El agujero fiscal que deja Petro: Colombia cerró 2025 con un déficit del 7,1% del PIB

Petro, expresidente de Colombia
Petro, expresidente de Colombia

Colombia afronta un desequilibrio fiscal que ya no puede explicarse únicamente como una herramienta para estimular la economía.
El déficit del Gobierno central habría alcanzado alrededor del 7,1% del PIB en 2025, mientras el déficit primario —antes de pagar intereses— se situó cerca del 2,6%.
Es el mayor agujero primario fuera del periodo pandémico.
La discusión no consiste, por tanto, en determinar si todo déficit es malo, sino en saber quién recibe el dinero, cómo se financia y qué capacidad tendrá el país para devolverlo.

Una identidad mal interpretada

El argumento de que el déficit público genera necesariamente un superávit privado parte de una identidad contable real, pero incompleta. En una economía cerrada, el gasto estatal puede convertirse en ingresos y ahorro para hogares y empresas. Colombia, sin embargo, es una economía abierta.

El balance privado también depende de la cuenta exterior. Si el país importa más de lo que exporta, parte del dinero inyectado por el Estado termina financiando producción extranjera o sale mediante pagos de intereses y dividendos. Durante el tercer trimestre de 2025, Colombia registró un déficit corriente de 2.853 millones de dólares, equivalente al 2,4% del PIB trimestral.

Por eso, afirmar que «déficit público es dinero en el bolsillo de la gente» simplifica una relación mucho más compleja.

El agujero que deja Petro

El deterioro no procede exclusivamente de un programa extraordinario de inversión. El Fondo Monetario Internacional identifica una combinación más inquietante: recaudación inferior a la prevista, gastos primarios por encima de los objetivos y obligaciones presupuestarias acumuladas.

A finales de 2024, los atrasos presupuestarios equivalían ya al 2,8% del PIB, mientras la deuda pública bruta alcanzaba el 61,3%. Desde 2019, el endeudamiento aumentó cerca de 10 puntos porcentuales del PIB.

Este hecho revela que una parte del déficit no está creando nueva capacidad productiva, sino cubriendo compromisos anteriores y rigideces estructurales.

No todos los déficits son iguales

Un déficit destinado a infraestructuras rentables, educación o modernización energética puede elevar el crecimiento futuro y ampliar la base tributaria. Otro empleado para financiar gasto corriente permanente sin ingresos estables produce el efecto contrario.

La diferencia resulta esencial. Endeudarse para aumentar la productividad no equivale a endeudarse para sostener una estructura presupuestaria inflexible. El dinero llega igualmente a la economía privada, pero el resultado económico cambia por completo.

La contabilidad registra la transferencia. No mide su calidad, su distribución ni la rentabilidad social obtenida. Presentarla como una prueba matemática de que el déficit es positivo confunde una identidad contable con un juicio económico.

La factura de los intereses

El déficit primario excluye precisamente el componente que más limita a Colombia: el coste de la deuda. Cuando aumenta la percepción de riesgo, el Tesoro debe ofrecer mayores rentabilidades para atraer compradores, encareciendo las nuevas emisiones y las refinanciaciones.

El FMI ha advertido de que el deterioro fiscal y el aumento de la deuda han elevado las primas soberanas colombianas frente a países comparables. La consecuencia es clara: más recursos destinados a intereses significan menos margen para sanidad, inversión pública o ayudas sociales.

El déficit puede incrementar hoy la renta privada, pero también obliga a reservar mañana una parte creciente de los impuestos para pagar a los acreedores.

Una regla fiscal suspendida

En junio de 2025, el Gobierno activó la cláusula de escape y suspendió temporalmente la regla fiscal hasta 2027. La decisión proporciona margen presupuestario inmediato, aunque debilita una de las principales señales de disciplina ante los mercados.

Lo más grave es la inercia. Si los gastos crecen automáticamente mientras los ingresos tributarios decepcionan, el déficit permanece incluso cuando mejora la actividad. En ese escenario, reducirlo exige nuevos impuestos, recortes selectivos o un crecimiento muy superior al previsto.

La ausencia de ajuste no elimina el coste: simplemente lo desplaza hacia el futuro.

El límite colombiano

Estados Unidos, Japón o la eurozona pueden mantener desequilibrios prolongados gracias a mercados financieros profundos y monedas utilizadas internacionalmente. Colombia dispone de moneda propia, pero su financiación continúa condicionada por el tipo de cambio, la inflación y la confianza inversora.

Además, el país necesita entradas de capital para cubrir su déficit exterior. Esa dependencia expone al peso y al coste de la deuda a cualquier deterioro político o financiero. El déficit no es, por tanto, un «coco» inventado por economistas conservadores.

Puede ser una herramienta legítima. Convertido en permanente, improductivo y difícil de financiar, se transforma en una vulnerabilidad nacional.

El debate que realmente importa

La cuestión no es escoger entre déficit cero o austeridad absoluta. Tampoco negar que el gasto público sostiene empleos, consumo y beneficios empresariales. El diagnóstico debe centrarse en su eficacia.

Colombia necesita revisar subsidios, mejorar la recaudación, priorizar inversiones productivas y recuperar una senda creíble de deuda. Sin esa corrección, la expansión fiscal terminará trasladándose a mayores intereses, impuestos futuros o depreciación monetaria.

La matemática confirma que los balances sectoriales deben cuadrar. No demuestra que cualquier déficit sea sostenible, justo o beneficioso. Esa diferencia separa la contabilidad del análisis económico.

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