Trump ordena desclasificar los archivos secretos de OVNIs y Avi Loeb después de Atlas/3i augura un giro histórico
El astrofísico de Harvard sostiene que el fin del secretismo sobre fenómenos no identificados permitirá aplicar el rigor científico a evidencias custodiadas durante décadas
La Casa Blanca ha decidido romper uno de los tabúes más persistentes de la arquitectura de seguridad nacional de los Estados Unidos. A través de una orden ejecutiva directa, el presidente Donald Trump ha instruido al secretario de Defensa, Pete Hegseth, y a las principales agencias de inteligencia para iniciar un proceso masivo de desclasificación de archivos relacionados con fenómenos anómalos no identificados (UAP) y vida extraterrestre. Este movimiento, que ha generado una onda de choque en el estamento militar, ha sido recibido por el analista y astrofísico de Harvard, Avi Loeb, como la oportunidad definitiva para que la ciencia recupere el terreno perdido frente al dogma del secreto gubernamental. Según Loeb, nos encontramos ante una «auditoría cósmica» que podría demostrar, mediante el análisis isotópico de materiales recuperados, que la humanidad no solo no está sola, sino que ha convivido con tecnología interestelar sin saberlo.
El fin del monopolio informativo del Pentágono
La declaración de Donald Trump no admite ambigüedades: se trata de una instrucción para identificar y liberar cualquier información conectada con materias que el mandatario califica de «altamente complejas pero extremadamente interesantes». Este hecho revela una fractura deliberada con la política de opacidad que ha definido al Departamento de Defensa desde la década de 1940. Para los analistas de inteligencia, la orden de Trump busca desmantelar el control que la «burocracia profunda» ha ejercido sobre los datos más sensibles de la seguridad aérea, transfiriendo la soberanía del dato desde los búnkeres militares hacia el escrutinio público y científico.
La consecuencia inmediata de este decreto es la movilización de la task force del Congreso liderada por la congresista Anna Paulina Luna, que ahora cuenta con el respaldo ejecutivo para revisar evidencias que hasta ayer eran consideradas materias de acceso restringido. Este diagnóstico es compartido por Loeb, quien tras la publicación del anuncio presidencial fue invitado a participar en 18 entrevistas televisivas en un solo día, reflejando un interés social que ya no puede ser ignorado por la comunidad académica tradicional. El contraste con las administraciones previas resulta demoledor; mientras Washington solía filtrar información con cuentagotas, la actual Administración parece decidida a vaciar los cajones del Pentágono.
El objeto interestelar 3I/ATLAS desconcierta con tres mini-jets simétricos. Avi Loeb
La ciencia frente al dogma de la mediocridad
Avi Loeb ha sido contundente en su diagnóstico sobre la reacción de sus colegas: «Solo los científicos mediocres son dogmáticos sobre los UAP; los científicos curiosos se sienten humillados por lo que no entienden». Este hecho revela una crítica mordaz a la complacencia de la ciencia convencional, que durante décadas ha ignorado las anomalías documentadas por oficiales de inteligencia y personal militar de alta fiabilidad. Para Loeb, es una arrogancia intelectual suponer que la humanidad ocupa la cúspide de la cadena alimenticia tecnológica en la Vía Láctea, especialmente cuando desconocemos la naturaleza del 95% de la materia y energía que componen el universo.
El astrofísico sostiene que el análisis de los datos clasificados es una cuestión de rigor profesional, no de creencia. Hasta ahora, el público y la ciencia civil solo han tenido acceso a imágenes y vídeos de baja resolución, insuficientes para determinar aceleraciones o velocidades con precisión matemática. Sin embargo, el acceso a datos de sensores de alta resolución y satélites espía, prometido por la desclasificación de Trump, podría proporcionar las métricas necesarias para confirmar si estos objetos operan fuera de la envolvente de vuelo de cualquier tecnología humana conocida.
El laboratorio contra el secreto: análisis de materiales
Uno de los puntos más provocadores del análisis de Loeb reside en la posible existencia de materiales físicos recuperados de lugares de impacto. El experto afirma que la ciencia posee hoy las herramientas necesarias para determinar el origen de cualquier fragmento metálico de forma inequívoca. Mediante el uso de un espectrómetro de masas, bastaría apenas un gramo de material para realizar un análisis de isótopos. Este hecho revela que la prueba definitiva no está en un vídeo borroso, sino en la composición atómica del objeto: los materiales de nuestro sistema solar comparten una firma específica; cualquier objeto proveniente de otra estrella exhibiría una huella isotópica radicalmente distinta.
«Si descubriéramos que un vecino ha lanzado una pelota de tenis a nuestro patio trasero, no se lo ocultaríamos a nuestra familia; la humanidad merece saber si tiene un vecino cósmico», argumenta Loeb. El diagnóstico técnico es que, si estos materiales presentan una estructura o ciencia más allá de la nuestra, estaríamos ante la mayor oportunidad de aprendizaje en la historia de la especie. La consecuencia de este hallazgo sería un salto cuántico en nuestro entendimiento de la física, desplazando la competencia geopolítica terrestre por una nueva carrera tecnológica hacia el entendimiento de la inteligencia no humana.
Seguridad nacional vs. Inteligencia interestelar
El dilema que enfrenta la Administración Trump es cómo desclasificar esta información sin comprometer las capacidades militares de los Estados Unidos. Loeb propone una solución basada en el tiempo y la física: los datos de hace 50 años carecen de relevancia para el campo de batalla actual, pero su valor científico permanece intacto. Además, si el comportamiento de un objeto excede claramente los límites de la tecnología terrestre, su divulgación no supone un riesgo para los secretos de estado, ya que no estaría vinculado a la geopolítica de Rusia, China o EE. UU., sino a una realidad externa al planeta.
Este hecho revela que el interés del Pentágono y el de científicos como Loeb son complementarios. Mientras los militares se centran en identificar amenazas humanas, la ciencia debe enfocarse en productos tecnológicos de civilizaciones exteriores. El diagnóstico de Loeb es que la desclasificación permitirá separar el «ruido» de los globos espía y drones avanzados de la «señal» de inteligencia ajena. La consecuencia de no realizar esta distinción es un despilfarro de recursos de defensa que Washington ya no parece dispuesto a tolerar en un entorno de máxima tensión presupuestaria.
White House
La carrera entre el silicio y las estrellas
En un giro filosófico, Loeb destaca que la humanidad vive hoy el comienzo de una era dual: la carrera entre la Inteligencia Artificial —una forma de inteligencia alienígena creada por el hombre a partir del silicio— y el descubrimiento de inteligencia biológica o tecnológica de otros mundos. Este hecho revela que nuestra definición de «inteligencia» está mutando de forma acelerada. La consecuencia de encontrar una civilización más avanzada podría ser el revulsivo que la sociedad actual necesita, actuando como un modelo a seguir frente a las fracturas ideológicas que asolan la Tierra.
El impacto emocional de este descubrimiento sería, en palabras de Loeb, el fin de la soledad cósmica. «Answering 'Are we alone?' would allow us to form a deeper emotional connection with the universe», señala el analista. Este diagnóstico trasciende lo económico para entrar en lo existencial: la transformación del universo de un vacío frío de radiación en un espacio habitado cambiaría para siempre la percepción del valor de nuestra propia civilización y del capital humano.
Los analistas esperan la publicación escalonada de informes que confirmen incursiones persistentes en zonas de exclusión militar. Si los archivos revelan que los Estados Unidos han custodiado restos tecnológicos, el impacto en el Nasdaq y en el sector aeroespacial sería sísmico, reorientando miles de millones de dólares en inversión hacia la ingeniería inversa y nuevos materiales. Este hecho revela que la desclasificación no es solo un acto de transparencia, sino un catalizador económico de primer orden.
Para Avi Loeb la situación es de un optimismo cauteloso pero exigente. La ciencia tiene el deber de investigar las anomalías con la mente abierta y el laboratorio listo. La lección de esta semana es que la política de Washington ha decidido, por fin, que el coste del secreto es superior al beneficio de la verdad. Si la orden de Trump se ejecuta con rigor, el 2026 no será recordado por los aranceles o las guerras comerciales, sino como el año en que la humanidad miró al cielo y, por primera vez con datos en la mano, entendió que el patio trasero era mucho más grande de lo que nos habían contado.