Alemania alerta a Trump: tensión palpable en la OTAN por declaraciones de EEUU
La escena ha sido Múnich, febrero de 2026, pero el eco ha resonado en todas las capitales aliadas. El ministro de Exteriores alemán, Johann Wadephul, ha reconocido públicamente que recientes declaraciones procedentes de Washington han provocado “irritación” en varios socios de la OTAN. No es un matiz semántico: en lenguaje diplomático, esa palabra equivale a un aviso serio. La consecuencia es clara: la alianza militar más poderosa del planeta vive un momento de tensión interna inédita desde la invasión de Irak.
Una palabra que desnuda el malestar: “irritación”
En la jerga de las cancillerías, pocas palabras están tan medidas como “irritación”. No se trata de un exabrupto, sino de un diagnóstico deliberado. Cuando Wadephul admite que “algunos comentarios procedentes de Estados Unidos han generado irritación dentro de la OTAN”, está certificando que la fractura no es anecdótica ni se limita a un par de discursos desafortunados.
Las declaraciones llegan en plena Conferencia de Seguridad de Múnich, el foro donde tradicionalmente se reafirman los vínculos transatlánticos. Esta vez, sin embargo, el tono ha sido distinto. Representantes de varios países han expresado, en público y en privado, su inquietud por una política estadounidense que combina exigencias crecientes en materia de gasto con mensajes contradictorios sobre el compromiso real con el Artículo 5, la cláusula que obliga a acudir en defensa de cualquier aliado atacado.
Lo más grave es que esta irritación no se limita a las élites políticas. En varias capitales europeas, la opinión pública asiste perpleja a declaraciones norteamericanas que sugieren que algunos aliados podrían quedar desprotegidos si no alcanzan determinados umbrales presupuestarios. Ese tipo de mensajes, en un contexto de guerra en Ucrania y de presión rusa sobre el flanco oriental, erosionan la confianza en el socio que debería ser el ancla de estabilidad.
Proyectos cruzados en Washington y Berlín
Mientras Washington insiste en una lectura casi mercantil de la seguridad –quién paga cuánto y a cambio de qué–, Berlín intenta rescatar la idea de una alianza basada en intereses comunes pero también en valores compartidos. Merz ha defendido estos días una revisión profunda de la relación, más “realista” y menos sentimental, pero sin renunciar a la cooperación estrecha.
En la práctica, ambos discursos se cruzan. Por un lado, la administración estadounidense reclama a Europa que asuma un papel mucho más activo, tanto en Ucrania como en el flanco indo-pacífico. Por otro, Alemania y Francia exploran la posibilidad de reforzar una disuasión europea propia, incluida la opción de un paraguas nuclear compartido que complemente –no sustituya– al estadounidense.
Este hecho revela una paradoja incómoda: cuanto más exige Washington que Europa “haga los deberes”, más incentivos tienen los europeos para pensar en escenarios donde la alianza pueda verse debilitada o incluso bloqueada por decisiones unilaterales de la Casa Blanca. Es un juego de suma cero en términos de confianza.
El peso del dinero: quién paga la defensa occidental
Detrás de la batalla retórica subyace una cuestión contable. En 2024, los aliados europeos y Canadá elevaron su gasto en defensa en torno a un 18% interanual, el mayor incremento en décadas. Según datos de la OTAN, más de 20 países han alcanzado ya el objetivo del 2% del PIB, frente a los apenas tres que cumplían la meta en 2014.
La narrativa de “Europa como polizón” encaja cada vez menos con las cifras. El esfuerzo de rearme es especialmente visible en el norte del continente, donde países como Suecia se han comprometido incluso a converger hacia un objetivo del 5% del PIB en defensa y seguridad en los próximos años, en línea con las nuevas discusiones internas de la OTAN.
Sin embargo, la discusión pública en Estados Unidos sigue centrada en los aliados que no llegan todavía a esos umbrales. Ese enfoque selectivo es políticamente rentable en Washington, pero alimenta la sensación en Europa de que ningún esfuerzo es suficiente y de que las reglas del juego pueden cambiar en cualquier momento.
Europa acelera su rearme, pero sigue dependiendo de EEUU
Sobre el papel, la alianza se ha reforzado: la adhesión de Finlandia y Suecia ha elevado a 32 el número de miembros, cerrando el arco defensivo sobre el Báltico y el Ártico. La OTAN ha reestructurado mandos, desplegado nuevas fuerzas avanzadas y consolidado a Finlandia como bastión del flanco norte, con planes para acoger hasta una brigada aliada de unos 5.000 efectivos.
Al mismo tiempo, los socios europeos han lanzado un rosario de programas conjuntos en misiles de largo alcance, defensa antiaérea y munición, mientras se discute la emisión de deuda común para financiar la industria de defensa. Pero la dependencia estructural de capacidades clave –inteligencia estratégica, transporte estratégico, ciertos activos cibernéticos y, sobre todo, el paraguas nuclear– sigue siendo abrumadoramente estadounidense.
El diagnóstico es inequívoco: aun con el aumento del gasto y una mayor coordinación industrial, la columna vertebral del disuasivo occidental sigue en manos de Washington. De ahí que cualquier duda sobre el compromiso real de Estados Unidos provoque temblores en toda la arquitectura de seguridad europea.
El fantasma de una OTAN a dos velocidades
La tensión actual alimenta el riesgo de una OTAN a dos velocidades: por un lado, los países que cumplen sobradamente los objetivos de gasto y reclaman más peso en las decisiones estratégicas; por otro, los que avanzan más despacio y se convierten en blanco recurrente de las críticas estadounidenses.
El contraste con otras regiones resulta demoledor. Mientras en el este y el norte de Europa se multiplican los ejercicios militares y se consolida una cultura estratégica de alto riesgo, en parte del sur del continente sigue dominando la prioridad fiscal y la presión social contra el gasto militar. Las constantes referencias desde Washington a “aliados morosos” no hacen sino agravar esa brecha política interna.
Si la discusión sobre el 2% –o sobre un hipotético 3% o 5% en el futuro– se convierte en un marcador de legitimidad política dentro de la alianza, el paso siguiente puede ser un bloque informal de “miembros de primera” y “miembros de segunda”, con consecuencias imprevisibles para la cohesión estratégica.
El precedente de la primera presidencia Trump
La actual crisis no nace de cero. Durante su primera etapa en la Casa Blanca, el entonces presidente ya puso en duda en varias ocasiones la vigencia automática del Artículo 5 y llegó a afirmar que alentaría a Rusia a “hacer lo que quisiera” con los países que no cumplieran con sus obligaciones financieras.
En aquel momento, muchos aliados interpretaron esas palabras como un exceso retórico destinado a consumo interno. Sin embargo, el paso del tiempo ha demostrado que la erosión de confianza generada entonces no se ha reparado del todo. Los nuevos mensajes de la actual administración, sumados a las dudas expresadas por figuras como el vicepresidente JD Vance sobre el alcance real de las garantías de defensa, reabren esa herida.
La diferencia es que, a estas alturas, Europa ya no puede permitirse considerar estas tensiones como un simple paréntesis. De ahí que la reacción alemana, lejos de limitarse a la queja, vaya acompañada de una reflexión estratégica sobre cómo blindar la seguridad europea incluso en escenarios de abandono parcial o selectivo por parte de Estados Unidos.
