Un catedrático dice que China "sustituirá" personas por robots en breve... tienen un problema grave

La frase de Claudio Feijoo funciona como resumen de una década: China no robotiza solo por competitividad, robotiza porque se queda sin gente. En su intervención, el catedrático vincula el impulso a los robots “que hacen labores mecánicas” con el envejecimiento y el problema demográfico. Es un argumento que encaja con el giro de Pekín hacia la automatización total: si la oferta de mano de obra deja de ser infinita, la productividad tiene que salir de otro sitio.

El punto clave es que el robot no es un capricho futurista: es un parche estructural. Si el país ha basado su modelo en una mezcla de salarios contenidos, escala industrial y exportación masiva, el declive de la población activa amenaza el motor. El robot aparece como solución “silenciosa”: no protesta, no envejece, no migra. Y, sobre todo, no obliga a reformar de golpe pensiones, sanidad y cuidados, que es la parte políticamente más explosiva del envejecimiento.

La demografía como bomba lenta: menos nacimientos, más mayores

Los datos ya no permiten romanticismo. China cerró 2025 con una caída poblacional por cuarto año consecutivo y registró 7,92 millones de nacimientos, mínimo desde que existen registros modernos, mientras los mayores de 60 ya rondan el 23% de la población. En otras palabras: menos jóvenes entrando, más mayores saliendo, y una presión creciente sobre el Estado y el tejido productivo.

RAND recuerda además que la población en edad de trabajar tocó techo en 2015 y desde entonces cae, con un horizonte que estrecha la relación entre trabajadores y jubilados. En ese contexto, la automatización deja de ser “mejora” y se convierte en necesidad: o crece la productividad por trabajador o el modelo de crecimiento se apaga. Y China no tiene una válvula fácil como la inmigración masiva que sí tienen otras economías envejecidas.

El robot industrial como política de Estado: 295.000 en un año

Si alguien duda del enfoque, basta mirar el volumen. La Federación Internacional de Robótica (IFR) sitúa a China como el mayor mercado global de robots: en 2024 instaló 295.000 unidades, un récord anual, y concentró el 54% de los despliegues mundiales. Además, por primera vez los fabricantes chinos superaron a los extranjeros en su propio mercado, con una cuota doméstica del 57%.

Ese dato explica otra capa del asunto: no se trata solo de comprar robots, sino de dominar la cadena. La robotización es también estrategia industrial: sustituir importaciones tecnológicas, controlar estándares y exportar maquinaria y know-how. El resultado es una especie de círculo virtuoso para Pekín: más automatización interna, más productividad, más exportaciones, más músculo para reinvertir en automatización.

De la fábrica al cuidado: la “silver economy” como siguiente mercado

La tesis de Feijoo no se limita a la producción. Si la población envejece, el problema no es solo fabricar: es cuidar. Por eso China está empujando robots también hacia la asistencia a mayores, lo que algunos ya llaman “silver economy”. La lógica es doble: falta de cuidadores y necesidad de contener el coste sanitario y social. Donde antes el debate era industrial, ahora es doméstico: levantar a un anciano, monitorizar constantes, asistir en tareas repetitivas.

Aquí aparece la gran paradoja: la robotización promete aliviar una crisis social, pero también revela su gravedad. Si necesitas robots para sostener el cuidado básico, es que el equilibrio familiar y demográfico ya se ha roto. Y ese es el punto que convierte a China en laboratorio del mundo: lo que ensaye hoy, lo exportará mañana, porque Europa y buena parte de Asia van por el mismo camino de envejecimiento, aunque a otra velocidad.

El coste oculto: productividad sí, pero también tensión social

Automatizar para sobrevivir tiene un precio político. Cuantos más procesos se robotizan, más se desplaza el empleo hacia servicios, mantenimiento, software y logística. Eso puede elevar salarios en segmentos cualificados… y aplastar a los intermedios. La investigación académica ya encuentra relación directa: el envejecimiento impulsa adopción de robots y explica una parte relevante del aumento de automatización en China.

El riesgo es que la transición deje bolsas de trabajadores “fuera” antes de que el sistema absorba a los nuevos. Para un Estado obsesionado con estabilidad, esa fricción importa. Por eso la robotización china no es “libre mercado”: es planificación, incentivos, crédito dirigido y objetivos industriales. El robot se convierte en herramienta económica y, a la vez, en instrumento de control del riesgo social.

Qué significa para el mundo: el país que automatiza primero exporta el shock

Si China consigue compensar su declive demográfico con automatización masiva, logrará algo crucial: sostener su potencia exportadora con menos trabajadores. Y eso tiene consecuencias externas inmediatas: más competencia en precio, más presión sobre industrias europeas y estadounidenses, y más guerras comerciales. Porque un país que produce con robots a escala puede vender barato sin depender de salarios.

La frase de Feijoo, al final, no es una anécdota: es un aviso. China está construyendo robots no para impresionar, sino para tapar un vacío poblacional. Y cuando un Estado mueve esa cantidad de recursos para resolver un problema, lo normal es que el resto del mundo acabe comprando, copiando o defendiéndose de esa misma solución.

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