EEUU lanza drones kamikaze marítimos en ofensiva contra Irán: un giro en el conflicto del Estrecho de Ormuz
Estados Unidos ha cruzado un nuevo umbral militar en el Golfo Pérsico.
El Mando Central estadounidense ha confirmado el empleo por primera vez de drones marítimos de ataque unidireccional contra objetivos iraníes.
Las embarcaciones explosivas participaron junto con cazas y buques de guerra en una ofensiva dirigida contra radares, defensas antiaéreas y capacidades navales.
La innovación puede reducir costes y riesgos humanos para Washington.
Sin embargo, su estreno en el entorno del Estrecho de Ormuz multiplica una amenaza mucho mayor: que cada intercambio de fuego vuelva a sacudir el precio mundial de la energía.
Washington ya había desplegado embarcaciones no tripuladas durante las operaciones iniciadas meses atrás, principalmente para vigilancia y patrulla. La novedad es que ahora ha confirmado su utilización como armas de un solo uso, diseñadas para alcanzar un objetivo y destruirse con él.
La última oleada estadounidense se produjo después de nuevos ataques iraníes contra buques comerciales. En jornadas anteriores, CENTCOM había informado de golpes contra aproximadamente 90 objetivos militares, entre ellos radares costeros, almacenes de misiles, defensas aéreas e infraestructura logística. Otra ronda alcanzó más de 80 posiciones y decenas de pequeñas embarcaciones vinculadas a la Guardia Revolucionaria.
La guerra barata cambia de bando
Los drones suicidas permiten atacar sin exponer una tripulación y con un coste previsiblemente inferior al de un misil naval convencional. Además, su reducido tamaño dificulta la detección temprana y obliga al adversario a gastar sistemas defensivos mucho más caros.
La paradoja resulta evidente. Irán y sus aliados habían convertido durante años los drones y las lanchas explosivas en herramientas características de la guerra asimétrica. Estados Unidos adopta ahora esa misma lógica industrial: plataformas prescindibles, producción escalable y ataques coordinados con medios convencionales.
La misión declarada por CENTCOM es degradar la capacidad iraní de amenazar a los buques comerciales y a sus tripulaciones en el Estrecho de Ormuz.
El punto débil iraní
El objetivo no parece ser únicamente destruir material. También se busca desorganizar la red que permite a Irán vigilar el tráfico, desplegar misiles antibuque y movilizar pequeñas lanchas desde numerosos puntos de su costa.
Esa estructura dispersa representa una ventaja defensiva para Teherán, pero también ofrece múltiples blancos a sistemas no tripulados. El diagnóstico es inequívoco: la guerra naval se está descentralizando. Radares, comunicaciones y embarcaciones menores pueden resultar tan decisivos como una fragata.
No obstante, el alcance, la carga explosiva y el grado real de autonomía de los nuevos drones estadounidenses siguen sin conocerse públicamente. Esa opacidad también forma parte de la disuasión.
Ormuz vuelve a mandar
El escenario elegido convierte la innovación militar en un problema económico mundial. Por el Estrecho de Ormuz circularon en 2025 cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo, equivalentes al 34% del comercio marítimo mundial de petróleo. También pasó por allí aproximadamente una quinta parte del gas natural licuado comercializado internacionalmente.
Tras la nueva escalada, el Brent llegó a subir alrededor de un 5% durante la sesión, aunque terminó avanzando un 2,3%, hasta los 77,72 dólares por barril. El mercado no está descontando todavía un cierre prolongado, pero sí una prima de riesgo creciente.
La factura llega a Europa
Una interrupción sostenida no afectaría únicamente a las gasolineras. El encarecimiento del crudo elevaría los costes del transporte, la industria química, la agricultura y la producción de alimentos. El gas también quedaría expuesto por el peso de las exportaciones cataríes que atraviesan el estrecho.
El Banco Mundial ya proyectaba un precio medio del Brent de 94 dólares en 2026, un 36% superior al promedio del año anterior, incluso bajo el supuesto de que las mayores disrupciones fueran remitiendo. Una recaída militar amenaza ese escenario y complica cualquier relajación monetaria en Europa.
La consecuencia más inquietante no reside en un solo ataque, sino en la normalización de estas armas. Un dron marítimo perdido, confundido o desviado puede golpear un petrolero, provocar víctimas y desencadenar una respuesta desproporcionada.
La presión aumenta, además, sobre las aseguradoras y las navieras. Cuando las primas se disparan o las tripulaciones rechazan atravesar la zona, el estrecho puede quedar parcialmente bloqueado sin necesidad de una clausura formal.
Estados Unidos gana una herramienta táctica. Irán recibe una advertencia. Pero los mercados observan otra realidad: cada dron lanzado cerca de Ormuz puede terminar convertido en inflación a miles de kilómetros de distancia.