Daly de la Fed enfría el miedo a la recesión: la economía de EEUU resiste

La presidenta de la Fed de San Francisco sostiene que el consumo sigue firme pese a la inflación y que la inversión en inteligencia artificial mantiene un pulso “extraordinariamente fuerte”.

Mary Daly
Mary Daly

El diagnóstico de Mary Daly introduce un mensaje de calma en un momento de máxima sensibilidad para los mercados: la economía de Estados Unidos no muestra señales claras de fragilidad estructural. La presidenta de la Reserva Federal de San Francisco aseguró este jueves que no aprecia síntomas de falta de resiliencia, pese a que la inflación continúa presionando a los hogares y a las empresas.

El dato central no está solo en el crecimiento, sino en su composición. La actividad se apoya en la inversión, especialmente vinculada a la inteligencia artificial, pero el consumo —el gran termómetro de la economía estadounidense— continúa mostrando fortaleza. La Fed observa estabilidad laboral, alivio energético y un ciclo inversor que todavía no ha agotado su recorrido. Sin embargo, el aviso es igualmente relevante: nadie puede anticipar con precisión el impacto real de la IA sobre la productividad, los salarios o el empleo.

Una economía que no se quiebra

Daly ha situado el foco en una idea clave: la economía estadounidense conserva capacidad de resistencia. El mensaje no es menor. Durante los últimos 18 meses, buena parte del debate económico en Estados Unidos ha girado en torno a si el endurecimiento monetario acabaría provocando una desaceleración brusca.

La presidenta de la Fed de San Francisco descarta, por ahora, ese escenario. Según su lectura, no existen señales evidentes de pérdida de tracción. El crecimiento se mantiene apoyado por la inversión y por un gasto de los hogares que, aunque sometido a precios elevados, no se ha desplomado.

El consumo representa cerca de dos tercios del PIB estadounidense, por lo que cualquier deterioro profundo en esta variable alteraría de inmediato el cuadro macroeconómico. Esa ruptura no se ha producido. La consecuencia es clara: la Fed gana margen para mantener una lectura prudente, sin verse obligada a reaccionar ante una economía en caída.

El consumo aguanta la presión

El punto más sensible sigue siendo el bolsillo de los ciudadanos. La inflación ha erosionado renta disponible, ha encarecido el crédito y ha elevado el coste de decisiones básicas, desde la vivienda hasta la financiación de vehículos o tarjetas. Sin embargo, Daly sostiene que el gasto privado continúa siendo sólido.

Este hecho revela una paradoja: la economía no crece porque las familias vivan ajenas a la presión de precios, sino porque aún conservan capacidad de gasto. Parte de esa resistencia procede del empleo, parte de los salarios y parte de una adaptación progresiva al nuevo nivel de precios.

La clave está en que la demanda no se ha roto. Puede haberse moderado, puede haberse vuelto más selectiva, pero no ha entrado en una fase de contracción severa. Para la Fed, ese matiz es decisivo, porque permite diferenciar entre una economía que se enfría y una economía que empieza a deteriorarse.

El empleo estabiliza el escenario

Daly reconoció que el año pasado existía “un poco de preocupación” sobre el mercado laboral. Esa frase resume uno de los principales temores de la Reserva Federal: que la lucha contra la inflación terminara trasladándose con fuerza al empleo.

De momento, el escenario parece haberse estabilizado. El mercado laboral estadounidense ha perdido parte del exceso de tensión que mostró tras la pandemia, pero no ha entrado en una fase de destrucción masiva de puestos de trabajo. La tasa de paro se mantiene en niveles históricamente contenidos y la creación de empleo, aunque más moderada, sigue funcionando como dique de contención.

Lo más relevante es el equilibrio. Una economía demasiado caliente complica la desinflación; una economía demasiado fría amenaza con recesión. Daly sugiere que Estados Unidos se mueve en una zona intermedia, incómoda pero manejable.

El petróleo da un respiro

La caída de los precios del petróleo añade un elemento de alivio. En una economía tan dependiente del transporte y de la energía como la estadounidense, el abaratamiento del crudo tiene efectos directos sobre la gasolina, los costes logísticos y algunas expectativas de inflación.

Un descenso sostenido del petróleo puede restar varias décimas a la presión inflacionaria anual, especialmente si se traslada de forma clara al consumidor final. Ese alivio, sin embargo, no elimina los riesgos. Daly advirtió de que persisten amenazas adversas, una forma prudente de recordar que la economía sigue expuesta a shocks geopolíticos, tensiones comerciales o repuntes de costes.

El contraste con episodios anteriores resulta evidente. En los años setenta, el petróleo fue el detonante de una inflación persistente y de una política monetaria mucho más agresiva. Hoy actúa, al menos temporalmente, en sentido contrario.

La IA sostiene la inversión

El capítulo más expansivo del discurso de Daly estuvo en la inteligencia artificial. La presidenta de la Fed de San Francisco destacó un crecimiento inversor “extraordinariamente fuerte” en construcción y equipamiento vinculado a esta tecnología.

El fenómeno ya se percibe en centros de datos, semiconductores, redes eléctricas, infraestructura cloud y maquinaria especializada. La inversión asociada a la IA puede explicar una parte significativa del dinamismo empresarial reciente, especialmente en grandes compañías tecnológicas y en sectores auxiliares.

Sin embargo, el entusiasmo tiene una lectura doble. Por un lado, impulsa productividad potencial y gasto de capital. Por otro, aumenta el riesgo de sobreinversión si las expectativas superan a los retornos reales. La economía estadounidense ya ha vivido ciclos parecidos: ferrocarriles, internet, telecomunicaciones. Primero llega el capital; después, el ajuste entre promesa y beneficio.

El límite de las previsiones

Daly fue especialmente cauta al hablar del futuro de la inteligencia artificial. Su advertencia fue nítida: “cualquiera que diga que puede prever su impacto está exagerando”. La frase encaja con el momento actual. Hay consenso en que la IA transformará procesos, pero no sobre la velocidad, la distribución de beneficios ni sus efectos laborales.

El diagnóstico es inequívoco. La Fed observa un impulso inversor real, pero no quiere convertirlo en una certeza macroeconómica. Una cosa es medir fábricas, servidores y gasto en equipos; otra muy distinta es anticipar cuánto aumentará la productividad en cinco o diez años.

La prudencia importa porque los mercados tienden a descontar escenarios antes de que se materialicen. Si la IA eleva la productividad, podría facilitar crecimiento con menor inflación. Si no lo hace al ritmo esperado, el ajuste de expectativas sería inevitable.

El mensaje para los mercados

La intervención de Daly deja una señal clara: la Fed no ve una economía agotada, pero tampoco declara la victoria. El crecimiento sigue vivo, el consumo resiste, el empleo se estabiliza y la energía ofrece alivio. A la vez, los riesgos no han desaparecido.

Para los inversores, el mensaje tiene una lectura inmediata. Una economía resistente reduce el miedo a la recesión, pero también puede retrasar una relajación agresiva de los tipos de interés. Esa es la tensión de fondo: cuanto mejor aguante la actividad, menos urgencia tendrá la Fed para actuar con rapidez.

La economía estadounidense vuelve así a moverse sobre una línea estrecha. No hay colapso, pero tampoco complacencia. El verdadero examen llegará cuando se compruebe si la inversión en inteligencia artificial se traduce en productividad real o si solo ha abierto otro ciclo de expectativas demasiado ambicioso.

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