EEUU lanza otra ofensiva contra Irán y golpea 90 instalaciones militares

CENTCOM confirma una nueva oleada de ataques contra defensas aéreas, depósitos de misiles, drones e infraestructuras navales en la costa sur de Irán.

CENTCOM (Courtesy Photo)
CENTCOM (Courtesy Photo)

Cerca de 90 objetivos militares iraníes fueron alcanzados por Estados Unidos en la última oleada de ataques sobre la costa sur de Irán.

La operación, confirmada por el Mando Central estadounidense, eleva un peldaño más la tensión en el Golfo Pérsico.

Los blancos incluyeron sistemas de defensa aérea, vigilancia costera, almacenes de misiles y drones, activos navales y centros logísticos.

Lo más grave es el lugar: el entorno del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial y una quinta parte del comercio global de gas natural licuado.

Una ofensiva de escala creciente

El nuevo ataque no aparece aislado. Llega después de otra ronda de bombardeos en la que CENTCOM aseguró haber golpeado más de 80 posiciones iraníes el martes, lo que sitúa el balance operativo de las últimas jornadas por encima de 170 objetivos.

La cifra revela una campaña de desgaste, no un aviso simbólico. Washington sostiene que los blancos estaban vinculados a capacidades de amenaza marítima, defensa aérea y almacenamiento de drones y misiles.

El diagnóstico es inequívoco: Estados Unidos intenta degradar la arquitectura militar iraní en la franja costera desde la que Teherán puede presionar el tráfico energético. No se trata solo de castigar, sino de reducir capacidad futura.

Hormuz, el punto débil del mercado

El estrecho de Ormuz vuelve a ser el centro exacto del riesgo económico global. En 2024 circularon por esa vía unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos.

El dato explica por qué cada ataque en la zona se traduce en tensión sobre el crudo, los fletes y las primas de seguro. La consecuencia es clara: un conflicto limitado puede tener efectos desproporcionados.

Basta una interrupción parcial, o el simple temor a ella, para alterar precios, márgenes industriales y expectativas de inflación.

El mensaje militar de Washington

La selección de objetivos muestra una lógica precisa. Al atacar radares, sistemas antiaéreos, depósitos de drones y centros logísticos, Estados Unidos busca recortar la capacidad iraní de vigilancia, respuesta y saturación.

La prioridad no parece ser ocupar terreno, sino impedir que Irán controle el ritmo de la escalada.

Sin embargo, este tipo de operaciones tiene un riesgo evidente: cuanto más amplia es la lista de blancos, más difícil resulta presentar la acción como puramente defensiva. El margen político se estrecha y cada nueva oleada obliga a justificar por qué no se está entrando en una guerra abierta.

La respuesta que teme el Golfo

Diversas informaciones apuntan a que Irán respondió con ataques de misiles y drones contra posiciones estadounidenses en países del Golfo, incluidos Kuwait y Bahréin.

La clave no es solo militar. También es diplomática. Si el conflicto se desplaza hacia bases, puertos o infraestructuras aliadas, los gobiernos de la región quedarán forzados a posicionarse.

El contraste con crisis anteriores resulta demoledor: ahora el frente no se limita a Siria, Irak o Yemen. El foco está en el corredor energético más sensible del planeta y en una costa iraní con capacidad de condicionar el comercio mundial.

El coste económico inmediato

El primer impacto se mide en petróleo, pero no termina ahí. El gas natural licuado también está expuesto: alrededor del 20% del comercio mundial de GNL transitó por Ormuz en 2024, principalmente desde Qatar.

Para Europa, la amenaza no es menor. Aunque su dependencia directa del Golfo varía por países, cualquier salto del crudo encarece transporte, electricidad, fertilizantes y producción industrial.

La inflación energética siempre llega antes que la diplomacia, y los mercados suelen anticipar el peor escenario mucho antes de que los gobiernos lo admitan.

Una negociación cada vez más estrecha

La Casa Blanca insiste en que no busca una guerra prolongada, pero la secuencia de ataques y represalias reduce el espacio para una salida rápida.

Los contactos diplomáticos quedan condicionados por una realidad incómoda: cada parte necesita demostrar fuerza antes de sentarse a negociar.

Lo más grave es que la crisis mezcla tres vectores explosivos: capacidad militar, energía e inflación. Si Irán mantiene la presión sobre Ormuz y Estados Unidos amplía los ataques, el coste dejará de ser regional. Llegará a los precios, a las bolsas y a los presupuestos de los países importadores.

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