CIA en Caracas y FAA alerta por GPS en 4 países

Un encuentro secreto con Delcy Rodríguez abre una vía de negociación mientras EE.UU. advierte a aerolíneas por actividad militar e interferencias en el aire.

EPA-EFE/WU HONG
EPA-EFE/WU HONG

Dos horas de conversación bastaron para reordenar el tablero. El director de la CIA, John Ratcliffe, se reunió discretamente en Caracas con Delcy Rodríguez, presidenta interina, en un movimiento atribuido a instrucciones directas de Donald Trump. No es solo diplomacia: es poder operativo. En paralelo, la FAA ha emitido un aviso a aerolíneas para que “extremen la cautela” al sobrevolar México, Panamá, Colombia y Ecuador, citando posibles actividades militares e interferencias de GPS.

Las dos piezas encajan con una lógica incómoda: cuando crece la presión estratégica, también se multiplican las señales de riesgo alrededor.
Venezuela, otrora laboratorio de sanciones, vuelve a ser un activo geopolítico. Y lo que se negocia ya no es un gesto, sino un paquete: seguridad, rutas, inteligencia y petróleo.

Un encuentro sin cámaras que reabre la puerta de atrás

Caracas no suele albergar reuniones discretas de tan alto voltaje. Precisamente por eso, el cara a cara entre Ratcliffe y Delcy Rodríguez funciona como mensaje en sí mismo: Washington busca capacidad de ejecución inmediata, no solo declaraciones. La elección del canal —inteligencia y no cancillerías— sugiere urgencia y, a la vez, desconfianza. Cuando el diálogo se desplaza al terreno opaco, es porque se pretende evitar filtros internos, costes políticos o filtraciones interesadas que arruinen un acuerdo incipiente.

La reunión llega, además, en un momento de doble presión. Por un lado, la necesidad estadounidense de ordenar el mapa de seguridad regional; por otro, el interés venezolano de obtener oxígeno económico y reconocimiento de facto, aunque sea por etapas. La figura de Rodríguez resume ese equilibrio: continuidad administrativa con etiqueta de transición, mando efectivo con problemas de legitimidad.

Este hecho revela el giro: la relación ya no se mide solo por sanciones o condenas, sino por resultados concretos. Si Caracas puede entregar cooperación operativa, Washington puede modular la presión. Si no, la puerta se cierra tan rápido como se abrió. Y en Venezuela, eso siempre se traduce en más volatilidad.

Lo que busca Washington: seguridad, control y rendición de cuentas

El primer objetivo es la seguridad. EE.UU. no se sienta a hablar con Caracas para discutir discursos, sino para blindar un perímetro: crimen transnacional, redes de financiación, movimientos irregulares y control de información. La cooperación de inteligencia es, en términos prácticos, un intercambio: acceso y acción a cambio de alivio diplomático selectivo. La clave está en que esa acción sea verificable: detenciones, desmantelamiento de estructuras, rutas cerradas, nombres entregados.

La segunda prioridad es el control del riesgo. Venezuela ha funcionado durante años como nodo de tensiones: migración, economías ilícitas y conexiones con actores externos. Un acuerdo operativo permitiría reducir incendios simultáneos. Pero el método tiene aristas: tratar con el poder efectivo puede ser eficiente, aunque erosiona el relato de “cambio democrático” si no se acompaña de garantías políticas.

La tercera pata es la proyección: Washington quiere dejar claro que no está fuera del juego. En un continente donde cada vacío lo ocupan otros —potencias rivales, crimen organizado o alianzas oportunistas—, la CIA entrando en Caracas equivale a decir: “seguimos manejando palancas”. El diagnóstico es inequívoco: se negocia desde la fuerza, no desde la simpatía.

El petróleo como moneda: 303.000 millones de barriles y una economía exhausta

Venezuela mantiene una carta que nunca deja de valer: 303.000 millones de barriles de reservas probadas. Es un número que, por sí solo, explica por qué la estabilidad “interesa” más allá de la retórica. Sin embargo, la otra cifra es la que delata el deterioro: la producción real ronda 1,0–1,1 millones de barriles diarios en escenarios recientes, lejos de su potencial y de sus máximos históricos. Ese contraste es el agujero: reservas inmensas, capacidad reducida.

En este punto, la conversación deja de ser moral y se vuelve industrial. Para elevar producción hacen falta inversión, seguridad jurídica, logística y una mínima confianza institucional. Y para que llegue inversión, hacen falta señales: reformas regulatorias, garantías contractuales, y —sobre todo— un marco de sanciones menos asfixiante. Ahí aparece el trueque tácito: cooperación y estabilización a cambio de flexibilidad.

Se habla, en círculos de análisis, de necesidades de reconstrucción en el entorno de 100.000 millones de dólares para reactivar infraestructuras y sectores estratégicos. No es caridad: es un cálculo. Lo más grave es el riesgo de repetir el pasado: si el dinero llega sin controles, se convierte en rentismo. Si llega con condiciones duras, se convierte en conflicto político interno.

La oposición bajo foco: el coste de negociar con el poder real

El encuentro de Washington con figuras opositoras puede tener impacto mediático, pero la reunión “operativa” con el aparato de poder es la que determina el rumbo. Esa dicotomía envenena el tablero. La oposición teme quedar reducida a símbolo mientras la administración interina consolida control con respaldo externo. Y el Gobierno de transición teme que un exceso de concesiones políticas fracture su base interna.

En el fondo, la UE y América Latina miran la misma pregunta: ¿esto es una transición con calendario o una reconfiguración del mismo sistema con otra cara? Aceptar un diálogo de alto nivel puede interpretarse como pragmatismo, pero también como legitimación de un aparato que aún no ha demostrado reformas estructurales. La consecuencia es una tensión constante entre gobernabilidad y legitimidad.

“Cuando una potencia habla con el Estado, reconoce el poder; cuando habla con la oposición, reconoce el relato”. Esa frase, repetida en círculos diplomáticos, explica la incomodidad: el relato sin poder no cambia un país, pero el poder sin relato puede perpetuar el ciclo de crisis.

El riesgo es inmediato: si la oposición se siente desplazada, aumenta la polarización; si el Gobierno interino se siente imprescindible, se endurece. Y Venezuela ya ha demostrado demasiadas veces lo caro que es ese cierre.

La alerta de la FAA: interferencias GPS y vuelos con incertidumbre

La advertencia de la Federal Aviation Administration añade una pieza inesperada, pero coherente con el clima estratégico. La FAA ha pedido “extrema cautela” a aerolíneas que sobrevuelan México y zonas de Centro y Sudamérica, citando posible actividad militar e interferencias de GPS. En concreto, el aviso menciona áreas que incluyen Panamá, Colombia y Ecuador, además de segmentos del Pacífico oriental.

Lo más delicado no es el titular, sino la letra pequeña: la FAA advierte de operaciones militares estadounidenses que podrían darse a altitudes de crucero habituales para aviación civil, con poco o ningún aviso, e incluso sin transpondedor en determinadas misiones. Y subraya que el riesgo aplica a todas las altitudes, también durante llegadas y salidas. Es decir: no es un problema “lejano” en ruta, puede afectar a fases críticas de vuelo.

Este hecho revela el nivel de fricción en el espacio aéreo regional: cuando se combinan operaciones militares, guerra de señales y navegación satelital vulnerable, el transporte civil entra en zona de incertidumbre. Para el mercado, es una señal indirecta: si el cielo exige cautela, la política también. Y si la política se endurece, los costes —seguros, rutas, logística— tienden a subir.

El efecto dominó: seguridad regional, comercio y coste económico

La suma de un canal secreto en Caracas y un aviso aeronáutico no es casualidad: son expresiones distintas de la misma presión. Si aumentan las operaciones militares y la cooperación de inteligencia, el tablero regional se recalibra. Esto impacta en tres capas. La primera, seguridad: mayor vigilancia puede frenar redes criminales, pero también eleva el riesgo de incidentes y errores de cálculo. La segunda, comercio: rutas aéreas y marítimas se vuelven más caras cuando crece la percepción de riesgo, aunque no haya conflicto abierto. La tercera, inversión: el capital exige más prima cuando el entorno es opaco.

En Venezuela, ese coste se multiplica porque la economía parte de una base frágil. Cualquier aumento de tensión, real o percibido, complica la llegada de financiación y encarece la operativa diaria. Al mismo tiempo, para Washington la estabilidad económica venezolana no es un objetivo altruista: es un mecanismo para reducir migración, contener desorden y evitar que el vacío lo llenen otros actores.

El contraste con etapas anteriores resulta demoledor: sanciones sin canal de negociación producen estancamiento; canal sin reformas produce repetición. El diagnóstico es claro: si la operación busca resultados, necesitará hitos medibles. Si busca solo control, generará resistencia. Y en ambos casos, la región pagará parte de la factura.

la política hacia Venezuela entra en una fase donde lo secreto pesa tanto como lo público. Y cuando eso ocurre, la información se convierte en el activo más caro.

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