán a la Estación Espacial Internacional en la próxima década. Todas ellas necesitarán conectividad permanente para teleoperar experimentos, gestionar tripulaciones privadas y ofrecer servicios de vídeo, comunicaciones y monitorización en tiempo real. Un sistema similar a Starlink, diseñado para órbitas medias o para dar cobertura regional a esas plataformas, puede convertirse en un servicio de suscripción “premium” con tickets anuales de decenas de millones de dólares por estación.

Más adelante, las propias misiones de larga duración hacia Marte o hacia bases lunares podrían contratar comunicación continua de alta capacidad, algo imprescindible para manejar robots, sistemas de soporte vital y coordinación científica en entornos con retardo de varios minutos. En la práctica, la constelación dejaría de ser solo un proveedor de internet para usuarios rurales para convertirse en la “red troncal” del incipiente sector de infraestructuras espaciales privadas.

Este hecho revela por qué el anuncio de Musk, aunque aún vago en plazos, preocupa a gobiernos y competidores: Starlink corre el riesgo de convertirse en el estándar de facto antes de que exista un marco regulatorio claro para esas actividades.

Un desafío regulatorio más allá de la órbita baja

Si regular una megaconstelación en órbita baja ya ha tensado los mecanismos de coordinación internacional, extender ese modelo “fuera de la Tierra” abre un vacío aún mayor. Organismos como la Unión Internacional de Telecomunicaciones o la Comisión Federal de Comunicaciones estadounidense han lidiado con autorizaciones de frecuencias, slots orbitales y mitigación de riesgos de colisión para miles de satélites, pero apenas existe normativa específica para constelaciones en órbitas lunares o interplanetarias.

La consecuencia es clara: quien despliegue primero un sistema funcional tendrá una ventaja de hecho a la hora de fijar estándares técnicos y prácticas operativas. Se repetirá, en clave espacial, el mismo patrón que se ha visto en la órbita baja: los reguladores responden a hechos consumados diseñados por actores privados con capacidad de inversión gigantesca.

Además, la dimensión estratégica se amplifica. Un Starlink extendido al entorno cislunar o a trayectorias interplanetarias plantea interrogantes sobre su uso militar, su integración en redes de defensa y su compatibilidad con los compromisos internacionales de no militarización del espacio exterior. Sin reglas claras, cada nuevo satélite será también un nuevo motivo de fricción diplomática.

El impacto en la competencia: de las telecos a las potencias espaciales

La expansión “off Earth” llega cuando las telecos tradicionales siguen intentando digerir el impacto de Starlink en la Tierra. La oferta de banda ancha satelital de alta capacidad en zonas rurales ha obligado a operadores de EEUU, Europa o Latinoamérica a replantear sus planes de despliegue de fibra y 5G en áreas poco densas, donde el modelo de negocio se ha vuelto aún más delicado.

Ahora, el anuncio de Musk desplaza el terreno de juego. Mientras los rivales aún hacen números para financiar constelaciones medianas en órbita baja, Starlink empieza a hablar de la Luna y Marte con una base de ingresos recurrentes y tecnología depreciada. El contraste con los proyectos europeos de constelación, aún en fase de diseño, resulta especialmente evidente: el Viejo Continente corre el riesgo de entrar tarde en la primera carrera y de no llegar siquiera a la segunda.

No se trata solo de orgullo tecnológico. Si la red de comunicaciones de la futura economía espacial –turismo, minería, investigación, defensa– queda en manos de un único operador privado con sede en EEUU, la dependencia estratégica de terceros países será mucho mayor que la que hoy existe respecto a los gigantes del cloud o de los chips. Esa es la preocupación que empieza a asomar en despachos de Bruselas y de varias capitales europeas.

Riesgos crecientes: militarización, dependencia y basura espacial

El uso de Starlink en conflictos como la guerra de Ucrania ha demostrado su poder como herramienta militar y, al mismo tiempo, su fragilidad política. La reciente desactivación del servicio para las fuerzas rusas –que utilizaban terminales de forma ilícita– ha evidenciado que una decisión empresarial puede modificar de la noche a la mañana el equilibrio de comunicaciones en un frente de guerra.

Si esa capacidad de “apagar” o restringir servicios se extiende a misiones en la Luna o estaciones privadas, la dependencia se multiplica. Un fallo técnico, una sanción regulatoria o un conflicto diplomático podrían dejar aislada a una base científica, una estación turística o incluso a una misión tripulada.

A ello se suma el problema de la basura espacial. Starlink ya concentra más de la mitad de los encuentros cercanos entre satélites en órbita baja, y cada nuevo lanzamiento aumenta el riesgo de colisiones en cascada. Llevar el modelo “constelación masiva” al entorno cislunar sin un diseño muy estricto de mitigación podría extender esos riesgos a zonas clave para la navegación y la observación del espacio profundo.

El diagnóstico es inequívoco: la expansión del negocio no puede desligarse de un esfuerzo paralelo –y costoso– en seguridad, transparencia y coordinación internacional. Sin ello, la promesa de conectividad “off Earth” podría derivar en una nueva fuente de inestabilidad.

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