Musk: Starlink impulsará los ingresos de SpaceX en 2026
Musk reduce a la NASA a un papel marginal y consolida a Starlink como motor de SpaceX
El consejero delegado de SpaceX ha puesto cifras a un cambio estructural que el mercado llevaba tiempo anticipando. «I love NASA, but they will only be ~5% of SpaceX revenue this year», escribió Elon Musk en X, dejando claro que los contratos con la agencia espacial estadounidense han pasado a ser marginales frente al negocio comercial del grupo. La “inmensa mayoría” de los ingresos, subrayó, procederá de Starlink, la constelación de satélites de internet que se ha convertido en el auténtico pilar financiero de la compañía.
El mensaje supone una aceleración respecto a las estimaciones previas del propio Musk, que hace apenas un año situaban el peso de la NASA en torno al 7% de la facturación. El cambio no responde a una caída de los contratos públicos, sino al crecimiento explosivo de Starlink, que ha llevado a SpaceX a superar, según estimaciones de mercado, los 13.000–14.000 millones de dólares de ingresos anuales. La consecuencia es clara: la empresa que nació como socio disruptivo del sector público se comporta ya como un operador global de telecomunicaciones con prioridades propias.
Starlink pasa de complemento a columna vertebral del negocio
Cuando SpaceX lanzó los primeros satélites de Starlink en 2019, el proyecto se percibía como una extensión tecnológica de su actividad principal de lanzamientos. Cinco años después, esa percepción ha quedado obsoleta. La constelación, que ya supera los 5.000 satélites en órbita baja, se ha convertido en el motor absoluto de ingresos y en la principal fuente de caja del grupo.
Las estimaciones del sector sitúan los ingresos de Starlink por encima de los 8.000 millones de dólares en 2024, frente a algo más de 4.000 millones el año anterior. El crecimiento se apoya en una base de más de 4,5 millones de clientes en todo el mundo, con una expansión acelerada en zonas rurales, países emergentes y mercados donde la infraestructura terrestre es insuficiente o vulnerable.
Este giro no es solo cuantitativo, sino cualitativo. SpaceX deja de depender de contratos puntuales ligados a calendarios de misiones y pasa a operar un negocio de suscripción con ingresos recurrentes, acuerdos multianuales con gobiernos y contratos de capacidad con fuerzas armadas y operadores de telecomunicaciones. La empresa se transforma, de facto, en un proveedor de infraestructuras críticas de conectividad global.
El peso real de la NASA en las cuentas
En términos absolutos, los contratos con la NASA siguen siendo relevantes desde el punto de vista tecnológico y reputacional, pero su impacto financiero es limitado frente al tamaño actual de SpaceX. Los acuerdos para transporte de tripulación y carga a la Estación Espacial Internacional, así como los contratos vinculados al programa Artemis, suman menos de 5.000 millones de dólares hasta 2030 en el marco del programa de tripulaciones comerciales.
Distribuidos en el tiempo, estos importes se traducen en una facturación anual estimada de entre 600 y 800 millones de dólares, una cifra coherente con la afirmación de Musk de que la NASA representará alrededor del 5% de los ingresos si SpaceX supera los 14.000 millones anuales. El contraste con los primeros años del programa resulta significativo: entonces, la certificación de la Crew Dragon era clave para garantizar la viabilidad financiera del grupo. Hoy, la agencia pública es un cliente más, con capacidad limitada para condicionar la estrategia global.
Un perfil de ingresos más atractivo para los mercados
El desplazamiento del centro de gravedad hacia Starlink tiene implicaciones directas para una eventual salida a Bolsa. Un negocio basado en millones de clientes, ingresos recurrentes y contratos de largo plazo ofrece una visibilidad que los mercados valoran especialmente. Frente a la volatilidad inherente a los lanzamientos espaciales, el modelo de suscripción reduce la dependencia de hitos técnicos concretos y suaviza el perfil de riesgo.
Este cambio también reordena las prioridades internas. El foco tecnológico ya no está únicamente en desarrollar cohetes más grandes o reutilizables, sino en optimizar la constelación, reducir costes de terminales, mejorar la latencia y cerrar acuerdos de interconexión con operadores móviles para servicios “direct-to-cell”. El calendario de lanzamientos se organiza ahora tanto en función de clientes institucionales como de las necesidades de mantenimiento y expansión de Starlink.
La jugada de Musk ante una posible OPV
Las declaraciones de Musk se producen en un momento de creciente especulación sobre una posible OPV de SpaceX, que algunos bancos de inversión sitúan en 2026 con valoraciones que podrían superar el billón de dólares. En ese contexto, subrayar la menor dependencia de un cliente público y el peso dominante de un negocio comercial global tiene una lectura clara: reducir el riesgo político percibido.
La reciente integración de activos con xAI, valorada en 1,25 billones de dólares, refuerza esta narrativa de consolidación previa a una salida al mercado. Un grupo que controla lanzadores, satélites, datos y modelos de inteligencia artificial resulta especialmente atractivo para grandes fondos, aunque también plantea desafíos regulatorios sin precedentes.
Las cifras filtradas sobre un beneficio operativo cercano a los 8.000 millones de dólares en el último ejercicio refuerzan la idea de que SpaceX ha dejado atrás su fase más intensiva en capital. El relato que Musk parece construir es el de una compañía en la que Starlink garantiza un flujo de caja estable, la NASA aporta prestigio técnico y la inteligencia artificial abre nuevas vías de monetización.
Riesgos regulatorios y dependencia gubernamental
Que la NASA solo represente el 5% de los ingresos no implica que los gobiernos pierdan relevancia. El crecimiento de Starlink depende de licencias de espectro, autorizaciones nacionales y contratos militares. En Europa y América Latina, los reguladores debaten si la compañía debe ser tratada como un operador de telecomunicaciones tradicional o como una infraestructura estratégica sujeta a reglas específicas.
Además, una parte creciente de los ingresos de alto valor procede de gobiernos aliados que utilizan Starlink en contextos de defensa, inteligencia y emergencias. Esta dependencia introduce riesgos geopolíticos evidentes. Decisiones unilaterales sobre cobertura, precios o condiciones de servicio pueden tener consecuencias directas sobre la seguridad de terceros países.
Desde el punto de vista de la gobernanza, el hecho de que una sola empresa privada concentre un control tan amplio sobre una red de comunicaciones global plantea interrogantes de fondo. Con la NASA relegada a un papel minoritario, el equilibrio entre interés público y control privado se desplaza de forma significativa.
El espejo incómodo para Europa
El ascenso de Starlink deja en evidencia la lentitud de la respuesta europea. Mientras Bruselas sigue debatiendo la financiación y el despliegue de su constelación IRIS², SpaceX consolida ya una cuota relevante de conectividad satelital en mercados clave como España, Francia o Alemania, con ofertas residenciales competitivas y terminales cada vez más accesibles.
La industria espacial tradicional, centrada en contratos institucionales y satélites geoestacionarios, ve cómo el valor se desplaza hacia constelaciones privadas en órbita baja y modelos de suscripción. El contraste es especialmente duro en un momento en el que Europa trata de asegurar el futuro del Ariane 6 y mantener autonomía estratégica en el acceso al espacio.
Para los responsables políticos europeos, el mensaje implícito es claro. Si el socio tecnológico clave de muchas misiones científicas y de defensa obtiene la mayor parte de sus ingresos de un negocio comercial global, la capacidad de influencia política se reduce. La respuesta pasa por acelerar alternativas propias y definir un marco regulatorio que limite dependencias estratégicas.
Qué cambia ahora en la relación con la NASA
A corto plazo, es poco probable que la NASA reduzca su colaboración con SpaceX. La fiabilidad demostrada del Falcon 9, el éxito de la Crew Dragon y los avances del proyecto Starship hacen difícil prescindir de un proveedor que combina costes relativamente bajos con una capacidad de lanzamiento sin precedentes.
Sin embargo, el reequilibrio de ingresos altera la balanza de poder. La agencia pública deberá blindar contractualmente sus misiones críticas y fomentar la competencia para evitar una dependencia excesiva. SpaceX, por su parte, afronta una apuesta de alto riesgo: si Starlink mantiene su crecimiento y su posición dominante, el relegar a la NASA al 5% parecerá una decisión lógica. Si surgen obstáculos regulatorios, competidores fuertes o un encarecimiento de la financiación, el colchón de los contratos públicos podría volver a ser crucial.
En ese escenario, la frase de Musk sobre el peso de la NASA sería recordada no como un punto de no retorno, sino como la expresión de un momento de máxima confianza en el poder de Starlink.